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martes, 6 de julio de 2010

El observador


Marcelo subió al tren y se sentó delante de la primera mujer que le llamó la atención. La saludó cortesmente. Estaba entradita en carnes, como a él le gustaban. Tenía el pelo rubio y llevaba una falda negra, larga y estrecha, y un jersey rojo con los hombros descubiertos altamente sugestivo. Poseía un aspecto sensual y algo bohemio. Marcelo sacó un libro y empezó a leer. Le gustaba hacerlo cuando viajaba, pero eso no era óbice para que no pudiera entretenerse de vez en cuando y observar el paisaje humano. Y si le gustaba tanto como el que tenía delante, mejor.
Intentó leer al principio con atención, pero sus ojos se escapaban una y otra vez hacia la rubia de delante; sus labios pintados, la curva de su cuello, sus hombros desnudos. Ahora ella miraba con ojos soñadores por la ventana, a veces sonreía un poco. "Quién pudiera ocupar sus pensamientos", pensó Marcelo. La mujer se sentaba con la espalda recta, como una reina; una pierna cruzada sobre la otra y las manos apoyadas sobre la rodilla. Parecía nerviosa, la punta del pie no paraba quieta. Recordó que Lucía, su compañera de trabajo, tenía unos zapatos muy semejantes. Sin embargo, las dos mujeres no se parecían en nada.
Marcelo, envuelto por el ruido metálico y monótono, del paso del tren sobre los raíles y por alguna que otra conversación ajena, miró también por la ventana. Acababan de dejar atrás el polígono industrial de la ciudad y sólo se veían campos de frutales en flor, huertos, alguna pequeña masía. La primavera se presentaba esplendorosa.
Intentó leer por enésima vez el mismo párrafo, pero no podía dejar de mirar disimuladamente a la mujer rubia. Hacía tiempo que no encontraba a una mujer tan femenina. Ahora se aprestaba a retocarse los labios, con una coquetería que sólo había visto en las películas. Con una de sus delicadas manos, de largas uñas pintadas de color fucsia, sujetaba un pequeño espejo y con la otra iniciaba un lento movimiento, la barra de labios rozaba esa boca carnosa, suave y brillante. Se quedó mirando como atontado. Jadeaba levemente con la boca entreabierta. Se había excitado.
De pronto, sonó una musiquilla apagada. La rubia cerró el pintalabios, revolvió en el bolso y sacó su móvil. Leyó un mensaje. En su cara se dibujó una furiosa contrariedad. Se puso a teclear y después miró un momento por la ventana, pero su expresión era muy diferente a la de antes de que sonara el móvil. Las lágrimas se le agolpaban en los ojos y empezaban a resbalarle por las mejillas. Estaba claro que había recibido malas noticias. Sin apartar los ojos de la ventana, lloraba con disimulo y su boca dibujaba una mueca extraña. Se secaba los ojos con los dedos intentando no estropear el maquillaje sin conseguirlo.
Marcelo, conmovido por la reacción de la mujer, le ofreció su pañuelo para que se secara al tiempo que le preguntaba:
-Perdona, ¿te encuentras mal?
Magdalena movió afirmativamente la cabeza, y cogió el pañuelo musitando un "gracias" apenas audible.
-¿Quieres hablar de ello?- Ella negó con la cabeza, aún mirando a través de la ventana. Él se levantó de su asiento y se sentó al lado de la mujer. -¿Puedo sentarme a tu lado? - No le dejó elección. En realidad, Marcelo no solía actuar así. En otras circunstancias no hubiera intervenido, se habria limitado a hacer lo de siempre, observar, pero no soportaba ver llorar a una mujer. Pensó, sinceramente enternecido, que no era bueno encontrarse tan solo como estaba la rubia en una situación así.
-¿Por qué los hombres sois tan cobardes... tan imbéciles... tan estúpidos... tan...?- soltó la mujer de repente.
-¡Eh, eh, eh!, ¡ya vale!, ¿no?
-Perdona -dijo ella, al tiempo que se secaba las lágrimas con el pañuelo. -Te lo ensuciaré con el rimel.
-¿Qué?
-El pañuelo, que te lo voy a ensuciar.
-¡Ah!, es igual... Así que no quieres hablar.
-Yo no hablo de mis cosas con extraños.
-Si te molesta que lo seamos, podemos presentarnos. Me llamo Marcelo, ¿y tú?
La mujer dudó unos instantes, pero al final contestó.
-Yo, Magdalena.
-Encantado- replicó Marcelo cogiendo una de las manos de ella y besándosela con suavidad. Después, dejó que las suyas envolvieran la de la mujer durante un rato, como si quisiera darle abrigo.
Estuvieron un momento sin hablar, con las manos entrelazadas. Magdalena seguía secándose las lágrimas, que se precipitaban por sus mejillas en una loca carrera suicida. Marcelo observaba a veces el paisaje que pasaba veloz por la ventanilla. Otras veces, de reojo, miraba el canalillo que asomaba por el escote de la mujer, su suave y blanca piel, un lunar justo donde empezaba el peligroso abismo. Sentado al lado de ella, podía percibir su fresco y a la vez voluptuoso perfume.
-¿Me dejas pasar? Voy un momento al servicio- le dijo ella antes de levantarse.
-Claro-. Luego se alegró, pero aunque su voz no lo tradujo, al principio Marcelo se sintió algo contrariado por perder un punto de observación tan interesante. Después, al alejarse Magdalena caminando por el pasillo, no pudo evitar mirarla con deseo. Era como si el diablo le moviera la cadera. El hombre sonrió sorprendido de su propia reacción. Nunca se había sentido tan excitado por alguien que llorara tanto como ella.
Magdalena entró en el servicio. Se miró en el espejo y se vio horrible con los ojos enrojecidos y el rimel algo corrido. Se mojó la cara para refrescársela, también los ojos, pero con más cuidado, no quería que se le corriera el rimel del todo. Después, al secarse, también tuvo especial cuidado con esa zona. Intentó arreglar un poco los desperfectos. Finalmente, se dio un toque de colorete en las mejillas. Sus ojos continuaban enrojecidos.
Mientras mecánicamente realizaba todos estos actos, Magdalena se entretuvo pensando en Marcelo. Seguro que no tendría más de cuarenta años. Era amable, simpático y olía muy bien. Y el detalle del beso en la mano fue muy tierno. Además, se moría de ganas de hablar de lo que le había pasado. Pensó que hacerlo con un extraño quizá no fuera tan malo puesto que no importaba tanto el juicio que de ella pudiera hacerse. Salió del servicio y se encaminó hacia su asiento. Allí estaba ese hombre, con barba de tres días, gafas y un arito en la oreja, mirando por la ventana con el libro abierto entre las manos.
-¿Qué lees?- preguntó al llegar.
-Bueno, más bien intento leer. Me gusta mucho, pero hoy no me concentro.
-A mí también me gusta mucho leer, pero hoy estaba demasiado nerviosa y pensé eso, que no podría concentrarme. Después de todo, una no conoce todos los días a un amante- dijo ella tan de sopetón que a Marcelo lo cogió desprevenido.
-¿Cómo?
Magdalena se lo contó todo. Hacía unos meses, había conocido a un hombre, casado como ella, a través de internet. Empezaron diciéndose futilidades algo subidas de tono, que poco a poco fueron derivando hacia conversaciones por un lado más serias, hablando de sus parejas, de sus familias y de sus problemas, y por otro, altamente lúbricas. Se convirtieron en amantes cibernéticos. Magdalena encontraba en ese hombre toda la pasión que su marido olvidó en el camino. Se enviaron fotos, practicaron sexo telefónico, se enamoraron. Sin embargo, tuvieron claro desde el principio que no dejarían a sus parejas para vivir juntos puesto que su amor era una locura y querían que siguiera siendo así. La pasión prohibida y secreta les resultaba mucho más intensa. Ya estaban hartos de vivir el amor apagado que les ofrecían sus parejas. No quisieron arriesgarse a que la historia se repitiera entre ellos. Por fin, decidieron encontrarse en Barcelona. Ella, que era agente inmobiliaria, puso ante su marido la excusa de una convención. Hizo la maleta, impaciente por encontrarse con su amante, loca por estar de verdad entre sus brazos, no sólo a través de sueños etéreos y vacios. Pero ya en el tren, recibió un mensaje de él en el que decía que no iba a reunirse con ella, que el asunto se les estaba escapando de las manos y que su familia no lo merecía. Ella no daba crédito a lo que estaba leyendo. Pensó en llamarle. Finalmente le mandó otro mensaje, no quiso discutir con él delante de extraños. "No me hagas esto. Yo ya voy en el tren hacia Barcelona. Necesito verte", escribió, pero no recibió respuesta. Se puso a llorar intentando disimular, riéndose, al mismo tiempo, de su propia estupidez. Pensó en todo lo que había hecho por él y se sintió ridícula, despechada, profundamente humillada.
-Él decía que yo era su diosa... ¡ja!, vaya diosa de pacotilla que estoy hecha, que no consigo que mi amante quiera conocerme de verdad.
-No sé si todos los hombres somos estúpidos, pero sinceramente, creo que él no sabe lo que hace. Si te hubiera visto en persona como yo, estoy seguro de que no hubiera dudado ni un segundo y se hubiera presentado, aunque tuviera que hacer el camino de rodillas.
-Eres un cielo, pero... un poco exagerado. - Por fin Magdalena reía abiertamente. Hablaron largo y tendido. Él se sintió cada vez más fascinado; ella, cada vez menos sola. El tiempo les pasó volando hasta llegar a la Ciudad Condal. Al prepararse para bajar del tren, se dieron cuenta de que llevaban idénticas maletas. Comentaron la casualidad mientras se detenía el vagón. Ya en la estación, a ella se le cayó el bolso abierto, y parte de su contenido se desparramó por el suelo. Él la ayudó a recogerlo. Magdalena se sonrojó cuando el hombre le entregó unas llaves y un tubo de lubricante. Marcelo, sin querer darle más importancia, le propuso compartir un taxi. Se sentía a gusto con esa mujer. Ella aceptó, el dolor menguaba en su compañía. Siguieron charlando amigablemente hasta llegar al hotel de la mujer. Allí se despidieron, primero con timidez, después Magdalena se decidió y besó en las mejillas a Marcelo al tiempo que le daba las gracias. La proximidad de ella, y de nuevo, su olor, le puso nervioso.
Él observó cómo caminaba hacia la entrada del hotel con su maleta en la mano. Realmente, se movía como una diosa. Estuvo tentado de llamarla y pedirle su número de teléfono, pero, finalmente, un extraño y ridículo pudor se lo impidió. Ya con el taxi en marcha, no paraba de pensar en ella. No alcanzaba a entender cómo esa mujer tenía que conformarse con un amante cibernético. Era imposible que no hubiera encontrado amantes a patadas a su alrededor. No era una preciosidad, eso era cierto, pero era muy atractiva y desde luego, al hablar tanto con ella, le pareció que tenía una gran personalidad. Además, era evidente que derramaba erotismo con cada uno de sus movimientos, y eso lo tradujo su cuerpo en una leve pero constante excitación sexual. Marcelo empezaba a creer que Magdalena acertaba al pensar que todos los hombres eran estúpidos. Una vez, Lucía le dijo lo mismo y también le dijo que nunca eran capaces de ver lo que tenían al lado. Quizá fuera cierto. Incluso él mismo se sentía un poco tonto por dejar escapar a una mujer como Magdalena. Estaba acostumbrado a ser un observador de la vida más que un participante y, en esta ocasión, sus reflejos tampoco hicieron nada para activar una respuesta adecuada a sus deseos.
Ya en su piso, después de sacar una cerveza de la nevera y echar un trago, se dispuso a deshacer la maleta. La encontró llena de ropa femenina. Aún sin pretenderlo, se había quedado con la de Magdalena.
Marcelo observó el contenido de la maleta. Había ropa de calle, pero a simple vista también vio un liguero, unos guantes largos negros y un tanga negro transparente, con florecitas fucsias, que cogió con la punta de un dedo, casi sin atreverse. Le sobrevino una fuerte erección. A un lado, entre la pared de la maleta y la ropa, asomaba una tira de algo parecido al cuero. La cogió y tiró despacio de ella. Para su sorpresa, aquella tira formaba parte de un látigo. Su imaginación bullía. No podía evitar imaginarse a la mujer rubia ataviada con todas aquellas prendas tan sugerentes y con el látigo en la mano. Eso fue demasiado. Salió de la habitación y entró en el baño. Se masturbó frenéticamente sin dejar de pensar en Magdalena hasta correrse.
Una vez ya más tranquilo, pensó que lo mejor era llamar al hotel para devolverle a la mujer su equipaje y recuperar de paso el suyo. Por otra parte, no sabía como se apellidaba ella. Quizá hubiera alguna identificación en la maleta. La cerró intentando dejarlo todo como estaba. Después miró los laterales y tuvo suerte. Encontró una tarjeta con el nombre completo de la mujer, su dirección y un número de teléfono fijo. Definitivamente, tendría que buscar el número del hotel en la guía telefónica.
Llamó después de encontrarlo. Mientras esperaba que contestaran, en su cabeza resonaban unas palabras de Magdalena. "Habría hecho cualquier cosa que me pidiera", le confesó refiriéndose a su amante. Se dijo a sí mismo que una mujer capaz de entregarse de esa manera y de llevar a cabo la clase de fantasías que él imaginaba, a la fuerza, tenía que ser muy especial. Quedó con Magdalena para cambiar los equipajes. De camino al hotel iba animándose para pedirle que cenara con él. Sabía que le costaría, pero ella valía la pena.
Al verla de nuevo, la encontró preciosa, incluso más que antes. Su cara desprendía una luz especial. Marcelo vaciló un poco y suspiró antes de atreverse a pronunciar las palabras. El corazón se le desbocaba por momentos. Estaba harto de observar sin actuar, no quería volver a sentirse como un imbécil.
-Magdalena... me preguntaba si... me preguntaba si te gustaría cenar conmigo.
Ella se quedó seria. Pareció titubear también antes de responder, pero finalmente lo hizo.
-Es que no puede ser. Mi amante me ha llamado hace un rato. Me ha dicho que lo ha pensado mejor, que no puede vivir sin mí, y que va a venir esta noche. -Una sonrisa resplandeciente volvía a alumbrar su cara llenando de oscuridad y desazón el corazón de Marcelo. Luego, al notar la pesadumbre de él, añadió, ya más seria-. ¿Sabes qué voy a hacer?, voy a darte mi número de móvil para que me llames cuando quieras. Bueno, preferiblemente en horario diurno. Ya sabes, mi marido. Has sido muy bueno conmigo, y me gustaría contar con tu amistad.
-Tendrás que apuntármelo en un papel, me he dejado el móvil en casa. Soy muy despistado- afirmó él después de buscar en sus bolsillos. Ella le apuntó el número y después se despidieron-. Me alegro de que tu amante haya cambiado de idea.
-Gracias.
No, no se alegraba. Para una vez que se decidía a actuar, le salía el tiro por la culata. Eso era ser muy desgraciado. Cuando llegó a la calle, tiró el papel con el número a una papelera, completamente descorazonado. Al abrir su cartera para buscarlo, otro papelito voló hasta el suelo. Después de tirar el primero, recogió el que tenía a sus pies y se alejó caminando despacio, con su maleta en la mano. Era el teléfono de Lucía. Aunque lo guardó en el móvil, lo había vuelto a meter en la cartera distraídamente. Lucía no parecía tan sensual como Magdalena, pero tenía unos ojos grandes y expresivos, una nariz muy graciosa y parecía muy vital. Recordó una de sus expresiones favoritas: "Si no se lucha, nunca se ganan batallas". ¿Acaso él era su batalla particular? Su número de teléfono así lo hacía pensar. La llamaría. Una chica luchadora como ella se merecía ganar una batalla. De repente, dio media vuelta y volvió a la papelera. Por suerte, estaba casi vacía. Buscó el papel con el número de Magdalena. Llamaría a Lucía y le pediría una cita, pero algún día, quizá la semana próxima, también llamaría a Magdalena. "Después de todo, si no se lucha, nunca se ganan batallas", pensó.

Publicado en "De la vida y otros viajes", Ediciones Atlantis, 2009.

13 comentarios:

juan dijo...

muy bueno, me encanta tu prosa e imaginación. Ahora marco una cruz en sorprendente

besos

panterablanca dijo...

Gracias por tus amables palabras. De todas formas, esto que narro pasa mucho más a menudo de lo que se cree, no de forma exacta, pero sí con diferentes variaciones.

Muchos besos.

LOLI dijo...

Guauuuuuuu,ha estado genial,hasta le has devuelto a Magdalena la sonrisa,menos mal porque me estaba cabreando con el tipo,si soy yo le dejo plantado y me voy con Marcelo¡¡por idiota!!!

UN BESAZO ;)

panterablanca dijo...

Pues me aleggro de que te haya gustado. Disfrútalo porque no suelo acabar mis relatos con finales felices :-)))
Besotes gordos.

ATB dijo...

Buenísimo Pantera. La historia me ha absorbido de principio a fin.

Y me ha recordado muchísimo a una historia propia, aunque fue en un autobús y con una morena que leía "Caballo de Troya" de JJ Benítez.

Ya ha llovido :-(

Esta Pantera me ha gustado de veras :-)

Un beso.

moderato_Dos_josef dijo...

Excelente relato! Con un final abierto y sorprendente.
Escribes genial pantera.
Besos y abrazos, siempre.

panterablanca dijo...

Muchas gracias a los dos, ATB y MODERATO por vuestras amables palabras. Para mí es todo un honor que os guste esta historia. Sois unos soletes :-)

Besos gordos para los dos.

jordi dijo...

Me has dejado pensativo gatita..!
Creo que la realidad , supera por mucho estás cosas..sabes ? tienes razón.
La historia me ha enganchado , El final perfecto..
besos...

Bellaluna dijo...

No hay más batallas perdidas que las que se abandonan...

Beso!

L.

panterablanca dijo...

JORDI y BELLALUNA, muchas gracias por vuestro comentario. Desde luego, la vida está llena de historias así, batallas de la vida que si se abandonana están perdidas de antemano, y si no se abandonan, no sabemos si se ganan o se pierden hasta el final. Aunque algunas veces, perdiendo también ganamos algo.
Perdonadme mis filosofadas, jijijiji!!
Muchos besos a los dos.

Castigador dijo...

Me ha encantado este blog. Te he conocido por casualidad a través de otro blog y me alegro de haber curioseado hasta encontarte. Un placer saber de tu existencia, de lo lindo de tu manera de ver y sentir, a través de tus palabras.
Te sigo, gracias.

panterablanca dijo...

Eres muy amable. Gracias por tu comentario :-)

Besos amistosos.

@Linyera108 dijo...

Buenisimo Panther, me encantó...

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