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viernes, 24 de diciembre de 2010

Paz a los hombres de buena voluntad


Jesús caminaba despacio por entre la marea humana que abarrotaba las aceras. Gente entrando y saliendo de los comercios, cargados de paquetes, algunos riendo y charlando entre sí, otros con cierta cara de preocupación y cansancio. Las siete de la tarde, un frío que podía congelar hasta la gotita de moco que se escapaba de la nariz, noche cerrada. Miró hacia el cielo. Imposible ver las estrellas. En su lugar una nube espesa de lucecitas verdes, rojas, amarillas y blancas cubrían el cielo de la ciudad. Todo era luz, color, alegría.
-Pero ¡qué haces, gilipollas!, ¡a ver si miras por dónde vas!- Acababa de topar con un joven que se aprestaba a recoger del suelo una bolsa que se le cayó. Con rabia rezongó: -¡Mecagüen tus putos muertos!, ¡como se me haya roto, verás!
Jesús se frotó el brazo sin decir nada. El encontronazo había sido fuerte y le dolía. Más bien fue el otro el que se le tiró encima, pero no quiso problemas, y empezó a andar calle abajo.
-¡¡Eh!!, ¡no te muevas de ahí, cabrón! ¡Si me lo has roto me lo pagas!- Pero Jesús no paró. Es más, arrancó a correr-. ¡Pero bueno, que se va el muy hijoputa!, ¡¡si te cojo, te rajo el cuello!!-. Y arrancó a correr tras Jesús. Sin embargo, la bolsa y su contenido le molestaban para correr y cuando había recorrido unos metros decidió que pasaba de Jesús, pero no dejó de amenazarlo gritando-. ¡¡Me acordaré de tu cara, mamón de mierda!!-. Y ya más bajo, sin dejar de jadear-. Más vale que no te cruces en mi camino.
Jesús siguió corriendo hasta que se percató de que el tipo agresivo ya no le seguía. Se apoyó contra una pared, jadeando a todo lo que daban sus pulmones. Cerró los ojos medio mareado. Desde la cena del día anterior que no había comido nada. Su estómago vacío le dolía. Estaba debilitado.
Volvió a caminar, metiéndose de nuevo entre la marea humana. Un escaparate llamó su atención especialmente. Era un escaparate precioso, lleno de luz y color. Maravillosos juguetes por todas partes, algunos de los cuales servían para despertar realmente la fantasía de los niños, otros se limitaban a darlo todo hecho. Se fijó en un bonito oso de peluche de color verde pastel de tamaño mediano. Costaba cuarenta y tres euros. Apretó en su puño, las monedas que llevaba en el bolsillo. Las sacó y las miró. Tres euros con treinta y ocho céntimos. Su aguinaldo de Navidad. Su hijo tendría que conformarse con un regalo más barato. Vio un precioso trenecito de madera. Treinta y siete euros. Una pelota de colores, más bien pequeña, diez euros.
-¡Jodida Navidad de mierda!- murmuró, apoyando la cabeza contra el cristal, y llenándolo de vaho. Tenía ganas de llorar… y frío, mucho frío.
Volvió a mirar el dinero que apretaba su mano. Una moneda de un euro, una de cincuenta céntimos, cinco monedas de veinte, siete de diez, dos de cinco céntimos, y cuatro de dos. Eso era todo lo que había conseguido, pidiendo limosna en la calle esa tarde. Esa era toda la caridad navideña de la gente. Por la mañana, había intentado buscar trabajo, pero nunca daba el perfil necesario. Caminó sin rumbo fijo, pensando en su mujer y su hijo, a los que no veía desde las ocho de la mañana. Se arrebujó en su gastado anorak. La cremallera estaba rota y no se cerraba, así que cruzó los brazos por delante del pecho. Hacía tres semanas que no encontraba trabajo, y de los anteriores trabajos temporales que encontró no le quedó nada de paro. El maravilloso mundo del trabajo sumergido. Su mujer trabajaba unas horas a la semana limpiando una casa, pero no tenía con quien dejar al niño. No tenían a nadie. Sólo en esa casa le permitían llevarlo. Y las guarderías estaban por las nubes. Desde un tiempo a esta parte, los precios prohibitivos eran los que más abundaban.
Jesús se paró ante un supermercado, en parte atraído por el sonido machacón de un coro infantil cantando villancicos, que salía de unos altavoces instalados en la fachada.

Pero mira como beben
los peces en el río,
pero mira como beben
por ver a Dios nacido.

Beben y beben,
y vuelven a beber,
los peces en el río,
por ver a Dios nacer”.

Entró y deambuló largo rato por los pasillos, sin saber que comprar. Estaba aturdido, tenía hambre. Se paró ante los mostradores frigoríficos con bandejitas llenas de carne. Cogió una bandeja con dos chuletones de ternera. No quiso ni ver el precio. Sabía que no llevaba suficiente dinero. Intentó meterlo disimuladamente en un bolsillo interior de su anorak, pero no le cabía. Luego, intentó metérselo por dentro del pantalón, y entonces giró la cabeza y se dio cuenta de que una mujer mayor lo observaba a escasos dos metros, con cara de reproche. “Maldita cacatúa”, pensó mientras dejaba la bandeja de nuevo en el frigorífico. Se alejó por el pasillo despacio, maldiciendo su mala suerte, y su precaria economía.
Sus pasos lo encaminaron a la sección de vinos. Miles y miles de botellas lo miraban pasar desde las estanterías, presumiendo indiferentes de su denominación de origen y sus años de cosecha… y también de su precio. Pasó de largo. Quería vino, o como él lo denominaba, su tres en uno, pero ésos estaban fuera de su alcance. Se encaminó hacia los más baratos, y cogió dos cartones. Dos litros de vino, un euro sesenta y cinco. Aún le sobraba un euro setenta y tres. Pasó por la panadería del súper y compró una barra de medio kilo. El olor del pan le provocó que el hambre le apuñalara de nuevo el estómago. El dinero que le sobraba era mejor guardarlo. Quizá conseguiría más comida sin gastar un céntimo más. El mes anterior estuvieron a punto de echarles a la calle, por no pagar el alquiler, pero milagrosamente, consiguió un trabajillo, y al final pudieron hacer frente al gasto.
Pagó ante una cajera tan indiferente que ni siquiera le miró. Al salir, inició su ruta acostumbrada de los últimos tiempos. Se metió por el callejón de al lado del supermercado hasta llegar a la parte trasera del mismo donde había varios contenedores de basura, repletos la mayoría de ellos, y también montones de cajas de cartón tiradas de cualquier manera por el suelo.
Abrió el primero que encontró y un insoportable olor a podrido le llegó al cerebro a través de su pituitaria. Pero no era eso lo que le preocupaba, así que hizo caso omiso y se puso a revolver entre la basura. Encontró una caja con varios tomates podridos, pero casi todos podían aprovecharse, mucho o poco. La dejó en el suelo. Luego, volvió a revolver y encontró dos bolsas de magdalenas aún sin abrir. Caducaron el día anterior. Las apretó levemente, y le pareció que aún estaban tiernas. Las metió en la bolsa que le dieron en el súper, junto con el pan y el cartón del vino y encima puso los tomates que había seleccionado. Parecía que la Nochebuena no iban a pasarla tan mal, después de todo. Siguió buscando en el siguiente contenedor. La suerte le sonreía. Encontró unas cuantas patatas grilladas y con la piel arrugada, pero las juzgó aprovechables, pese a la poca luz del lugar. Al otro lado del contenedor, dos hueveras de cartón con huevos medio rotos, parecían aguardarle a él. Los inspeccionó uno a uno, después de dejar la bolsa en el suelo. En realidad, quizá estuvieran pasados, pero su mujer decía que sabía distinguirlos. Los huevos rotos no olían mal, así que cogió la huevera menos sucia, se deshizo de los estropeados, y consiguió reunir cinco huevos enteros o casi, que también fueron a parar a la bolsa.
Habría seguido buscando, pero entonces salió uno de los empleados del supermercado cargado de cajas de cartón.
-¡Eh, tú!, ¿qué haces? ¡Largo si no quieres que llame a la policía!
-¿Por qué? No hago nada malo, esto no lo compraría nadie. Mi familia tiene hambre y yo no tengo dinero.
-¡¡Pues búscate un trabajo como todo el mundo, joder!! ¿O es que te crees que a mí me lo regalan todo? Habrase visto que cara más dura. Uno partiéndose el espinazo en esta mierda de trabajo por cuatro duros, y otros aprovechándose del trabajo de uno…
Jesús no quería problemas. Se apartó del contenedor, mientras oía rezongar al otro, y se fue por el callejón que le condujo hasta allí, mientras pensaba que las alegrías duraban muy poco en casa del pobre. El hambre que lo devoraba no servía para echar a la tristeza que en ese momento lo asaltaba de nuevo.
Cruzó la calle, y se sentó en uno de los bancos de la plaza que había ante el supermercado. Estaba triste, tenía hambre y frío. No deseaba presentarse así en casa ante su mujer. No el día de Nochebuena. Su vida ya era suficientemente triste, como para que también lo fuera esa noche. Una noche teóricamente de paz y alegría. Casi se le escaparon las lágrimas al pensar eso. Se fijó en su bolsa, y pensó que a pesar del inoportuno empleado del súper aún tuvo suerte. Decidió comer un trozo de pan, si no corría el riesgo de no poder llegar a casa de débil que se sentía. Arrancó un trozo pequeño, y después sacó su tres en uno, el vino que compró. Lo llamaba así porque el vino le servía para calentarse, ponerse de buen humor y sentir menos el hambre. Era justo lo que necesitaba ahora que el hambre, el frío y la tristeza lo acuciaban. El vino era lo único que le daría paz en ese momento, y bien sabía el jodido Dios que eso era lo que necesitaba más que nada en el mundo. Un poco de paz, en el día de la paz y la alegría… y un poco de alegría… y un poco de calor.
Se comió el pan y bebió. Recordó que no llevaba ningún juguete para ofrecerle a su hijo, y se sintió un absoluto fracasado. Recordó las navidades de su infancia, en su pueblo, lo felices que eran. Nunca había un exceso de juguetes, pero nunca faltaban. Bebió. Recordó sus navidades adolescentes, llenas de sueños. Sueños que a su padre nunca le gustaron. Era un mal estudiante y un chico rebelde, pero le gustaba escribir. Quería ser escritor. Recordó las fiestas con sus amigos y las primeras borracheras. Con el alcohol olvidaba que su padre siempre le cortaba las alas. Bebió. Recordó también cuando se fue de casa a los dieciocho años, para instalarse en la ciudad. Pero nada le salió bien. Consiguió algunos trabajos temporales, pero siempre acababan echándolo a la calle. Bebió. De la noche a la mañana se encontró viviendo con una chica y con un hijo, al parecer producto de una noche de borrachera. Y lo que escribía, nadie se lo publicaba. Hacía meses que no escribía nada. Estaba desanimado, triste. Acabó el vino que quedaba en el cartón y empezó el otro. Tal vez el cabrón de su padre tuviera razón después de todo, pero no quería volver al pueblo para que todo el mundo supiera de su fracaso. No volvería. Esa noche, no la pasarían tan mal. Llevaba una bolsa casi llena de comida. Otras noches había llegado a casa con las manos vacías. Su mujer no podría quejarse. Esa noche era Nochebuena:
-…y mañana Navidad, saca la bota María que me voy a emborrachar…- canturreó, y después acabó riéndose antes de levantarse del banco. No estaba borracho, no del todo, pero ya no sentía tanto el frío y casi no recordaba el hambre. Se fue a su casa, un maravilloso piso de cuarenta metros cuadrados del extrarradio. Eso era lo único que se pudieron permitir, y a duras penas. Algunos meses les cortaban el agua y la luz porque no podían pagarlas. Pero esa noche no quiso acordarse de eso. Ahora ya no se sentía triste. Y menos al pasar ante un contenedor que había ante una casa que estaban derrumbando. Alguien dejó un camión de juguete encima de los cascotes. No era muy viejo, sólo le faltaba una rueda. Lo recogió, le quitó un poco el polvo con su anorak y sonrió. Hasta un juguete consiguió para su hijo.
Al llegar a su casa, un bloque de siete pisos sin ascensor, se sintió nuevamente debilitado y medio mareado después de subir a pie hasta el quinto piso, que era el suyo. Su mujer lavó la ropa a mano en la pila de la cocina, y ahora la tendía delante de la pequeña estufa que calentaba el piso.
-¿Has traído algo de comer?- fue lo primero que le preguntó.
-Bueno, primero buenas noches. Y luego, podrías preguntarme qué tal me ha ido el día, ¿no?- contestó Jesús, soltando la bolsa sin demasiado cuidado.
-Es que si traes comida, es que no te ha ido tan mal después de todo.
-¿Está durmiendo el niño? Mira qué he encontrado, un precioso camión casi nuevo.
-¿Lo has encontrado en la basura?- le preguntó ella, pero Jesús ni siquiera la oyó, ya estaba en la habitación, con la intención de despertar al niño para darle su regalo. Estaba tan contento con el juguete que encontró para su hijo, que ni siquiera sintió su debilidad-. No lo despiertes, que no se encuentra muy bien, y me ha costado mucho que se durmiera-. El niño empezó a llorar en brazos de su padre-. ¡Te he dicho que no lo despertaras, coño! A ver quien le hace dormir ahora.
-Ya verás como se calla cuando vea el camión. ¿A que sí, hijo? Mira que camión más bonito te ha traído papá.
-¡No se encuentra bien y tiene sueño! ¡No se va a callar sólo porque le hayas traído un camión¡- gritó la mujer nerviosa por el lloriqueo insistente del niño.
-Claro que sí. Hoy es Nochebuena, que juegue y se divierta. ¿Verdad pequeñín, que quieres jugar con el camión?, ¿verdad que quieres jugar con tu papi?-. Jesús alzó al niño por encima de su cabeza dando vueltas. Pero el niño no callaba. Su llanto se hacía cada vez más persistente. Su madre intentó cogerlo.
-No seas imbécil. El niño quiere dormir, ¿es que no te das cuenta? Lo único que vas a conseguir es que vomite la leche… ¡¡Estate quieto y dame al niño, joder!!
Jesús no le hizo caso. Estaba empeñado en jugar con su hijo, empeñado en cambiar su llanto por risa. Nadie debía estar triste en Nochebuena.
-¡Ahora este niño tan guapo es un avión, bruuuuuuummmmm- decía empeñado en sujetarlo por encima de su cabeza dando vueltas y más vueltas.
-¡¡Dame al niño, coño!! Seguro que vas de vino hasta el culo. Pero ¡¡¿cómo se puede ser tan inconsciente?!!
De repente, el hambre, el vino, y el cansancio se juntaron para marear a Jesús, que trastabilleó y se dio un fuerte golpe en un hombro contra la pared, antes de caer al suelo sin soltar a su hijo. Su mujer ahogó un chillido con una mano antes de empezar a llorar histérica.
-Pero ¿qué pasa, joder? No he dejado caer al niño. ¡Tampoco es para tanto!
El niño ya no lloraba, y una larga linea de sangre pintaba la pared al lado del hombro de Jesús.


domingo, 21 de noviembre de 2010

Bastet


Hilario desayunaba en la cocina mientras, como de costumbre, miraba a Diana hacer sus habituales estiramientos en la terraza, a través de la puerta abierta que comunicaba la estancia con el exterior.
Diana doblaba cada parte de su cuerpo a voluntad sin que pareciera hacer ningún esfuerzo. Cada movimiento era ejecutado con lentitud y gran armonía. A Hilario le fascinaba su elasticidad y no podía dejar de admirar la flexibilidad de su cuerpo, la belleza de su melena rizada cayéndole en cascada sobre la espalda, sus enigmáticos ojos verdes. No era el único que se sentía atraído por su belleza y su movimiento pausado y continuo. Hilario hacía unos días que se fijaba con disgusto, en que un vecino de enfrente no le quitaba el ojo de encima a su chica.
-Gatita, no deberías hacer los estiramientos en la terraza. Hoy hace fresco-. Diana no contestó. Estaba concentrada, con los ojos cerrados. En realidad, la temperatura era la normal para el mes de junio, perfecta para hacer un poco de ejercicio al aire libre, pero Hilario hubiera preferido que hiciera el suficiente frío como para obligar a su chica a hacerlo a salvo de miradas indiscretas, y seguramente demasiado libidinosas.
Se comió sus tostadas untadas con mermelada de albaricoque y al coger la taza de café con leche suspiró. Parecía como si la taza y su contenido hubieran aumentado su peso al doble de lo normal, y antes había tenido la misma sensación al coger el vaso con el zumo de naranja. Hacía días que se levantaba igual o más cansado de lo que se acostaba, y cada día le costaba más hacer cualquier cosa. Diana opinaba que no descansaba suficientemente por la noche y que quizá tuviera la culpa el colchón. Tal vez fuera buena idea cambiarlo.
-¿Has visto a Bastet?- preguntó Diana al entrar en la cocina después de terminar sus ejercicios diarios.
-No. La verdad es que parece como si no tuviéramos gata. Tenías razón al decirme que no me molestaría. Casi no la veo nunca, salvo alguna vez que cuando me despierto, me la encuentro encima de mí.
-Eso es porque le gustas. Habrá salido a tomar el sol desde algún tejado- afirmó Diana preparándose un zumo de naranja.
-¿Y tú, vas a tomar el sol hoy en la terraza? No deberías exhibirte tanto, al vecino del sexto piso de enfrente se le salen los ojos mirándote.
Diana se rió.
-¿Estás celoso?- le preguntó y sin esperar respuesta le besó en los labios dulcemente. -Que mire lo que quiera- añadió luego- sabes que soy tu gatita. ¿Te apetece dar un paseo? 
-No, esta noche no he descansado bien…, ya sé que vamos cada domingo, pero hoy estoy muy cansado, de verdad.
-Bueno, pues yo salgo un rato a correr. Pasaré por el quiosco a buscar el periódico, ¿vale? 
-Vale. 
Salió Diana a la calle e Hilario se quedó sólo preguntándose de dónde sacaría su chica tanta energía. En realidad fue eso lo que le atrajo en un primer momento de ella, su increíble vitalidad y su enigmática belleza. Aunque también era cierto, y eso lo había comprobado al vivir juntos, que nunca había visto a nadie que fuera capaz de dormir tantas horas seguidas. Era capaz de irse a dormir a las siete de la tarde y no salir de la cama hasta las siete o las ocho del día siguiente. Cuando la conoció hacía ya casi dos años, se enamoró de ella a primera vista. Era perfecta, tan bella y tan dulce, aunque también era capaz de sacar las uñas cuando convenía. Estaba loco por ella.

                                                                 ***

Notó que alguien o algo le lamía la cara y se despertó. Bastet estaba sentada encima de él, mirándolo fijamente a escasos cinco centímetros de su barbilla. Como otras veces se había despertado demasiado pronto, pero a través de las rendijas de la ventana se colaban los primeros rayos de sol. Sin girarse palpó el lado de la cama donde dormía Diana y no la encontró. Se removió lentamente y la gata saltó al suelo y salió corriendo de la habitación. Miró el despertador y vio que eran las seis y veintidós de la mañana. Se levantó despacio y con algo de esfuerzo. Tenía la boca seca y se dirigió a la cocina para beber. Diana estaba allí, trasteando con los cacharros.
-Buenos días, ¿ya te has levantado?- preguntó ella sorprendida al verle.
-Buenos días. Me ha despertado Bastet. Tan cansado como estoy y sólo me falta que tu gata me vaya despertando antes de tiempo-. Hilario estaba algo irritado.
-No te enfades con la gata. Ella no tiene la culpa de tu fatiga. Menos mal que ya te toca ir al médico, porque hace un mes que cambiamos el colchón y si hubiera sido culpa del mismo ya habrías mejorado. Cuando te haya visitado el médico estaré más tranquila.
-Tienes razón, gatita. ¿Y tú, cómo es que te has levantado tan pronto?
-Bueno, quiero salir temprano, a ver si encuentro trabajo de una vez, y luego quiero acompañarte al médico. Era hoy la cita, ¿verdad?
-Sí, a las doce menos cuarto.
Aquella mañana, antes de salir a la calle, Diana realizó sus estiramientos en la terraza, como acostumbraba a hacer cada día. Limpió un poco el apartamento, se duchó, desayunó y antes de las nueve menos cuarto ya salía por la puerta del piso. Dos horas y media más tarde estaban en el centro de atención primaria, esperando que llamaran a Hilario para ver al doctor. Cuando llegó su turno, el médico lo auscultó y le tomó la presión sanguínea, después de hacerle algunas preguntas. Le comunicó que tenía la presión baja y le mandó que se hiciera unos análisis, cuyos resultados no mostraron que tuviera nada grave.
Al cabo de pocos días Hilario recibió la visita de uno de sus compañeros de trabajo que también se había convertido en uno de sus mejores amigos. Hilario lo recibió en la cama, pues se sentía tan agotado, que hacía dos días que no salía de ella más que para lo estrictamente necesario. Diana le preguntó si quería tomar algo y el amigo de Hilario le pidió una cerveza. 
-¡Gatita!-. Hilario llamó a su chica que ya había llegado a la cocina.
-¿Qué?- preguntó ella al poco rato asomando la cabeza.
-Tráele un plato con esas galletas tan buenas que haces tú.
-Bueno, vale, pero no hables demasiado que no conviene que te fatigues.
-¿Y qué te dijo el médico?- preguntó el amigo de Hilario cuando Diana se encaminaba hacia la cocina de nuevo.
-Creo que no sabe lo que tengo. Me dijo que tenía la presión baja, y cuando vio los análisis me dijo que me faltaba potasio y hierro, pero no tanto como para que me sintiera siempre tan cansado. Me recetó unos sobres que dice que me regularán esta falta de minerales y mucho descanso. Y al final dijo que si no mejoraba, quizá fuera un virus.
-Ya, cuando no saben lo que tienes siempre es un virus. Mi hermano una vez pilló uno, o eso dijeron los médicos, y sólo le recetaron descanso. Estuvo cinco meses sin poder trabajar. Le pasó como a ti, siempre estaba cansado, pero ningún médico supo encontrar lo que tenía. Diana entró en la habitación, con la cerveza en una mano y el plato de pastas en la otra. La cerveza se la entregó al visitante y las pastas, después que éste hubiera cogido una, las dejó encima de la mesita de noche.
-¿Quieres una tú, mi amor?- le preguntó mimosa a Hilario.
-No, no me apetece. Pero sí que me gustaría, gatita, que me trajeras un vaso de agua fresca. 
-¿La llamas gatita?- le preguntó atónito su amigo a Hilario, cuando Diana se hubo marchado.
-Sí, por sus ojos y porque es dulce y juguetona como una gatita.
-Pues cuidado con las gatas que a veces sacan las uñas- contestó el amigo de Hilario riendo, justo cuando Diana entraba en la habitación. El visitante cortó en seco la risa, pero ella pareció no haber oído nada. Ayudó a Hilario a incorporarse un poco para que pudiera beber y dejó el vaso encima de la mesita de noche. Después se sentó al otro lado de la cama.- El otro día un conocido mío me contó una cosa sobre los gatos. Me dijo que existía la leyenda de que los gatos se comen el alma de las personas- añadió el visitante después de un incómodo silencio.
-¡Qué tontería!- exclamó Diana.
-Dijo que los gatos aprovechan cuando las personas están dormidas para sentarse cerca de su boca y de su nariz, los miran fijamente, y a través de su respiración captan el alma de las personas y se la comen.
-¡Si hombre, y qué más!-. Diana se reía, pero Hilario no movió ni un músculo de la cara. -Yo también me lo tomé a cachondeo, pero la verdad es que él lo dijo muy en serio. Son muy buenas estas pastas- afirmó el visitante cogiendo otra pasta del plato.
-No tienen gran mérito, son muy fáciles de hacer- contestó Diana modestamente.
-Estoy muy contento de que hayas venido, y me gustará que vuelvas otro día, pero ahora estoy muy cansado y querría dormir un poco.
-Ah, por supuesto. Me hago cargo.
El amigo de Hilario se despidió y se fue. Cuando Diana regresó a la habitación después de acompañarlo a la puerta, Hilario le espetó:
-Quiero que te deshagas de tu gata.
-¿De Bastet?, ¿por qué?, ¿por una estúpida historia que nos ha contado tu amigo?- casi gritó Diana sorprendida.
-Sí, justamente. Cuando me despierto, tu gata siempre está cerca de mi cara mirándome con fijeza, y yo cada día me siento más débil. Tu gata me da mala espina, muy mal rollo, y no la quiero cerca de mí.
Diana iba a replicarle, pero dudó al hacerlo y finalmente le concedió su deseo a Hilario.
-Está bien, pero antes deja que piense qué hago con Bastet. Tendré que buscar a alguien que se haga cargo, y no quiero que sea cualquiera- dijo pensativamente.
-Bueno, pero cuanto antes mejor. Y mantenla alejada de mí, no quiero verla más- contestó Hilario.
-¡Bah!, cualquiera diría que siempre la tienes encima.
La duda corroía a Hilario.

***
Hilario dormitaba postrado en su cama. Estaba sólo en la habitación y sin embargo un sonido no del todo desconocido llegaba a sus oídos. Parecía como si alguien estuviera comiendo a su lado. Abrió los ojos y por primera vez en varios días no le costó un esfuerzo sobrehumano mantenerlos abiertos. Tendido a su lado, un ser extraño comía. Parecía una mujer de rasgados ojos verdes, pero el labio superior lo tenía partido en dos como los gatos. Se acercó hacia él, abrió la boca y aparecieron un par de afilados colmillos. El pánico lo invadió. Quiso escapar pero su cuerpo no respondía. Temblaba. Adivinaba las intenciones de la humanoide. Se sentía bañado en sudor frío. Estaba aterrado pero no podía gritar. Aquella pavorosa boca se cerraba sobre su cara y desgarraba un trozo de su carne. No había sangre, ni babas, todo era aséptico, y sin embargo la cara de Hilario desaparecía a trozos y pronto dejaría de existir. La humanoide lo miraba fríamente mientras masticaba su alimento, engulló la bola de carne y de nuevo acercó su boca a la cara del horrorizado ser que era su víctima. De nuevo intentó escapar sin éxito, un escalofrío recorrió su cuerpo… y entonces despertó.
Todo había sido una pesadilla, ¿pero había terminado en realidad? Al abrir los ojos se encontró de nuevo con la felina mirada de Bastet. Intentó gritar pero sólo un débil gemido salió de su garganta, movió ligeramente los brazos, pero ni siquiera fue capaz de levantarlos del colchón. Sabía que Diana no estaba a su lado. Nunca estaba cuando despertaba y encontraba a la gata mirándole con esa mirada fría de depredadora. Pero desde que hacía unos días habían discutido y él le había pedido que se deshiciera de Bastet, Hilario no había vuelto a verla. Su estado había empeorado notablemente, y aunque Diana se desvivía por cuidarlo, ya no podía hablar y a duras penas podía tragar las papillas que ella le preparaba. El horror de Hilario se reflejaba en su mirada. Entonces la gata se levantó casi con indiferencia, estiró las patas delanteras, luego con un movimiento en sentido contrario, estiró las traseras y después, lentamente, arqueó el lomo. Por fin, saltó al suelo y ante los asombrados y aterrorizados ojos del hombre, la piel del gato pareció tensarse y deformarse. Como por arte de magia, el cuerpo de Bastet adquirió la figura de Diana. Su pelo ligeramente tostado se convirtió en la hermosa cabellera de su amada y sus ojos felinos mudaron en los ojos de gata de la chica, que lo miraban con la misma frialdad de cazadora con que lo había mirado antes el animal.
-¿Estás sorprendido, mi amor?- preguntó sonriendo Diana.- No te esfuerces, ya sabes que no debes agotarte. En tu mirada veo el miedo... y haces bien en tenerlo, querido... pero duerme, tú sólo duerme.
Hilario perdió la conciencia de nuevo. Sin embargo, antes, una nebulosa imagen cruzó por su cerebro. Le pareció que los dientes de Diana eran mucho más afilados de lo que nunca los había visto.

domingo, 17 de octubre de 2010

Fuego en el cuerpo


Cuando Luis la vio por primera vez, pensó que acababa de conocer a la mujer de su vida, por lo menos hasta que se le pasara el calentón que le había provocado. Ahí estaba ella, subida en la tarima, reina indiscutible del local, princesa volcánica de los sueños lúbricos de todos los hombres presentes. Ambientaba como bailarina la discoteca con sus insinuantes movimientos, junto a otros jóvenes contratados para ello. Lo hacía bien, pues ella sola hubiera sido capaz de poner la sala al rojo vivo. Poseía para ello un cuerpo de impresión, una larga y hermosa melena caoba, y unos ojos incendiarios capaces, si se lo proponía, de abrasar a todo el cuerpo de bomberos.
Luis la vio bajar de la tarima, y corrió detrás de ella, que no se quitaba los moscones de encima, a pesar del desdén con el que eran tratados. La adelantó, y como solía hacer siempre con todos, ella lo dejó atrás, sin ni siquiera mirarlo, con la sonrisa en la boca y con sus mejores artes de seducción listas para atacar.
No era un novato. Alardeaba porque podía, de tener éxito con las chicas. Esa vez, se dijo que no iba a ser diferente. A pesar de su juventud, hacía tiempo que dejó atrás lo que consideraba tonterías adolescentes del primer amor. Se convirtió en todo un depredador, por eso no estaba dispuesto a dejar escapar semejante pieza. Corrió de nuevo para adelantarla.
-¡Eh, tú no puedes dejarme así, nena!- le dijo con una deslumbrante sonrisa.
-Puedo hacer contigo lo que me dé la gana-. La chica se paró ante él, pero seguía sin hacerle caso. Sus ojos miraban hacia la barra, como si buscara a alguien.
-¿Tienes sed?, me gustaría invitarte a una copa.
-Yo siempre tengo sed-, le dijo ella con voz profunda. Lo miró de arriba abajo, para quedar su mirada clavada en sus ojos finalmente. En aquel mismo instante, Luis se sintió absorbido por el fuego que exhalaba esa mujer, que aceptó la copa ofrecida. En su corazón, mil tambores anunciaron la llegada de una pasión que podía matarlo, pero a la que no estaba dispuesto a renunciar.
Ella había percibido el olor del individuo que la detuvo y le gustó. Olía a mar, a tierra húmeda y a animal salvaje. Era un tipo de aspecto fuerte y sonrisa cegadora, un ejemplar interesante. Parecía muy seguro de sí mismo, y ella se alegró, porque hacía mucho tiempo que no encontraba un hombre que no se asustara ante su aparente frialdad o ante su pasión salvaje.
-Te mueves muy bien-, le dijo Luis, alzando la voz para que pudiera oírse entre el exceso de decibelios de la música, ya en la barra.
-Puedo moverme mejor… en otras circunstancias-. La chica le habló al oído, y su sugerente voz y el calor de su aliento en la piel hicieron que se estremeciera.
-¿Quieres bailar conmigo?- consiguió preguntar el muchacho después de beber un trago largo de su whisky con hielo.
-¿Lento?
-Sí, en la otra sala.
-Vale.
Bailaron muy juntos, midiendo cada uno la forma del cuerpo del otro. Se besaron temblando de deseo, sintiendo en sus entrañas el fuego que les consumía.
-Quiero sentir tu olor… quiero sentir tu sabor-, dijo ella en un arrebato, frotando su cara en el cuello de Luis-. Ven.
Lo llevó hasta los servicios. Antes de entrar en el de mujeres, comprobó que estaba vacío. El muchacho la miraba, perplejo ante una situación que nunca había vivido antes.
-¿Qué haces?
-Quiero follar contigo.
-Pues vamos a un reservado.
-No, quiero verte bien.
-Estás loca-, contestó Luis dejándose llevar.
Lo hicieron allí de pie, con urgencia. Se dejaban llevar por un deseo loco y voraz, por las ansias de sentir el palpitar del sexo del otro, por el anhelo de enloquecer con el placer que el cuerpo ajeno proporcionaba.
Justo al terminar, entraron dos chicas en los lavabos. Una lloraba porque su novio la había dejado, y su amiga intentaba consolarla. La bailarina y el muchacho se miraron sin saber qué hacer, esperaron cinco minutos encerrados en uno de los retretes en silencio, luego cinco minutos más. La chica seguía llorando inconsolable. La bailarina abrió la puerta con decisión y salió, saludando con descaro a las chicas, que habían creído que no había nadie. Luego, se quedaron estupefactas al ver aparecer también a Luis, muerto de vergüenza.
-Tengo que volver a bailar, pero si te esperas media hora…
-Vale, aquí te espero-, contestó él apoyándose en una de las barras de la sala.
-Si no te mueves de aquí, todo lo que voy a hacer ahora te lo dedico-, dijo la chica, y antes de perderse entre la gente le estampó en los labios un beso que dejó a Luis medio mareado. Fue un beso sin lengua, pero voraz como nadie le había besado nunca. Pensó que estaría loco si se movía de allí. Sus hormonas saltaban frenéticamente, en una fiesta constante desde que reparó en la chica. Así que encendió un cigarrillo y no se perdió detalle. Esa mujer le hacía sentir el hombre más deseado del mundo. Había pasado algo de vergüenza, pero se empalmaba cuando pensaba en lo que acababan de hacer. Aún más, ahora que esa muñeca le dedicaba con la mirada cada uno de sus sugerentes movimientos, subida en lo alto de sus botas de plataforma. Ella le había prometido más, y estaba loco por volver a poseerla.
Cuando la bailarina terminó con sus obligaciones profesionales, lo invitó a su casa. Los dos estaban ardiendo y no había tiempo que perder. Montaron en la moto de Luis, y al poco rato ya estaban casi arrancándose la ropa en el piso de ella, devorándose vivos sin tregua, como dos fieras hambrientas. Esa noche llegaron al delirio más absoluto, y se entregaron el uno al otro con un fuego como nunca pensó él que pudiera llegar a existir. Ése fue el primer día de una historia encendida, de avidez inconmensurable, de locura enfebrecida, de pasión sin límite.
El chico quiso hacerse el duro, y aunque se intercambiaron los números de teléfono, estaba tan seguro de haber complacido totalmente a esa hermosa mujer, que pensó que ella lo llamaría. Ignoraba que se había topado con la horma de su zapato. Ella era orgullosa, y percibió en las reacciones de él, que nunca nadie le había hecho sentir lo que ella en esa noche enloquecida en la que se encontraron. Sabía que él, tarde o temprano la llamaría. Si no la llamaba, tal vez fuera un cobarde, y en ese caso no merecía la pena perder el tiempo con él. No estaba dispuesta a admitir dudas o temores, sólo entrega absoluta.
El muchacho esperó media semana, luego una semana entera. Esa tigresa era realmente dura, pero a Luis no le importó. Se dijo que muchas mujeres en el mundo estarían encantadas de irse a la cama con él. Salió dispuesto a cazar otra vez, y encontró una nueva presa en una chica que prometía mucho. Sin embargo, a la hora de la verdad no daba la talla que Luis esperaba. La bailarina dejó el listón muy alto, y el chico percibió la sombra del aburrimiento. Esperó dos días más, pero al tercero la llamó, rendido ante su urgencia por devorarla de nuevo, por quemarse envuelto en su piel volcánica, por abrasarse en el magma de su sexo.
-Sí, dígame.
-Hola, soy Luis. Nos conocimos hace casi dos semanas en la discoteca donde trabajas, ¿te acuerdas de mí?
-No, no sé quien eres-, contestó ella distante.
-Bueno, es que no nos presentamos, pero te subiste en mi moto y te llevé a tu casa donde pasamos toda la noche, ¿te acuerdas?-. El chico recalcó el tiempo que habían pasado en su casa, con la esperanza de haberle dejado un buen recuerdo a esa belleza de ojos ardientes.
-Ah, sí, ¿qué quieres?
-Nada, que me gustaría volver a verte-. Luis fingió una seguridad que empezaba a abandonarle.
-Pues ya sabes donde trabajo. Ven y me verás.
-Ya, pero es que no me conformo sólo con verte. Yo quiero algo más.
-Bueno, primero ven y luego… ya veremos-, le contestó ella sin darle demasiadas esperanzas.
-Oye, todavía no sé tu nombre.
-Me llamo Candela.
Volvieron a reemprender la relación. Para Luis, Candela era una diosa que le provocaba sensaciones jamás vividas. El deseo inagotable de ella y el fuego de su piel, le originaban un delirio imposible de controlar. Se veían cada día y daban rienda suelta a sus deseos más prohibidos. En cualquier momento, en cualquier lugar, en cualquier situación. Siempre caminando por el filo de la navaja. La fantasía de Candela nunca se rendía, y su enorme apetito sexual jamás menguaba. Luis se sintió el amo del mundo, porque en ella encontró un tesoro que creía inexistente.
Pero todo exceso cansa. Una noche decidió quedarse en casa a ver un partido de fútbol, y no pasó nada. No sintió la urgencia que antes le hervía la sangre solamente de pensar en ella. Se dijo que sólo era un pequeño descanso que se tomaba, en una relación que le satisfacía plenamente, pero que le estaba resultando algo pesada. Al día siguiente reanudó sus visitas a Candela. Sin embargo, al cabo de quince días desapareció sin dar ninguna explicación, durante cuarenta y ocho horas. Ella lo llamó al móvil y le montó un número. Le dijo que era un cerdo y un hijo de puta, que qué se creía, que no la podía dejar tirada de esa manera, y que tuviera cuidado, porque le podía costar muy caro.
Cuando Luis volvió a aparecer por su casa, no estaba muy seguro de ser bien recibido. Ella lo abrazó llorando y le dijo que lo amaba con locura, y que por eso no podía estar ni un día sin él. De nuevo llegó la pasión sin mesura. Siempre al borde del paroxismo más absoluto, sin importarles nada más allá de sus propios cuerpos, sin importarles nada que no fuera el hambre devoradora que les quemaba las entrañas.
-Te he dado todo mi fuego-, le dijo Candela al terminar-, pero si me dejas, ese fuego te devorará.
-Estás loca.
-Sí, estoy loca por ti… y sabes que nadie puede darte el placer que yo te doy.
Al salir del piso de la bailarina, Luis se sintió ligeramente hastiado, pero no hizo demasiado caso. Al verla llorar, la culpabilidad golpeó en su corazón. Además, pensó que estaría loco si la dejaba, porque era cierta la última frase que ella le dijo. Aún así, en las siguientes semanas fue inevitable que el tedio acampara algunas veces en su ánimo. Ella era intensa, controladora, absorbente. Se sentía cada vez más agobiado, prisionero de una relación a la que le faltaba aire. Candela lo amenazaba, insegura ante su falta de entusiasmo.
-Si me dejas, el fuego que te doy te devorará.
Pero Luis se ahogaba sin remedio, y nada de lo que hacía Candela parecía devolverle el oxígeno a esa relación. Muchas veces ni siquiera hacían el amor, sólo se peleaban en una guerra sin cuartel. Ella le echaba en cara a él su falta de interés, y él le respondía que lo asfixiaba entre sus brazos. Y los gritos de sus discusiones poblaban el silencio de la noche, hasta que él cedía, cansado de las acusaciones de la mujer, y se marchaba dando un portazo.
Un día Luis ya no gritó. Le dijo a Candela que ya no podía más y que rompía la relación.
-Tú no puedes dejarme… soy lo mejor que te ha pasado en tu puta vida y no puedes dejarme… ¡si me dejas te arrepentirás!
-Adiós, Candela.
-Está bien, vete. Vete y déjame tirada como siempre… pero te lo advierto, te arrepentirás de esto… ¡te juro que te arrepentirás!
Luis se fue, cerrando la puerta a una relación realmente explosiva y peligrosa. Se sintió aliviado, convencido de haber recuperado su libertad. Salió a la calle. Al cabo de pocos metros descubrió una chica menuda de hermosos ojos soñadores, el cielo azul, las flores, la primavera en todo su esplendor. El mundo le pareció de repente, mucho más hermoso de lo que recordaba. Suspiró y sonrió feliz. Por fin estaba en paz consigo mismo.
Pasados tres días, desmontó el carburador de la moto en el pequeño jardín de su casa para limpiarlo. A Luis le encantaban las motos, y se enorgullecía particularmente de la suya. Siempre la tenía reluciente, tanto que cuando iba en ella, muchas veces creía que cabalgaba en un rayo. Quiso limpiar también el motor, como tantas otras veces. Fue al garaje, cogió una lata de gasolina, y la vació en un recipiente. Tomó un trapo con la intención de mojarlo en el carburante, y al acercar uno de los extremos al líquido, se quedó pensativo mirando al interior del cacharro. Le había parecido ver los ardorosos ojos de Candela en el interior. Allí estaba ella con su tórrida mirada, bailando provocativamente en el fondo del líquido.
Sonó el teléfono en el salón de su casa y Candela se desvaneció de su mente. Se levantó para atender la llamada. Sin querer tumbó el recipiente, y la gasolina se desparramó por la zona asfaltada del jardín. Entró en casa, descolgó el auricular y habló con uno de sus amigos. Encendió un pitillo mientras hablaban relajadamente de los planes que tenían para esa noche. Luego, volvió al jardín y no se percató de que el rastro de gasolina se extendía prácticamente hasta la puerta de la casa. Tiró el cigarrillo, al mismo tiempo que pisaba el carburante, y una boca gigantesca de fuego se levantó del asfalto y lo devoró en un momento. Luis gritaba enloquecido, sintiendo arder la piel y el pelo. El fuego penetró en su interior a través de sus poros. Hirvió su sangre hasta solidificarse y quedar totalmente cocida, quemándose por dentro. El dolor era tan intenso que perdió el conocimiento. Un fuerte olor a gasolina y a carne quemada impregnaba el aire, mientras Luis fallecía con el cuerpo calcinado y ennegrecido. Sólo las llamas le daban vida a su cuerpo inerte, alimentándose de él, formando extrañas figuras, como si una mujer de largo cabello bailara incansable encima del cadáver.
(2005)

martes, 14 de septiembre de 2010

El lavadero


Penélope tendía la ropa en el lavadero. Estaba haciendo un día de perros. La lluvia limpiaba el cielo de Madrid desde dos días antes, y la temperatura había bajado considerablemente. Una atmósfera triste y melancólica, como si el mundo llorara la muerte de algo o alguien, confirmaba el avance del otoño. Atrás quedaban los calores del verano, toda su alegría, su brillo, su sensualidad, y también habían quedado definitivamente atrás las primeras hojas amarillas y rojizas para dar paso a los tonos ocres y más oscuros.
Entre dos paredes del estrecho lavadero, Ulises, el marido de Penélope, había colocado unas cuerdas en previsión de días como el que estaban sufriendo, para así poder tender la ropa mojada en caso de necesidad. Hacía un momento que él había llegado del trabajo, cansado como siempre, y, después de conectar el televisor, se sentó en el sofá. Cuando Penélope salió a tender ropa, estaba absorto mirando uno de esos programas que siempre decía que no le gustaban cuando ella pretendía verlos. Le dio rabia comprobarlo. Era como si él se empeñara en mortificarla. De todas maneras, no dijo nada. Estaba harta ya de tanto discutir. Cuando Ulises asomó la cabeza y le dijo que salía un momento a comprar tabaco, sólo le replicó que no se entretuviese a pesar de que sabía que él haría lo que le pareciera. La última vez que le dijo lo mismo, tardó dos horas en volver y cuando le preguntó dónde se había metido, le contestó que en el bar había encontrado a un amigo del trabajo y que estuvieron charlando.
Ulises había cerrado la puerta del lavadero al irse y, después de tender unos vaqueros, Penélope recordó que el picaporte estaba roto y que la puerta no podía abrirse desde dentro. Estaba prisionera y no habría manera de salir hasta que volviera su marido y la sacara de ahí. Se enfadó con él, puesto que sabía el problema de la puerta, ¿cómo no había pensado en ello? Avisaron al carpintero, pero éste nunca tenía prisa para hacer pequeños arreglillos. A saber cuándo vendría.
Penélope acabó de tender la ropa y después se apoyó contra la lavadora. Rogó interiormente para que Ulises volviera pronto. Miró la estantería con los polvos de lavar la ropa, la lejía, el suavizante y demás. Pronto tendría que comprar más detergente. Los trastos con los que a veces Ulises se dedicaba a hacer pequeños remiendos por la casa se encontraban en la estantería de encima. No es que fuera un gran aficionado al bricolaje, pero si se tenía que clavar algún clavo, o dar alguna manita de pintura, lo hacía. Siguió dirigiendo la mirada a todos los rincones de la pequeña estancia. En una esquina del techo, una araña estaba ocupada reparando su tela. Se fijó también en unas manchas del suelo, delante de la lavadora. Conjeturó con la posibilidad de que fueran del suavizante, que se le cayó el día anterior al introducirlo en el cajetín de la máquina. Tendría que fregar esa habitación.
Penélope suspiró completamente aburrida. No habrían pasado ni cinco minutos y ya estaba cansada de esperar. Cogió un cubo de un rincón junto a la estantería, lo volvió del revés y se sentó encima, con la espalda contra la lavadora. Apoyó su codo en el muslo, y su cabeza, en la mano. Si lo pensaba con calma era cómico lo que le estaba pasando. Se rió, pero al cabo de diez minutos más, su risa se había convertido en desesperación. ¿Qué hacía encerrada en el lavadero con todo el montón de trabajo que tenía?, ¿es que acaso Ulises pensaba tardar mucho más?, ¿cómo iba a preparar la cena? Se sintió angustiada, y un sollozo se le escapó de la garganta, pero decidió no dejarse llevar por la emoción. Respiró profunda y lentamente un par de veces e intentó calmarse. Sólo se oían las gotas de lluvia cayendo en la terraza y el suave murmullo del tráfico en la calle. La quietud y esa dulce melodía la rodeaban. Al estar medio ovillada encima del cubo, un agradable calorcillo se extendió por su cuerpo y se quedó dormida.
Cuando despertó no sabía cuánto tiempo había pasado, podían ser segundos o quizá varios minutos. Estaba incómoda. Sintió dolor en las rodillas y el trasero. Se puso de pie, apartó el cubo y caminó. Tres pasos a la derecha y se daba contra la pared, cuatro pasos a la izquierda, y de bruces contra la ropa tendida. Repitió el corto recorrido varias veces y eso la desentumeció, pero al mismo tiempo volvió a desesperarse. Parecía que estuviera encerrada en un zulo, realmente era angustioso. Se volvió a quedar quieta, con los brazos cruzados sobre el pecho y apoyada contra la lavadora. Hacía un buen rato que había anochecido y empezaba a sentir frío. Al otro lado de la pared, en casa de los vecinos, el silencio era absoluto.
Volvió a sentarse encima del cubo. Rememoró cuando, hacía casi cuatro años y medio , se casó con Ulises. Desde luego, esos tiempos eran mucho más dichosos. Cuando él la miraba parecía que miles de estrellas se escaparan de sus ojos. Y sus besos... nadie nunca la había besado de un modo tan dulce. ¿Adónde habían ido esos besos de miel?, ¿cuándo fue que las estrellas fueron sustituídas por los reproches? Penélope no lo sabía. Ocupada en vivir, no había reparado en esos detalles, y no era un asunto insignificante. Se puso triste. Con la cabeza sujeta entre las dos manos, se le escaparon un par de lágrimas. Él había dejado atrás un trabajo que le gustaba, sólo porque ella le pidió que aceptara el empleo mejor remunerado que le ofrecían en una ciudad extraña, lejos de los suyos. Ella misma también se había sentido muy sola allí. Desde luego, no podía decir que siempre tuviera la culpa él de sus desencuentros. Quizá debiera hacerle más caso del que le hacía. Ulises siempre se quejaba de que nunca le apetecía hacer el amor. Tal vez si él la acariciara mejor...
Sintió el olor a humedad de la ropa mojada y se estremeció. No llevaba reloj, no sabía la hora que era. Tenía frío. Se frotó los brazos y los muslos. Caminó un rato, cuatro pasos a un lado, cuatro al otro. Se sentía como una fiera enjaulada. No podía ser que Ulises tardase mucho más. Seguro que, de nuevo, estaría hablando con alguien en el bar. Desde luego, si llegaba tarde como la otra vez, lo mataría. Después de todo, ¿qué coño hacía en el bar a la hora de cenar?, ¿no tenía suficiente con ir, comprar el tabaco y volver? ¿Y si no estaba en el bar?, ¿y si se la estaba pegando con alguna pelandusca?... No, Ulises no era así. No debía pensar en eso. Seguro que no tardaría en llegar y la rescataría... seguro.


***

Ulises abrió el paraguas al salir a la calle. Tardó cinco minutos en llegar al bar de la esquina. Saludó al dueño y le pidió una cerveza, un bocadillo de jamón y un cortado. Después, bajando la voz, le pidió "lo que él ya sabía". El dueño del bar le acercó disimuladamente un paquete de tabaco. En teoría, no podía venderlo, pero los clientes habituales seguían comprándole y él se lo seguía proporcionando, aunque luego no pudieran fumar dentro del local.
Ulises se sentó en una mesa cerca de la cristalera de la calle y esperó a que le trajeran lo que había pedido. Esa noche no quería conversación. Estaba cansado, apático. Había sido un día duro en la oficina, y luego, sólo faltó llegar a casa y ver la cara de mala leche de su mujer. Se fijó en una pareja que estaba sentada en un rincón del bar, comiéndose a besos. Se sintió levemente excitado. Giró la cabeza y miró la calle a través del cristal, los coches que pasaban con las luces encendidas, la gente con paraguas y prisa, la lluvia, que no cesaba, mojando hasta su alma.
El camarero le trajo la cerveza, el bocadillo y el cortado. Comió y bebió con parsimonia, absorto en sus propios pensamientos. De vez en cuando, lanzaba miradas furtivas a la pareja del rincón. A ratos se susurraban palabras que, por la expresión de sus caras, sólo podían ser de amor mientras hacían manitas. Otras veces se decantaban más por los largos besos antropófagos, que a Ulises en parte le excitaban y en parte le dolían. Pensaba en Penélope. No recordaba cuánto tiempo hacía que no se besaban como la pareja del rincón.
Acabó de comer, dejó la cerveza a medias y se bebió el cortado. Se levantó y pagó. Antes de salir a la calle, sacó un cigarrillo y lo encendió. La persistencia de la lluvia le obligó a abrir el paraguas de nuevo. No tenía prisa. Por primera vez en nueve días se sentía dueño de su tiempo. Caminó despacio, apurando su cigarrillo. Antes de entrar en la primera boca de metro que encontró, lo tiró al suelo ya casi consumido.
Siempre le había gustado el mar. En verano, durante las vacaciones, era el hombre más feliz del mundo. Sobre todo porque, aunque cobrara más dinero, se alejaba de un puesto de trabajo que aborrecía, pero también porque iban a la playa y a él le encantaba. No sabía porqué. En invierno se complacía en recordar el olor del mar, su brisa, su color azul, su inmensidad, el rumor de las olas. Esperaba ansioso la llegada de algún puente para volver allí, aunque no pudiera bañarse.
Llegó a la estación de Atocha, no se lo pensó dos veces y compró un billete hacia Valencia. Faltaba más de una hora para que saliera el tren. Se sentó en un banco de la estación. Valencia sería su primera parada, y luego ya vería, quizá alguna isla, pero desde luego, no pensaba alejarse del Mediterráneo. Le daba lo mismo su trabajo, su familia, su mujer, todo. Necesitaba alejarse y dejarlo todo atrás, empezar de nuevo. Necesitaba una nueva vida donde el mar marcara el ritmo de su corazón, donde siempre brillara el sol, donde el aire fuera puro. Nueve días antes también quiso coger un tren con destino al Mediterráneo. Llegó hasta la estación saboreando su nueva libertad, compró el billete y se sentó a esperar. Y en el último momento, después de casi dos horas, a punto de subir al tren, decidió darle una nueva oportunidad a su vida. Cuesta cambiar de vida, aunque la que se lleve no sea la que siempre se ha querido.
Había vuelto a su casa. Penélope estaba disgustada por su tardanza y él le dio una excusa tonta. Después de cenar, ya en la cama, quiso hacerle el amor. Había querido quitarle la venda de los ojos para que ella pudiera darse cuenta de que todavía la quería, para que sintiera lo maravilloso que podía ser el sexo. Primero Penélope se resistió, todavía le duraba el enfado. Después, ante la insistencia de Ulises, había cedido. Nada resultó como había planeado. Como siempre, la falta de entusiasmo de la mujer lo llenó de zozobra y dudas. Fue un acto triste y lamentable. Al final, ella fingió un orgasmo para acabar pronto y el placer de Ulises fue bien escaso. Como siempre.
Durante aquellos nueve días que habían pasado desde entonces, Ulises pudo constatar que se había equivocado al no marcharse, que la mediocridad y el aburrimiento de su vida no se merecían una nueva oportunidad y ahora, que por fin se había decidido, nada iba a hacerle desistir de sus intenciones. Esta vez no se echaría atrás en el último momento. Hubiese querido besar a su mujer al despedirse de ella, pero quizá hubiese sospechado algo. Sintió que el vientre le temblaba al cerrar la puerta del lavadero y dejar atrás a Penélope, pero... ¡No!, ¡un momento!, ¡el picaporte de la puerta del lavadero no funcionaba bien!, ¿cómo no se había acordado? Sin duda su mujer se habría quedado encerrada dentro y si él no volvía, ¿quién la sacaría de allí? Imaginó a Penélope prisionera horas y horas en la pequeña habitación, esperando a que él volviera hasta que, desesperada, comenzara a gritar por la ventana y alguien le hiciese caso; pero estaban en un séptimo piso y la ventana era realmente pequeña. Se imaginó su impotencia, su desesperación, su enfado, quizá su terror. Vislumbró que volvía a casa y la rescataba; después, su eterno reproche, su mala leche multiplicada por mil, no sin razón, pero... Sólo tenía que coger un tren y partir, dejar atrás todo eso. A un lado lo esperaba una vida triste y sin sentido, al otro, la libertad, la promesa de la vida deseada... Pero él no podía hacerle esa faena a Penélope, no podía. Se levantó del banco y, con cierto malestar, volvió a coger el metro que lo llevaría de nuevo a casa.


Publicado en "De la vida y otros viajes", Ediciones Atlantis, 2009.

miércoles, 11 de agosto de 2010

La llamada


Mohamed se despidió mentalmente del desierto que empezaba a dejar a sus espaldas. Para él esa inmensidad dorada lo era todo: su hogar, su luz, su paz. Nunca lo había abandonado. Pero una vez, escuchó a un tío suyo hablar del mar, y hacía poco, un viajero que les acompañó en una ruta por el desierto también le había hablado de ese gran espacio líquido, azul, gris o verde, según el color del cielo o la profundidad de sus aguas.
Quiso conocerlo con sus propios ojos puesto que no creía que pudiera haber nada tan grande como el desierto o el cielo. Así fue como después de pedir permiso a su padre, hacer unos cuantos preparativos y despedirse de su familia, siguió el camino que le aconsejó su tío.
Notó que las noches eran más frías y duras que cuando avanzaba junto a su tribu, pero observó las estrellas titilantes y pensó que no era posible contemplar tal belleza en ningún otro lugar. Durante el día, las doradas dunas se levantaban ante él amenazantes. Le pareció oír el latido del mundo, y sintió respirar al desierto, suavemente casi siempre, furioso durante una tormenta de arena. No tenía miedo, porque la curiosidad le prestaba coraje a su corazón.
A veces, el viento susurraba su nombre en sus oídos, como si alguien lo llamara misteriosamente desde otras latitudes: "Mohamed... Mohamed...". Era casi como un dulce canto.
Los días se sucedieron entre las abrasadoras arenas, que le enseñaban que él sólo era una pequeña parte de la creación, apenas más valioso que un pequeño grano de arena, hasta que al fin llegó a una ciudad.
Cruzó todo el desierto sólo, pero no se encontró menos sólo en la urbe a pesar de toda la gente y todo el alboroto que no le dejaba oír el latido del mundo. Tampoco las estrellas le parecieron tan hermosas. La gente le miraba sin disimulo, y algunos se reían de su ropa azul de tuareg y de unas costumbres y unas supersticiones que le suponían. Pero él no desistió de su empeño, siguió su camino por otras localidades hasta que al final llegó a una ciudad portuaria. El mar, que se divisaba desde el puerto, no le pareció nada importante. Casi se desanimó pensando que se había arriesgado a cruzar el desierto en solitario por algo que no valía la pena, pero indagó acerca del objeto de su curiosidad, y todos los que le contestaron le dijeron lo mismo que su tío y el viajero que le habló del mar. Llegó a la conclusión de que ya que estaba allí, no perdía nada con seguir investigando.
Mohamed era listo y, a pesar de su juventud, vendió su dromedario a buen precio. Después, consiguió trabajo en un barco pesquero y se hizo a la mar con la curiosidad siempre alerta. Al salir del puerto, de pie en la proa del barco, sus ojos se perdieron en la línea que divide los azules, el inalcanzable horizonte. En su pecho sintió la emoción del momento, porque ahora él también sabía que el mar era hermoso, inmenso, y al igual que el desierto, respiraba. "Mohamed... Mohamed, ven...", parecían cantar las olas.
Faenó con los pescadores sacando brillantes sardinas del agua, pulpos, merluzas y toda clase de peces que el muchacho nunca había visto ni probado. Incluso una vez, al izar la red, hallaron enganchado entre sus hilos un precioso pez espada que lo dejó atónito. Por las noches, sus compañeros explicaban historias de barcos fantasmas, marinos malditos, sirenas y piratas, y a Mohamed esas historias le fascinaban. Alguno decía no creer en esas leyendas, sin embargo, la mayoría no dudaba de su existencia. El trabajo era duro, pero todo era nuevo, extraño, maravilloso y él aprendía deprisa. Bueno, no todo era tan diferente. Allí podía oír de nuevo el latido del mundo, las estrellas se veían igual de hermosas que en el desierto, había tantas gotas de agua en el mar como granos de arena en el lugar del que procedía y, a veces, el misterioso canto que parecía ascender de las olas pronunciaba su nombre como ya lo había hecho antes el viento en el desierto. Amaba esa inmensidad azul y todos sus secretos.
Un día, una tormenta los alcanzó mientras faenaban muy lejos de la costa. El cielo se oscureció de repente y las olas se embravecieron tanto, que a veces semejaban paredes de varios metros de altura. La ropa de Mohamed, y la de todos sus compañeros, se empapó rápidamente. Las olas parecían amenazantes dunas grises, y el joven tuareg, aferrándose al palo mayor, se sintió pequeño, apenas más importante que una gota de agua. La tormenta no cesaba y caía sobre ellos inclemente, dejando el barco sin control y medio destrozado. El capitán ladraba órdenes casi sin sentido ante la fuerza inmisericorde de la naturaleza, hasta que en medio de la confusión, un golpe de agua arrastró a Mohamed y a dos de sus compañeros por la cubierta y los echó al mar.
A Mohamed le pareció oír voces. Lanzaron el salvavidas a poca distancia de él, pero no alcanzó a cogerlo y se hundió. Un canto ya conocido llegó hasta sus oídos. Arriba quedaba la feroz lucha por sobrevivir, pero bajo el mar se sintió tranquilo, seguro. Alguien le llamaba con voz dulce por su nombre. Alguien con el cuerpo mitad mujer, mitad pez, de quien el viento y las olas ya le habían traído el mensaje. Era una hermosa sirena de largos cabellos, adornada con estrellas de mar y collares de nácar, que sin conocerlo, vio su imagen en un espejo mágico y se enamoró de él. Lo miró sonriendo feliz y después, cogiéndolo de las manos, lo arrastró hacia el fondo para mostrarle su reino. Mohamed nunca regresó al desierto. Se quedó a vivir para siempre bajo el mar que tanto amaba.


Publicado en "De la vida y otros viajes", Ediciones Atlantis, 2009.

martes, 6 de julio de 2010

El observador


Marcelo subió al tren y se sentó delante de la primera mujer que le llamó la atención. La saludó cortesmente. Estaba entradita en carnes, como a él le gustaban. Tenía el pelo rubio y llevaba una falda negra, larga y estrecha, y un jersey rojo con los hombros descubiertos altamente sugestivo. Poseía un aspecto sensual y algo bohemio. Marcelo sacó un libro y empezó a leer. Le gustaba hacerlo cuando viajaba, pero eso no era óbice para que no pudiera entretenerse de vez en cuando y observar el paisaje humano. Y si le gustaba tanto como el que tenía delante, mejor.
Intentó leer al principio con atención, pero sus ojos se escapaban una y otra vez hacia la rubia de delante; sus labios pintados, la curva de su cuello, sus hombros desnudos. Ahora ella miraba con ojos soñadores por la ventana, a veces sonreía un poco. "Quién pudiera ocupar sus pensamientos", pensó Marcelo. La mujer se sentaba con la espalda recta, como una reina; una pierna cruzada sobre la otra y las manos apoyadas sobre la rodilla. Parecía nerviosa, la punta del pie no paraba quieta. Recordó que Lucía, su compañera de trabajo, tenía unos zapatos muy semejantes. Sin embargo, las dos mujeres no se parecían en nada.
Marcelo, envuelto por el ruido metálico y monótono, del paso del tren sobre los raíles y por alguna que otra conversación ajena, miró también por la ventana. Acababan de dejar atrás el polígono industrial de la ciudad y sólo se veían campos de frutales en flor, huertos, alguna pequeña masía. La primavera se presentaba esplendorosa.
Intentó leer por enésima vez el mismo párrafo, pero no podía dejar de mirar disimuladamente a la mujer rubia. Hacía tiempo que no encontraba a una mujer tan femenina. Ahora se aprestaba a retocarse los labios, con una coquetería que sólo había visto en las películas. Con una de sus delicadas manos, de largas uñas pintadas de color fucsia, sujetaba un pequeño espejo y con la otra iniciaba un lento movimiento, la barra de labios rozaba esa boca carnosa, suave y brillante. Se quedó mirando como atontado. Jadeaba levemente con la boca entreabierta. Se había excitado.
De pronto, sonó una musiquilla apagada. La rubia cerró el pintalabios, revolvió en el bolso y sacó su móvil. Leyó un mensaje. En su cara se dibujó una furiosa contrariedad. Se puso a teclear y después miró un momento por la ventana, pero su expresión era muy diferente a la de antes de que sonara el móvil. Las lágrimas se le agolpaban en los ojos y empezaban a resbalarle por las mejillas. Estaba claro que había recibido malas noticias. Sin apartar los ojos de la ventana, lloraba con disimulo y su boca dibujaba una mueca extraña. Se secaba los ojos con los dedos intentando no estropear el maquillaje sin conseguirlo.
Marcelo, conmovido por la reacción de la mujer, le ofreció su pañuelo para que se secara al tiempo que le preguntaba:
-Perdona, ¿te encuentras mal?
Magdalena movió afirmativamente la cabeza, y cogió el pañuelo musitando un "gracias" apenas audible.
-¿Quieres hablar de ello?- Ella negó con la cabeza, aún mirando a través de la ventana. Él se levantó de su asiento y se sentó al lado de la mujer. -¿Puedo sentarme a tu lado? - No le dejó elección. En realidad, Marcelo no solía actuar así. En otras circunstancias no hubiera intervenido, se habria limitado a hacer lo de siempre, observar, pero no soportaba ver llorar a una mujer. Pensó, sinceramente enternecido, que no era bueno encontrarse tan solo como estaba la rubia en una situación así.
-¿Por qué los hombres sois tan cobardes... tan imbéciles... tan estúpidos... tan...?- soltó la mujer de repente.
-¡Eh, eh, eh!, ¡ya vale!, ¿no?
-Perdona -dijo ella, al tiempo que se secaba las lágrimas con el pañuelo. -Te lo ensuciaré con el rimel.
-¿Qué?
-El pañuelo, que te lo voy a ensuciar.
-¡Ah!, es igual... Así que no quieres hablar.
-Yo no hablo de mis cosas con extraños.
-Si te molesta que lo seamos, podemos presentarnos. Me llamo Marcelo, ¿y tú?
La mujer dudó unos instantes, pero al final contestó.
-Yo, Magdalena.
-Encantado- replicó Marcelo cogiendo una de las manos de ella y besándosela con suavidad. Después, dejó que las suyas envolvieran la de la mujer durante un rato, como si quisiera darle abrigo.
Estuvieron un momento sin hablar, con las manos entrelazadas. Magdalena seguía secándose las lágrimas, que se precipitaban por sus mejillas en una loca carrera suicida. Marcelo observaba a veces el paisaje que pasaba veloz por la ventanilla. Otras veces, de reojo, miraba el canalillo que asomaba por el escote de la mujer, su suave y blanca piel, un lunar justo donde empezaba el peligroso abismo. Sentado al lado de ella, podía percibir su fresco y a la vez voluptuoso perfume.
-¿Me dejas pasar? Voy un momento al servicio- le dijo ella antes de levantarse.
-Claro-. Luego se alegró, pero aunque su voz no lo tradujo, al principio Marcelo se sintió algo contrariado por perder un punto de observación tan interesante. Después, al alejarse Magdalena caminando por el pasillo, no pudo evitar mirarla con deseo. Era como si el diablo le moviera la cadera. El hombre sonrió sorprendido de su propia reacción. Nunca se había sentido tan excitado por alguien que llorara tanto como ella.
Magdalena entró en el servicio. Se miró en el espejo y se vio horrible con los ojos enrojecidos y el rimel algo corrido. Se mojó la cara para refrescársela, también los ojos, pero con más cuidado, no quería que se le corriera el rimel del todo. Después, al secarse, también tuvo especial cuidado con esa zona. Intentó arreglar un poco los desperfectos. Finalmente, se dio un toque de colorete en las mejillas. Sus ojos continuaban enrojecidos.
Mientras mecánicamente realizaba todos estos actos, Magdalena se entretuvo pensando en Marcelo. Seguro que no tendría más de cuarenta años. Era amable, simpático y olía muy bien. Y el detalle del beso en la mano fue muy tierno. Además, se moría de ganas de hablar de lo que le había pasado. Pensó que hacerlo con un extraño quizá no fuera tan malo puesto que no importaba tanto el juicio que de ella pudiera hacerse. Salió del servicio y se encaminó hacia su asiento. Allí estaba ese hombre, con barba de tres días, gafas y un arito en la oreja, mirando por la ventana con el libro abierto entre las manos.
-¿Qué lees?- preguntó al llegar.
-Bueno, más bien intento leer. Me gusta mucho, pero hoy no me concentro.
-A mí también me gusta mucho leer, pero hoy estaba demasiado nerviosa y pensé eso, que no podría concentrarme. Después de todo, una no conoce todos los días a un amante- dijo ella tan de sopetón que a Marcelo lo cogió desprevenido.
-¿Cómo?
Magdalena se lo contó todo. Hacía unos meses, había conocido a un hombre, casado como ella, a través de internet. Empezaron diciéndose futilidades algo subidas de tono, que poco a poco fueron derivando hacia conversaciones por un lado más serias, hablando de sus parejas, de sus familias y de sus problemas, y por otro, altamente lúbricas. Se convirtieron en amantes cibernéticos. Magdalena encontraba en ese hombre toda la pasión que su marido olvidó en el camino. Se enviaron fotos, practicaron sexo telefónico, se enamoraron. Sin embargo, tuvieron claro desde el principio que no dejarían a sus parejas para vivir juntos puesto que su amor era una locura y querían que siguiera siendo así. La pasión prohibida y secreta les resultaba mucho más intensa. Ya estaban hartos de vivir el amor apagado que les ofrecían sus parejas. No quisieron arriesgarse a que la historia se repitiera entre ellos. Por fin, decidieron encontrarse en Barcelona. Ella, que era agente inmobiliaria, puso ante su marido la excusa de una convención. Hizo la maleta, impaciente por encontrarse con su amante, loca por estar de verdad entre sus brazos, no sólo a través de sueños etéreos y vacios. Pero ya en el tren, recibió un mensaje de él en el que decía que no iba a reunirse con ella, que el asunto se les estaba escapando de las manos y que su familia no lo merecía. Ella no daba crédito a lo que estaba leyendo. Pensó en llamarle. Finalmente le mandó otro mensaje, no quiso discutir con él delante de extraños. "No me hagas esto. Yo ya voy en el tren hacia Barcelona. Necesito verte", escribió, pero no recibió respuesta. Se puso a llorar intentando disimular, riéndose, al mismo tiempo, de su propia estupidez. Pensó en todo lo que había hecho por él y se sintió ridícula, despechada, profundamente humillada.
-Él decía que yo era su diosa... ¡ja!, vaya diosa de pacotilla que estoy hecha, que no consigo que mi amante quiera conocerme de verdad.
-No sé si todos los hombres somos estúpidos, pero sinceramente, creo que él no sabe lo que hace. Si te hubiera visto en persona como yo, estoy seguro de que no hubiera dudado ni un segundo y se hubiera presentado, aunque tuviera que hacer el camino de rodillas.
-Eres un cielo, pero... un poco exagerado. - Por fin Magdalena reía abiertamente. Hablaron largo y tendido. Él se sintió cada vez más fascinado; ella, cada vez menos sola. El tiempo les pasó volando hasta llegar a la Ciudad Condal. Al prepararse para bajar del tren, se dieron cuenta de que llevaban idénticas maletas. Comentaron la casualidad mientras se detenía el vagón. Ya en la estación, a ella se le cayó el bolso abierto, y parte de su contenido se desparramó por el suelo. Él la ayudó a recogerlo. Magdalena se sonrojó cuando el hombre le entregó unas llaves y un tubo de lubricante. Marcelo, sin querer darle más importancia, le propuso compartir un taxi. Se sentía a gusto con esa mujer. Ella aceptó, el dolor menguaba en su compañía. Siguieron charlando amigablemente hasta llegar al hotel de la mujer. Allí se despidieron, primero con timidez, después Magdalena se decidió y besó en las mejillas a Marcelo al tiempo que le daba las gracias. La proximidad de ella, y de nuevo, su olor, le puso nervioso.
Él observó cómo caminaba hacia la entrada del hotel con su maleta en la mano. Realmente, se movía como una diosa. Estuvo tentado de llamarla y pedirle su número de teléfono, pero, finalmente, un extraño y ridículo pudor se lo impidió. Ya con el taxi en marcha, no paraba de pensar en ella. No alcanzaba a entender cómo esa mujer tenía que conformarse con un amante cibernético. Era imposible que no hubiera encontrado amantes a patadas a su alrededor. No era una preciosidad, eso era cierto, pero era muy atractiva y desde luego, al hablar tanto con ella, le pareció que tenía una gran personalidad. Además, era evidente que derramaba erotismo con cada uno de sus movimientos, y eso lo tradujo su cuerpo en una leve pero constante excitación sexual. Marcelo empezaba a creer que Magdalena acertaba al pensar que todos los hombres eran estúpidos. Una vez, Lucía le dijo lo mismo y también le dijo que nunca eran capaces de ver lo que tenían al lado. Quizá fuera cierto. Incluso él mismo se sentía un poco tonto por dejar escapar a una mujer como Magdalena. Estaba acostumbrado a ser un observador de la vida más que un participante y, en esta ocasión, sus reflejos tampoco hicieron nada para activar una respuesta adecuada a sus deseos.
Ya en su piso, después de sacar una cerveza de la nevera y echar un trago, se dispuso a deshacer la maleta. La encontró llena de ropa femenina. Aún sin pretenderlo, se había quedado con la de Magdalena.
Marcelo observó el contenido de la maleta. Había ropa de calle, pero a simple vista también vio un liguero, unos guantes largos negros y un tanga negro transparente, con florecitas fucsias, que cogió con la punta de un dedo, casi sin atreverse. Le sobrevino una fuerte erección. A un lado, entre la pared de la maleta y la ropa, asomaba una tira de algo parecido al cuero. La cogió y tiró despacio de ella. Para su sorpresa, aquella tira formaba parte de un látigo. Su imaginación bullía. No podía evitar imaginarse a la mujer rubia ataviada con todas aquellas prendas tan sugerentes y con el látigo en la mano. Eso fue demasiado. Salió de la habitación y entró en el baño. Se masturbó frenéticamente sin dejar de pensar en Magdalena hasta correrse.
Una vez ya más tranquilo, pensó que lo mejor era llamar al hotel para devolverle a la mujer su equipaje y recuperar de paso el suyo. Por otra parte, no sabía como se apellidaba ella. Quizá hubiera alguna identificación en la maleta. La cerró intentando dejarlo todo como estaba. Después miró los laterales y tuvo suerte. Encontró una tarjeta con el nombre completo de la mujer, su dirección y un número de teléfono fijo. Definitivamente, tendría que buscar el número del hotel en la guía telefónica.
Llamó después de encontrarlo. Mientras esperaba que contestaran, en su cabeza resonaban unas palabras de Magdalena. "Habría hecho cualquier cosa que me pidiera", le confesó refiriéndose a su amante. Se dijo a sí mismo que una mujer capaz de entregarse de esa manera y de llevar a cabo la clase de fantasías que él imaginaba, a la fuerza, tenía que ser muy especial. Quedó con Magdalena para cambiar los equipajes. De camino al hotel iba animándose para pedirle que cenara con él. Sabía que le costaría, pero ella valía la pena.
Al verla de nuevo, la encontró preciosa, incluso más que antes. Su cara desprendía una luz especial. Marcelo vaciló un poco y suspiró antes de atreverse a pronunciar las palabras. El corazón se le desbocaba por momentos. Estaba harto de observar sin actuar, no quería volver a sentirse como un imbécil.
-Magdalena... me preguntaba si... me preguntaba si te gustaría cenar conmigo.
Ella se quedó seria. Pareció titubear también antes de responder, pero finalmente lo hizo.
-Es que no puede ser. Mi amante me ha llamado hace un rato. Me ha dicho que lo ha pensado mejor, que no puede vivir sin mí, y que va a venir esta noche. -Una sonrisa resplandeciente volvía a alumbrar su cara llenando de oscuridad y desazón el corazón de Marcelo. Luego, al notar la pesadumbre de él, añadió, ya más seria-. ¿Sabes qué voy a hacer?, voy a darte mi número de móvil para que me llames cuando quieras. Bueno, preferiblemente en horario diurno. Ya sabes, mi marido. Has sido muy bueno conmigo, y me gustaría contar con tu amistad.
-Tendrás que apuntármelo en un papel, me he dejado el móvil en casa. Soy muy despistado- afirmó él después de buscar en sus bolsillos. Ella le apuntó el número y después se despidieron-. Me alegro de que tu amante haya cambiado de idea.
-Gracias.
No, no se alegraba. Para una vez que se decidía a actuar, le salía el tiro por la culata. Eso era ser muy desgraciado. Cuando llegó a la calle, tiró el papel con el número a una papelera, completamente descorazonado. Al abrir su cartera para buscarlo, otro papelito voló hasta el suelo. Después de tirar el primero, recogió el que tenía a sus pies y se alejó caminando despacio, con su maleta en la mano. Era el teléfono de Lucía. Aunque lo guardó en el móvil, lo había vuelto a meter en la cartera distraídamente. Lucía no parecía tan sensual como Magdalena, pero tenía unos ojos grandes y expresivos, una nariz muy graciosa y parecía muy vital. Recordó una de sus expresiones favoritas: "Si no se lucha, nunca se ganan batallas". ¿Acaso él era su batalla particular? Su número de teléfono así lo hacía pensar. La llamaría. Una chica luchadora como ella se merecía ganar una batalla. De repente, dio media vuelta y volvió a la papelera. Por suerte, estaba casi vacía. Buscó el papel con el número de Magdalena. Llamaría a Lucía y le pediría una cita, pero algún día, quizá la semana próxima, también llamaría a Magdalena. "Después de todo, si no se lucha, nunca se ganan batallas", pensó.

Publicado en "De la vida y otros viajes", Ediciones Atlantis, 2009.

martes, 29 de junio de 2010

Tres años, tres blogs


Muy pronto voy a colgar un nuevo relato, lo prometo, no os impacientéis. He estado pensando sobre la conveniencia de colgar este post aquí o no, y creo que es necesario que lo cuelgue. Para mí es importante que todos mis comentaristas tengan claro cómo funciono como bloguera, y además, y sobre todo, sepan lo que aprecio su presencia, y no tengo los mismos comentaristas en todos los blogs aunque algunos sí que comentáis en todos. Siento si lo que voy a escribir aquí, ya lo habíais leído en alguna de mis otras páginas, aunque no será exactamente igual. Allá voy:

Yo no suelo celebrar nada de mis blogs, ni cumpleblogs, ni cien primeras entradas, ni nada, pero me pega por hacer balance de vez en cuando de cómo ha ido y está yendo la cosa bloguera.
Un día como hoy, hace tres años justos, el 29 de junio de 2007, me decidí y creé "Diario de la dura jungla", el blog que tenía antes del de "Entre las sombras de la jungla", y que un día, como algunos de vosotros ya sabéis, tuve que dejar porque me inhabilitaron la cuenta y no podía entrar a administrar las entradas. Luego creé el actual de la jungla, como continuación del otro (en realidad, para mí es el mismo blog).
Cuando empecé con el primer blog estaba en una época muy loca de mi vida. Quería pasármelo bien, lo necesitaba, y me inventé una selva donde todo fuera placer, locura, diversión, un lugar donde compartir las cosas que me gustaban y con las que disfrutaba. Ésa era la idea primigenia. Pero la vida te arrastra, y no siempre por caminos de divertida locura. Surgen los enfados, las tristezas, las dudas... somos humanos (yo también, aunque un poco felina ;-)) y la vida nos procura vaivenes emocionales aunque no queramos. No siempre es fácil sustraerse de todo ello y no plasmarlo en el blog. A mí también me ha pasado, e incluso he llegado a sentirme incómoda por ello, porque si bien me he sentido muy apoyada en algunas ocasiones, también me he sentido como desnuda, hablando de mis sentimientos, y esa clase de desnudez es la desnudez profunda del alma. Es mucho más íntimo que enseñar el cuerpo, que al fin y al cabo, sólo es una cubierta exterior.
Luego también está la cuestión del tiempo, gran problema para mí. Recuerdo que al principio le dedicaba mucho tiempo al blog, estaba como obsesionada. No hacía nada más. Posteaba tres veces a la semana, y tenía montones de comentaristas, que me encargaba de contestar en mi blog, y además visitar con extrema puntualidad, y entonces aún era peor porque no existía el blogroll, con lo cual, con la avidez de ver que habían escrito en sus blogs igual los visitaba montones de veces sin que hubieran actualizado nada. Iba visitando a todos mis contactos uno detrás de otro hasta terminar la rueda, y luego volvía a empezar. Sí, hubo un tiempo de mi vida en que era mucho más virtual que real. Es triste, si queréis, pero es así. Eso sí, me lo pasaba bomba, pero no era sano.
Por fin decidí acortar el número de mis entradas por semana, y lo dejé en dos. Tenía un poquito más de tiempo, pero no mucho más. Luego, al cabo de unos meses, lo dejé en uno. Coincidió con un tiempo en que ocurrió algo que hizo que la pimienta que acostumbraba a meter en el blog disminuyera también, y fui perdiendo comentaristas. Bueno, ya sé que es normal, se pierden comentaristas (y amigos) por el camino, y llegan otros, pero da pena que se pierdan.
De todas maneras, esa fórmula tampoco me satisfacía. Tenía la sensación de que publicaba demasiado poco, así que empecé a publicar cada cinco o seis días, y creo que por fin, he hallado el ritmo adecuado. Me refiero sobre todo a mi blog insignia, el de la jungla.
Sin embargo, el problema del tiempo, a pesar de todo este sinuoso camino recorrido, seguía preocupándome. Pronto me di cuenta de que tenía demasiados enlaces, demasiada gente a quien visitar, incluso gente que no me visitaba nunca y que sin embargo, yo no había dejado de visitar. Tenía que elegir, eran ellos o mi tiempo. Así que dividí mis enlaces en dos grupos, los blogs que más me gustaban y los blogs que gustándome (porque si no, no estarían ahí), no me gustaban tanto (aunque tampoco os fiéis mucho. Últimamente están muy desordenados y debería cambiar algunos de grupo), todos en el blog de la jungla para mi mayor comodidad, claro. Y decidí primero visitar a quién me comentase, luego a los "Grandes selváticos", y si aún tenía tiempo a los demás (aunque nunca tengo tiempo). Y así lo voy haciendo. Los que no os visito muy a menudo, no lo toméis mal, sólo es una manera de poner un poco de orden a mi vida real. De verdad que siento mucho no poder llegar a todos, pero no soy Dios, mi tiempo no se multiplica por milagro. No doy abasto. Y encima debo ser masoquista, porque como ya sabéis, últimamente me dio por crear, primero un blog erótico, y luego éste. Pero bueno, he decidido tomármelo con calma y potenciar más mi vida real, ponerla por delante de todo. Sé que me entenderéis y sabréis perdonar que a veces tarde un poco en venir a veros.
De todas maneras, quería deciros que durante estos tres años como bloguera lo he pasado muy bien, he conocido gente maravillosa, algunos se han convertido en amigos, me habéis ayudado a superar algunas cosas duras que me han pasado, y en fin, que ha sido un placer compartir este tiempo con todos vosotros, los que estáis y los que estuvisteis alguna vez, y que ha sido una experiencia maravillosa. Y aunque suene a despedida, pues no, no lo es, jajajajajajajaja!!! De momento sigo por aquí, en la dura jungla, mirando a través de cerraduras y pescando nuevas historias en el éter. Espero veros por aquí durante mucho tiempo. Gracias por acompañarme.

© Assumpta Solsona Cabiscol. Todos los derechos reservados.


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