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martes, 14 de septiembre de 2010

El lavadero


Penélope tendía la ropa en el lavadero. Estaba haciendo un día de perros. La lluvia limpiaba el cielo de Madrid desde dos días antes, y la temperatura había bajado considerablemente. Una atmósfera triste y melancólica, como si el mundo llorara la muerte de algo o alguien, confirmaba el avance del otoño. Atrás quedaban los calores del verano, toda su alegría, su brillo, su sensualidad, y también habían quedado definitivamente atrás las primeras hojas amarillas y rojizas para dar paso a los tonos ocres y más oscuros.
Entre dos paredes del estrecho lavadero, Ulises, el marido de Penélope, había colocado unas cuerdas en previsión de días como el que estaban sufriendo, para así poder tender la ropa mojada en caso de necesidad. Hacía un momento que él había llegado del trabajo, cansado como siempre, y, después de conectar el televisor, se sentó en el sofá. Cuando Penélope salió a tender ropa, estaba absorto mirando uno de esos programas que siempre decía que no le gustaban cuando ella pretendía verlos. Le dio rabia comprobarlo. Era como si él se empeñara en mortificarla. De todas maneras, no dijo nada. Estaba harta ya de tanto discutir. Cuando Ulises asomó la cabeza y le dijo que salía un momento a comprar tabaco, sólo le replicó que no se entretuviese a pesar de que sabía que él haría lo que le pareciera. La última vez que le dijo lo mismo, tardó dos horas en volver y cuando le preguntó dónde se había metido, le contestó que en el bar había encontrado a un amigo del trabajo y que estuvieron charlando.
Ulises había cerrado la puerta del lavadero al irse y, después de tender unos vaqueros, Penélope recordó que el picaporte estaba roto y que la puerta no podía abrirse desde dentro. Estaba prisionera y no habría manera de salir hasta que volviera su marido y la sacara de ahí. Se enfadó con él, puesto que sabía el problema de la puerta, ¿cómo no había pensado en ello? Avisaron al carpintero, pero éste nunca tenía prisa para hacer pequeños arreglillos. A saber cuándo vendría.
Penélope acabó de tender la ropa y después se apoyó contra la lavadora. Rogó interiormente para que Ulises volviera pronto. Miró la estantería con los polvos de lavar la ropa, la lejía, el suavizante y demás. Pronto tendría que comprar más detergente. Los trastos con los que a veces Ulises se dedicaba a hacer pequeños remiendos por la casa se encontraban en la estantería de encima. No es que fuera un gran aficionado al bricolaje, pero si se tenía que clavar algún clavo, o dar alguna manita de pintura, lo hacía. Siguió dirigiendo la mirada a todos los rincones de la pequeña estancia. En una esquina del techo, una araña estaba ocupada reparando su tela. Se fijó también en unas manchas del suelo, delante de la lavadora. Conjeturó con la posibilidad de que fueran del suavizante, que se le cayó el día anterior al introducirlo en el cajetín de la máquina. Tendría que fregar esa habitación.
Penélope suspiró completamente aburrida. No habrían pasado ni cinco minutos y ya estaba cansada de esperar. Cogió un cubo de un rincón junto a la estantería, lo volvió del revés y se sentó encima, con la espalda contra la lavadora. Apoyó su codo en el muslo, y su cabeza, en la mano. Si lo pensaba con calma era cómico lo que le estaba pasando. Se rió, pero al cabo de diez minutos más, su risa se había convertido en desesperación. ¿Qué hacía encerrada en el lavadero con todo el montón de trabajo que tenía?, ¿es que acaso Ulises pensaba tardar mucho más?, ¿cómo iba a preparar la cena? Se sintió angustiada, y un sollozo se le escapó de la garganta, pero decidió no dejarse llevar por la emoción. Respiró profunda y lentamente un par de veces e intentó calmarse. Sólo se oían las gotas de lluvia cayendo en la terraza y el suave murmullo del tráfico en la calle. La quietud y esa dulce melodía la rodeaban. Al estar medio ovillada encima del cubo, un agradable calorcillo se extendió por su cuerpo y se quedó dormida.
Cuando despertó no sabía cuánto tiempo había pasado, podían ser segundos o quizá varios minutos. Estaba incómoda. Sintió dolor en las rodillas y el trasero. Se puso de pie, apartó el cubo y caminó. Tres pasos a la derecha y se daba contra la pared, cuatro pasos a la izquierda, y de bruces contra la ropa tendida. Repitió el corto recorrido varias veces y eso la desentumeció, pero al mismo tiempo volvió a desesperarse. Parecía que estuviera encerrada en un zulo, realmente era angustioso. Se volvió a quedar quieta, con los brazos cruzados sobre el pecho y apoyada contra la lavadora. Hacía un buen rato que había anochecido y empezaba a sentir frío. Al otro lado de la pared, en casa de los vecinos, el silencio era absoluto.
Volvió a sentarse encima del cubo. Rememoró cuando, hacía casi cuatro años y medio , se casó con Ulises. Desde luego, esos tiempos eran mucho más dichosos. Cuando él la miraba parecía que miles de estrellas se escaparan de sus ojos. Y sus besos... nadie nunca la había besado de un modo tan dulce. ¿Adónde habían ido esos besos de miel?, ¿cuándo fue que las estrellas fueron sustituídas por los reproches? Penélope no lo sabía. Ocupada en vivir, no había reparado en esos detalles, y no era un asunto insignificante. Se puso triste. Con la cabeza sujeta entre las dos manos, se le escaparon un par de lágrimas. Él había dejado atrás un trabajo que le gustaba, sólo porque ella le pidió que aceptara el empleo mejor remunerado que le ofrecían en una ciudad extraña, lejos de los suyos. Ella misma también se había sentido muy sola allí. Desde luego, no podía decir que siempre tuviera la culpa él de sus desencuentros. Quizá debiera hacerle más caso del que le hacía. Ulises siempre se quejaba de que nunca le apetecía hacer el amor. Tal vez si él la acariciara mejor...
Sintió el olor a humedad de la ropa mojada y se estremeció. No llevaba reloj, no sabía la hora que era. Tenía frío. Se frotó los brazos y los muslos. Caminó un rato, cuatro pasos a un lado, cuatro al otro. Se sentía como una fiera enjaulada. No podía ser que Ulises tardase mucho más. Seguro que, de nuevo, estaría hablando con alguien en el bar. Desde luego, si llegaba tarde como la otra vez, lo mataría. Después de todo, ¿qué coño hacía en el bar a la hora de cenar?, ¿no tenía suficiente con ir, comprar el tabaco y volver? ¿Y si no estaba en el bar?, ¿y si se la estaba pegando con alguna pelandusca?... No, Ulises no era así. No debía pensar en eso. Seguro que no tardaría en llegar y la rescataría... seguro.


***

Ulises abrió el paraguas al salir a la calle. Tardó cinco minutos en llegar al bar de la esquina. Saludó al dueño y le pidió una cerveza, un bocadillo de jamón y un cortado. Después, bajando la voz, le pidió "lo que él ya sabía". El dueño del bar le acercó disimuladamente un paquete de tabaco. En teoría, no podía venderlo, pero los clientes habituales seguían comprándole y él se lo seguía proporcionando, aunque luego no pudieran fumar dentro del local.
Ulises se sentó en una mesa cerca de la cristalera de la calle y esperó a que le trajeran lo que había pedido. Esa noche no quería conversación. Estaba cansado, apático. Había sido un día duro en la oficina, y luego, sólo faltó llegar a casa y ver la cara de mala leche de su mujer. Se fijó en una pareja que estaba sentada en un rincón del bar, comiéndose a besos. Se sintió levemente excitado. Giró la cabeza y miró la calle a través del cristal, los coches que pasaban con las luces encendidas, la gente con paraguas y prisa, la lluvia, que no cesaba, mojando hasta su alma.
El camarero le trajo la cerveza, el bocadillo y el cortado. Comió y bebió con parsimonia, absorto en sus propios pensamientos. De vez en cuando, lanzaba miradas furtivas a la pareja del rincón. A ratos se susurraban palabras que, por la expresión de sus caras, sólo podían ser de amor mientras hacían manitas. Otras veces se decantaban más por los largos besos antropófagos, que a Ulises en parte le excitaban y en parte le dolían. Pensaba en Penélope. No recordaba cuánto tiempo hacía que no se besaban como la pareja del rincón.
Acabó de comer, dejó la cerveza a medias y se bebió el cortado. Se levantó y pagó. Antes de salir a la calle, sacó un cigarrillo y lo encendió. La persistencia de la lluvia le obligó a abrir el paraguas de nuevo. No tenía prisa. Por primera vez en nueve días se sentía dueño de su tiempo. Caminó despacio, apurando su cigarrillo. Antes de entrar en la primera boca de metro que encontró, lo tiró al suelo ya casi consumido.
Siempre le había gustado el mar. En verano, durante las vacaciones, era el hombre más feliz del mundo. Sobre todo porque, aunque cobrara más dinero, se alejaba de un puesto de trabajo que aborrecía, pero también porque iban a la playa y a él le encantaba. No sabía porqué. En invierno se complacía en recordar el olor del mar, su brisa, su color azul, su inmensidad, el rumor de las olas. Esperaba ansioso la llegada de algún puente para volver allí, aunque no pudiera bañarse.
Llegó a la estación de Atocha, no se lo pensó dos veces y compró un billete hacia Valencia. Faltaba más de una hora para que saliera el tren. Se sentó en un banco de la estación. Valencia sería su primera parada, y luego ya vería, quizá alguna isla, pero desde luego, no pensaba alejarse del Mediterráneo. Le daba lo mismo su trabajo, su familia, su mujer, todo. Necesitaba alejarse y dejarlo todo atrás, empezar de nuevo. Necesitaba una nueva vida donde el mar marcara el ritmo de su corazón, donde siempre brillara el sol, donde el aire fuera puro. Nueve días antes también quiso coger un tren con destino al Mediterráneo. Llegó hasta la estación saboreando su nueva libertad, compró el billete y se sentó a esperar. Y en el último momento, después de casi dos horas, a punto de subir al tren, decidió darle una nueva oportunidad a su vida. Cuesta cambiar de vida, aunque la que se lleve no sea la que siempre se ha querido.
Había vuelto a su casa. Penélope estaba disgustada por su tardanza y él le dio una excusa tonta. Después de cenar, ya en la cama, quiso hacerle el amor. Había querido quitarle la venda de los ojos para que ella pudiera darse cuenta de que todavía la quería, para que sintiera lo maravilloso que podía ser el sexo. Primero Penélope se resistió, todavía le duraba el enfado. Después, ante la insistencia de Ulises, había cedido. Nada resultó como había planeado. Como siempre, la falta de entusiasmo de la mujer lo llenó de zozobra y dudas. Fue un acto triste y lamentable. Al final, ella fingió un orgasmo para acabar pronto y el placer de Ulises fue bien escaso. Como siempre.
Durante aquellos nueve días que habían pasado desde entonces, Ulises pudo constatar que se había equivocado al no marcharse, que la mediocridad y el aburrimiento de su vida no se merecían una nueva oportunidad y ahora, que por fin se había decidido, nada iba a hacerle desistir de sus intenciones. Esta vez no se echaría atrás en el último momento. Hubiese querido besar a su mujer al despedirse de ella, pero quizá hubiese sospechado algo. Sintió que el vientre le temblaba al cerrar la puerta del lavadero y dejar atrás a Penélope, pero... ¡No!, ¡un momento!, ¡el picaporte de la puerta del lavadero no funcionaba bien!, ¿cómo no se había acordado? Sin duda su mujer se habría quedado encerrada dentro y si él no volvía, ¿quién la sacaría de allí? Imaginó a Penélope prisionera horas y horas en la pequeña habitación, esperando a que él volviera hasta que, desesperada, comenzara a gritar por la ventana y alguien le hiciese caso; pero estaban en un séptimo piso y la ventana era realmente pequeña. Se imaginó su impotencia, su desesperación, su enfado, quizá su terror. Vislumbró que volvía a casa y la rescataba; después, su eterno reproche, su mala leche multiplicada por mil, no sin razón, pero... Sólo tenía que coger un tren y partir, dejar atrás todo eso. A un lado lo esperaba una vida triste y sin sentido, al otro, la libertad, la promesa de la vida deseada... Pero él no podía hacerle esa faena a Penélope, no podía. Se levantó del banco y, con cierto malestar, volvió a coger el metro que lo llevaría de nuevo a casa.


Publicado en "De la vida y otros viajes", Ediciones Atlantis, 2009.

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