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viernes, 21 de mayo de 2010

Rajashnipur


Por fin iba a cumplir su sueño, un sueño que le acompañaba desde que había leído, en la Archeological Society of London, el informe de Sir Arthur Evans sobre la expedición que éste realizó a la India en 1896 en busca de la ciudad perdida de Rajashnipur. Su nombre aparecía en algunas de las leyendas más célebres del país, y también, en algún texto sagrado. Era la famosa ciudad del príncipe Vashimudra y, sin embargo, jamás había sido localizada.
Durante años, Michael Oldstone esperó encontrar un gran proyecto, y por fin lo consiguió, porque si lograba encontrar esa ciudad, ingresaría sin discusión en el olimpo de los arqueólogos y eso no lo lograba cualquiera. Su posición sería una de las más prestigiosas dentro de la Archeological Society of London y de la Universidad de Oxford. Sin duda, la gloria lo esperaba. Estaba tan convencido de ello que le aseguró a su prometida que cuando volviera de la expedición se casaría con ella.
Cuando llegaron al estado indio de Assam, su destino final, a través de un viaje por el río Brahmaputra, la selva sorprendió a Michael Oldstone. Sabía el tipo de vegetación que se daba en ese territorio porque tanto el diario del primer viaje, al que le había remitido el informe de Sir Evans, como el propio profesor Mackenzie en persona dejaron constancia del hecho, pero aquello era mucho más de lo que hubiera podido imaginarse. Era una selva cerrada, frondosa, densa. Le pareció que era como una misteriosa y bella mujer con un sugerente vestido de seda verde. Sí, sin duda olía a hembra, y él desentrañaría su secreto. Eso era lo que le fascinaba al arqueólogo de su trabajo, desentrañar secretos antiguos, arcaicos tesoros escondidos, pretéritas civilizaciones veladas por el tiempo, piedras viejas cansadas de ver mundo. Pero volvió a sentir el olor a mujer de la selva y supo que esta vez no iba a ser como sacar a la luz esas viejas piedras. Esta vez sería aún mucho más excitante. Como desnudar a la hermosa dama y su misterio. Supo de inmediato que jamás viviría otra aventura como aquella.
En principio, adoptaron las coordenadas que siguió el equipo de Sir Evans, hacía muchos años, durante la primera expedición que se organizó para buscar la vieja ciudad. El profesor Mackenzie había formado parte de dicho equipo.
No avanzaban muy deprisa porque la vegetación era muy tupida y el terreno, montañoso. En algunas zonas no se podía andar ni un paso sin usar los machetes, y la penumbra lo teñía todo de enigma y sobrecogimiento. Fueron hacia el Este siguiendo el río. El rumor del agua los acompañaba, también el griterío de los monos y el canto de los pájaros. De vez en cuando, un rugido lejano. Penetraban en la selva como si de un templo se tratara, en reverencial silencio, roto muchas veces por la charlatanería del profesor Mackenzie, que parecía inmune al secreto que pesaba sobre esa selva, denso y asfixiante, pero también seductor y que, en cambio, oprimía a los demás. Y así, incitado por alguno de los jóvenes ayudantes, desgranaba una y otra vez los recuerdos de otras expediciones en las que había participado.
Al principio, Michael Oldstone, jefe de la expedición, bastante más joven que él, también disfrutaba de las aventuras de sus diferentes excavaciones y hallazgos. Incluso le hacía preguntas sobre los mismos. Pero antes de que pasara una semana, estaba hastiado de tanta explicación, arrepentido de haber aceptado su propuesta de acompañarlos. El impenitente parloteo del viejo arqueólogo le parecía tan inadecuado como se lo hubiera parecido que alguien cantara una de esas viejas canciones picantes que se oían en algunos burdeles de Londres, en medio de una ceremonia religiosa. Quizá en el fondo no era algo tan inadecuado. Tal vez lo incoherente fue el cambio que sufrió el carácter del profesor Oldstone, que de cordial, simpático y agradable mudó en huraño y reservado. Actuaba igual que un enamorado impaciente por estar a solas con su amada, comportándose de forma desagradable con cualquiera que impidiese la realización de su deseo.
De alguna forma, era eso lo que le pasaba. La selva lo había subyugado de tal forma que, aunque su parte más racional le decía que ésa quizá fuera una experiencia muy dura, hubiera deseado quedarse sólo para fundirse con ella. Percibía el olor de la selva y su piel se erizaba como si oliera el perfume de la mujer más deseada. Escuchaba su rumor y sus músculos se tensaban como si fuera a entrar en combate, como si fuera a cazar... o quizá como si fuera a amar. Algunas noches ni siquiera podía dormir, completamente excitado, obsesionado entre la espesura. Y en esas noches de insomnio, reflexionaba sobre la percepción que tuvo al contemplar la selva desde el río. La consideraba a menudo una hembra poderosa, fuerte y excitante a la que deseaba conquistar. Pronto entendió que no era el único que la veía de esa manera, cuando una mañana se dieron cuenta de que habían desaparecido dos farderos, tal como sucedió en la primera expedición. No dejaron rastro, y cuando le preguntó al jefe de los porteadores qué pensaba que pudo haber pasado con ellos, el hombre le dijo que se habían ido.
-¿Por qué?
-Miedo.
-¿Miedo?
-Sí, sahib. La selva tiene secretos y algunos no son agradables. La selva es una hembra peligrosa.
Sí que era peligrosa. A él le estaba cambiando el carácter. Se sorprendía a menudo teniendo pensamientos que en otras ocasiones le parecerían ridículos. Sin duda se estaba volviendo loco, pero era imposible evitarlo. Él quería conquistar la selva, pero era ella la que había invadido su mente, sus deseos, quizá hasta sus entrañas, como lo invadía todo, avasalladora y dominante. Por eso se irritaba tanto cuando el profesor Mackenzie explicaba sus aventuras, porque eso distraía su atención de lo que más le interesaba en ese momento, la selva. El viejo profesor se empeñaba cada vez más en llenar el vacío comunicativo del jefe de la expedición, Michael Oldstone, tan alto y tan reconcentrado en sus propios pensamientos.
-Sin duda, uno de los momentos más felices de mi vida fue cuando viajamos hasta la isla de Creta, en 1900. Yo, entonces, era muy joven. Excavamos en la colina de Kefala, y hallamos el palacio de Knossos. Por supuesto, a Sir Evans el hecho de que fracasara el primer viaje en busca de la ciudad perdida de Rajashnipur le había causado una gran decepción, pero enseguida se ilusionó con la nueva aventura...
"Dios mío, ya estamos otra vez, ¿es que no va a callarse nunca?", pensó Michael Oldstone. Golpeó la vegetación con más ahínco, penetrando con ardor en la verde piel de la Madre Tierra, la antigua diosa fecunda y agreste, intentando perderse, olvidarse de los demás, quedarse a solas con el objeto de su pasión. Si así hubiera sido, Michael Oldstone se hubiera sentido feliz. En las noches en que montaba guardia mientras los demás dormían, a veces derrotaba el sueño entre los recovecos de sus retorcidos y febriles pensamientos fantaseando con la idea de alejarse, sólo entre la feraz vegetación. Y era cierto que un estremecimiento sacudía su cuerpo, quizá sintiendo miedo, pero también sintiendo deseo, frenesí ante el vertiginoso pensamiento.
En los días sucesivos, siguieron caminando intentando seguir más o menos la ruta que el profesor Mackenzie opinaba que era la más apropiada. Llevaban unos días siguiendo un nuevo rumbo, dirigiéndose al sureste. Algunas veces adivinaban más que veían por donde pisaban, sudando, golpeando con los machetes incansablemente para abrirse paso. Sólo desaparecieron dos porteadores más, según aparentaba por propia iniciativa. Otro cayó por un barranco del montañosos terreno.
Una noche, Michael Oldstone hacía guardia sentado a un par de metros de la hoguera. No era que fuera necesaria para combatir el frío, sino más bien para evitar que se acercaran las fieras. En realidad, el calor era asfixiante. Al jefe de la expedición se le pegaba la ropa empapada de sudor a la piel. Volvió a secarse, por enésima vez, el sudor de la frente, con el dorso de la mano al tiempo que apartaba el rubio flequillo de la cara. Escuchaba los misteriosos ruidos que lo rodeaban. Algún rugido a lo lejos, quizá incluso más frecuentes que durante el día, el griterío de algún mono aislado, tal vez víctima del felino rugidor, los ronquidos de algunos de los del grupo, un batir enigmático de alas, el crepitar del fuego. Se durmió sentado en una silla plegable, cogido a su rifle y con la cabeza apoyada en él, pero fue un sueño inquieto. Una quimera, producida seguramente por su exaltación nerviosa y por el insoportable calor, se adueñó de su cerebro. Soñó que una misteriosa y hermosa mujer morena de ojos verdes le hacía señas para que la siguiera, conduciéndolo a un cálido lugar oscurecido por las sombras. Allí se sentía en peligro, pero no quería irse. La mujer lo atrajo hacia sí hasta juntar sus labios en un excitante beso, y, entonces, un sonido poderoso, como un rugido, lo sobresaltó. Se despertó a tiempo para evitar que una tarántula le subiera por la pierna. La encontró encima de su bota, la apartó con la culata de su rifle y después descargó un fuerte golpe sobre ella aplastándola sin compasión.
Se levantó sediento y bebió de su cantimplora. ¿Acaso el sueño había sido un mensaje?, ¿quizá la araña era un desafío que le lanzaba su amada selva?, ¿una última amenaza de quien se siente a punto de claudicar ante su conquistador? Michael Oldstone miró hacia la negra espesura al tiempo que inspiraba una bocanada de aire. De nuevo ese perfume, que tenía clavado en su cerebro y hasta en su sangre, inundó su pituitaria. Era más intenso que nunca. Estaba seguro de tener el enigma de la selva al alcance de la mano. Lo deseaba. La dama, a pesar de su aparente desgana, estaba a punto de ceder ante la pasión de su enamorado. Así lo sentía él en ese momento. Ese olor no podía mentir. La dama estaba dispuesta. Pronto amanecería, era entonces o nunca.
Michael Oldstone cogió su equipo y se adentró en la selva. No le daba miedo la oscuridad, tenía la certeza de que la selva estaba a punto de entregarse. Seguro que lo haría mucho más fácilmente ahora que se encaraba solo con ella. Además, sus ojos, lejos de la hoguera, se acostumbraron a la parcial oscuridad de la reciente aurora, por lo menos lo suficiente como para no tropezar cada dos por tres. Caminó despacio, pero seguro, aguzando el oído, atento a cualquier percance que pudiera ocurrir a su alrededor. Sudaba copiosamente golpeando con su machete a diestra y siniestra para abrirse paso. Se sentía observado, vigilado, como si la selva tuviera ojos, miles de ojos clavados sobre él. Siguió adelante con los músculos tensos sin dudar ni un momento del éxito de su misión.
Pronto amaneció. Al poco rato escuchó un disparo y un gran revoloteo de alas. Seguramente en el campamento se habían dado cuenta de su desaparición y disparaba al aire para que él pudiera volver siguiendo el sonido si se había perdido. "Pobres ilusos", pensó, "sólo yo conquistaré el secreto de mi dama. Solamente se descubrirá ante mí".
La selva, poco a poco, recuperó su ritmo y sus sonidos habituales, chillidos de monos, cantos y vuelos de pájaros, insectos y reptiles pululando entre las plantas. Cada ser viviente intentando sobrevivir un día más, una hora más, quizá tan sólo un segundo más, cumpliendo con la inexorable ley natural, la ley de la selva, que reinaba sobre todos ellos inflexible. Michael Oldstone disfrutaba de su encuentro en solitario con el objeto de su pasión. Por fin se había librado de la cháchara inacabable del profesor Mackenzie, de los ayudantes, que continuamente incitaban al viejo arqueólogo a contar sus experiencias, de los aprensivos porteadores. Ahora sólo estaban la selva y él, y nadie que pudiera entrometerse en su amoroso encuentro.
Pasaron quizá diez minutos cuando sonó un nuevo disparo un poco más lejos que el anterior. El arqueólogo no quería volver al campamento, convencido de que el deseo de la jungla era mostrarle su secreto únicamente a él. Caminó sin tregua en sentido contrario a la dirección desde donde sonó el disparo, más hacia el sureste. Le pareció oír un ruido de agua, como si se hallara cerca de algún río. Tuvo una corazonada y continuó caminando sin apartarse del sonido acuático. Anduvo quizá una hora, tal vez un poco más, hasta que se topó con un muro de piedra esculpido. Por fin, había encontrado la ciudad perdida del príncipe Vashimudra, Rajashnipur. Por fin la selva se entregó y permitió descubrir su misterio. El profesor Oldstone sonrió feliz.
El muro era de arenisca rosada, adornado con una serie de figuras humanas en diferentes actitudes. Caminó en paralelo al muro hasta encontrar una abertura por la que penetró en el interior. La ciudad se extendía ante él literalmente devorada por la vegetación. Aún así era hermosa. El profesor Oldstone confirmó que se trataba de una ciudad rajput del siglo IX o X por los abundantes templos que se podían contemplar desde su posición, todos con sus altas torres donde, según la tradición, habitaban los dioses, esmeradamente esculpidas con motivos eróticos.
Michel Oldstone caminó por la ciudad. Algunas veces usaba el machete para abrirse paso entre la espesa vegetación que se había adueñado de ella. Se distrajo contemplando una maravilla tras otra. Se rió eufórico y un grupo de pequeños monos escapó brincando de uno de los edificios próximos.
De pronto, un enorme tigre apareció de entre las sombras desafiándolo con soberbia actitud. Olisqueó el aire y después rugió con fiereza. Michael Oldstone hizo acopio de toda su sangre fría. Se quedó quieto, como uno más de los árboles de la selva. El tigre se acercaba despacio, mostrando su poderosa dentadura cada vez que rugía. El arqueólogo se agachó muy despacio para dejar caer el machete en el suelo y descargó el rifle de su hombro, siempre con lentitud. Apuntó al tigre, que se acercaba peligrosamente, cada vez más rápido. Tiró del percutor, apretó el gatillo, y del arma no salió nada, sólo un sonido seco, como el chasquido de una rama. El rifle se había encasquillado, pero Michael Oldstone ni siquiera tuvo tiempo de pensar en eso. El felino se abalanzó sobre él haciéndolo caer hacia atrás. Se debatieron en una dura lucha en la que el arqueólogo intentaba sujetar la cabeza del animal para que no le clavara sus enormes colmillos, pero con cada nuevo zarpazo de la fiera, notaba que las fuerzas le abandonaban. La selva era peligrosa. Le daba lo que él quería, pero a cambio le exigía la vida. Era inútil rebelarse contra la fuerza del enorme tigre, después de todo, quizá él fuera el verdadero amo y señor de la jungla. Michael Oldstone vio su propia sangre escapando de su costado a borbotones al tiempo que dejaba de luchar. Quiso conquistar la selva, pero al final ella, indómita, había ganado. A pesar de todo, el arqueólogo murió feliz. La jungla le había mostrado su secreto, y con su muerte alcanzaría su deseo más velado, fundirse con ella. Sintió el aliento del tigre en la cara antes de que le clavara sus fauces en el cuello. Supo que era el aliento de la muerte, mientras su sangre su unía para siempre a la fecunda selva.


Publicado en "De la vida y otros viajes", Ediciones Atlantis, 2009.

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