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miércoles, 11 de agosto de 2010

La llamada


Mohamed se despidió mentalmente del desierto que empezaba a dejar a sus espaldas. Para él esa inmensidad dorada lo era todo: su hogar, su luz, su paz. Nunca lo había abandonado. Pero una vez, escuchó a un tío suyo hablar del mar, y hacía poco, un viajero que les acompañó en una ruta por el desierto también le había hablado de ese gran espacio líquido, azul, gris o verde, según el color del cielo o la profundidad de sus aguas.
Quiso conocerlo con sus propios ojos puesto que no creía que pudiera haber nada tan grande como el desierto o el cielo. Así fue como después de pedir permiso a su padre, hacer unos cuantos preparativos y despedirse de su familia, siguió el camino que le aconsejó su tío.
Notó que las noches eran más frías y duras que cuando avanzaba junto a su tribu, pero observó las estrellas titilantes y pensó que no era posible contemplar tal belleza en ningún otro lugar. Durante el día, las doradas dunas se levantaban ante él amenazantes. Le pareció oír el latido del mundo, y sintió respirar al desierto, suavemente casi siempre, furioso durante una tormenta de arena. No tenía miedo, porque la curiosidad le prestaba coraje a su corazón.
A veces, el viento susurraba su nombre en sus oídos, como si alguien lo llamara misteriosamente desde otras latitudes: "Mohamed... Mohamed...". Era casi como un dulce canto.
Los días se sucedieron entre las abrasadoras arenas, que le enseñaban que él sólo era una pequeña parte de la creación, apenas más valioso que un pequeño grano de arena, hasta que al fin llegó a una ciudad.
Cruzó todo el desierto sólo, pero no se encontró menos sólo en la urbe a pesar de toda la gente y todo el alboroto que no le dejaba oír el latido del mundo. Tampoco las estrellas le parecieron tan hermosas. La gente le miraba sin disimulo, y algunos se reían de su ropa azul de tuareg y de unas costumbres y unas supersticiones que le suponían. Pero él no desistió de su empeño, siguió su camino por otras localidades hasta que al final llegó a una ciudad portuaria. El mar, que se divisaba desde el puerto, no le pareció nada importante. Casi se desanimó pensando que se había arriesgado a cruzar el desierto en solitario por algo que no valía la pena, pero indagó acerca del objeto de su curiosidad, y todos los que le contestaron le dijeron lo mismo que su tío y el viajero que le habló del mar. Llegó a la conclusión de que ya que estaba allí, no perdía nada con seguir investigando.
Mohamed era listo y, a pesar de su juventud, vendió su dromedario a buen precio. Después, consiguió trabajo en un barco pesquero y se hizo a la mar con la curiosidad siempre alerta. Al salir del puerto, de pie en la proa del barco, sus ojos se perdieron en la línea que divide los azules, el inalcanzable horizonte. En su pecho sintió la emoción del momento, porque ahora él también sabía que el mar era hermoso, inmenso, y al igual que el desierto, respiraba. "Mohamed... Mohamed, ven...", parecían cantar las olas.
Faenó con los pescadores sacando brillantes sardinas del agua, pulpos, merluzas y toda clase de peces que el muchacho nunca había visto ni probado. Incluso una vez, al izar la red, hallaron enganchado entre sus hilos un precioso pez espada que lo dejó atónito. Por las noches, sus compañeros explicaban historias de barcos fantasmas, marinos malditos, sirenas y piratas, y a Mohamed esas historias le fascinaban. Alguno decía no creer en esas leyendas, sin embargo, la mayoría no dudaba de su existencia. El trabajo era duro, pero todo era nuevo, extraño, maravilloso y él aprendía deprisa. Bueno, no todo era tan diferente. Allí podía oír de nuevo el latido del mundo, las estrellas se veían igual de hermosas que en el desierto, había tantas gotas de agua en el mar como granos de arena en el lugar del que procedía y, a veces, el misterioso canto que parecía ascender de las olas pronunciaba su nombre como ya lo había hecho antes el viento en el desierto. Amaba esa inmensidad azul y todos sus secretos.
Un día, una tormenta los alcanzó mientras faenaban muy lejos de la costa. El cielo se oscureció de repente y las olas se embravecieron tanto, que a veces semejaban paredes de varios metros de altura. La ropa de Mohamed, y la de todos sus compañeros, se empapó rápidamente. Las olas parecían amenazantes dunas grises, y el joven tuareg, aferrándose al palo mayor, se sintió pequeño, apenas más importante que una gota de agua. La tormenta no cesaba y caía sobre ellos inclemente, dejando el barco sin control y medio destrozado. El capitán ladraba órdenes casi sin sentido ante la fuerza inmisericorde de la naturaleza, hasta que en medio de la confusión, un golpe de agua arrastró a Mohamed y a dos de sus compañeros por la cubierta y los echó al mar.
A Mohamed le pareció oír voces. Lanzaron el salvavidas a poca distancia de él, pero no alcanzó a cogerlo y se hundió. Un canto ya conocido llegó hasta sus oídos. Arriba quedaba la feroz lucha por sobrevivir, pero bajo el mar se sintió tranquilo, seguro. Alguien le llamaba con voz dulce por su nombre. Alguien con el cuerpo mitad mujer, mitad pez, de quien el viento y las olas ya le habían traído el mensaje. Era una hermosa sirena de largos cabellos, adornada con estrellas de mar y collares de nácar, que sin conocerlo, vio su imagen en un espejo mágico y se enamoró de él. Lo miró sonriendo feliz y después, cogiéndolo de las manos, lo arrastró hacia el fondo para mostrarle su reino. Mohamed nunca regresó al desierto. Se quedó a vivir para siempre bajo el mar que tanto amaba.


Publicado en "De la vida y otros viajes", Ediciones Atlantis, 2009.

© Assumpta Solsona Cabiscol. Todos los derechos reservados.


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