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domingo, 17 de octubre de 2010

Fuego en el cuerpo


Cuando Luis la vio por primera vez, pensó que acababa de conocer a la mujer de su vida, por lo menos hasta que se le pasara el calentón que le había provocado. Ahí estaba ella, subida en la tarima, reina indiscutible del local, princesa volcánica de los sueños lúbricos de todos los hombres presentes. Ambientaba como bailarina la discoteca con sus insinuantes movimientos, junto a otros jóvenes contratados para ello. Lo hacía bien, pues ella sola hubiera sido capaz de poner la sala al rojo vivo. Poseía para ello un cuerpo de impresión, una larga y hermosa melena caoba, y unos ojos incendiarios capaces, si se lo proponía, de abrasar a todo el cuerpo de bomberos.
Luis la vio bajar de la tarima, y corrió detrás de ella, que no se quitaba los moscones de encima, a pesar del desdén con el que eran tratados. La adelantó, y como solía hacer siempre con todos, ella lo dejó atrás, sin ni siquiera mirarlo, con la sonrisa en la boca y con sus mejores artes de seducción listas para atacar.
No era un novato. Alardeaba porque podía, de tener éxito con las chicas. Esa vez, se dijo que no iba a ser diferente. A pesar de su juventud, hacía tiempo que dejó atrás lo que consideraba tonterías adolescentes del primer amor. Se convirtió en todo un depredador, por eso no estaba dispuesto a dejar escapar semejante pieza. Corrió de nuevo para adelantarla.
-¡Eh, tú no puedes dejarme así, nena!- le dijo con una deslumbrante sonrisa.
-Puedo hacer contigo lo que me dé la gana-. La chica se paró ante él, pero seguía sin hacerle caso. Sus ojos miraban hacia la barra, como si buscara a alguien.
-¿Tienes sed?, me gustaría invitarte a una copa.
-Yo siempre tengo sed-, le dijo ella con voz profunda. Lo miró de arriba abajo, para quedar su mirada clavada en sus ojos finalmente. En aquel mismo instante, Luis se sintió absorbido por el fuego que exhalaba esa mujer, que aceptó la copa ofrecida. En su corazón, mil tambores anunciaron la llegada de una pasión que podía matarlo, pero a la que no estaba dispuesto a renunciar.
Ella había percibido el olor del individuo que la detuvo y le gustó. Olía a mar, a tierra húmeda y a animal salvaje. Era un tipo de aspecto fuerte y sonrisa cegadora, un ejemplar interesante. Parecía muy seguro de sí mismo, y ella se alegró, porque hacía mucho tiempo que no encontraba un hombre que no se asustara ante su aparente frialdad o ante su pasión salvaje.
-Te mueves muy bien-, le dijo Luis, alzando la voz para que pudiera oírse entre el exceso de decibelios de la música, ya en la barra.
-Puedo moverme mejor… en otras circunstancias-. La chica le habló al oído, y su sugerente voz y el calor de su aliento en la piel hicieron que se estremeciera.
-¿Quieres bailar conmigo?- consiguió preguntar el muchacho después de beber un trago largo de su whisky con hielo.
-¿Lento?
-Sí, en la otra sala.
-Vale.
Bailaron muy juntos, midiendo cada uno la forma del cuerpo del otro. Se besaron temblando de deseo, sintiendo en sus entrañas el fuego que les consumía.
-Quiero sentir tu olor… quiero sentir tu sabor-, dijo ella en un arrebato, frotando su cara en el cuello de Luis-. Ven.
Lo llevó hasta los servicios. Antes de entrar en el de mujeres, comprobó que estaba vacío. El muchacho la miraba, perplejo ante una situación que nunca había vivido antes.
-¿Qué haces?
-Quiero follar contigo.
-Pues vamos a un reservado.
-No, quiero verte bien.
-Estás loca-, contestó Luis dejándose llevar.
Lo hicieron allí de pie, con urgencia. Se dejaban llevar por un deseo loco y voraz, por las ansias de sentir el palpitar del sexo del otro, por el anhelo de enloquecer con el placer que el cuerpo ajeno proporcionaba.
Justo al terminar, entraron dos chicas en los lavabos. Una lloraba porque su novio la había dejado, y su amiga intentaba consolarla. La bailarina y el muchacho se miraron sin saber qué hacer, esperaron cinco minutos encerrados en uno de los retretes en silencio, luego cinco minutos más. La chica seguía llorando inconsolable. La bailarina abrió la puerta con decisión y salió, saludando con descaro a las chicas, que habían creído que no había nadie. Luego, se quedaron estupefactas al ver aparecer también a Luis, muerto de vergüenza.
-Tengo que volver a bailar, pero si te esperas media hora…
-Vale, aquí te espero-, contestó él apoyándose en una de las barras de la sala.
-Si no te mueves de aquí, todo lo que voy a hacer ahora te lo dedico-, dijo la chica, y antes de perderse entre la gente le estampó en los labios un beso que dejó a Luis medio mareado. Fue un beso sin lengua, pero voraz como nadie le había besado nunca. Pensó que estaría loco si se movía de allí. Sus hormonas saltaban frenéticamente, en una fiesta constante desde que reparó en la chica. Así que encendió un cigarrillo y no se perdió detalle. Esa mujer le hacía sentir el hombre más deseado del mundo. Había pasado algo de vergüenza, pero se empalmaba cuando pensaba en lo que acababan de hacer. Aún más, ahora que esa muñeca le dedicaba con la mirada cada uno de sus sugerentes movimientos, subida en lo alto de sus botas de plataforma. Ella le había prometido más, y estaba loco por volver a poseerla.
Cuando la bailarina terminó con sus obligaciones profesionales, lo invitó a su casa. Los dos estaban ardiendo y no había tiempo que perder. Montaron en la moto de Luis, y al poco rato ya estaban casi arrancándose la ropa en el piso de ella, devorándose vivos sin tregua, como dos fieras hambrientas. Esa noche llegaron al delirio más absoluto, y se entregaron el uno al otro con un fuego como nunca pensó él que pudiera llegar a existir. Ése fue el primer día de una historia encendida, de avidez inconmensurable, de locura enfebrecida, de pasión sin límite.
El chico quiso hacerse el duro, y aunque se intercambiaron los números de teléfono, estaba tan seguro de haber complacido totalmente a esa hermosa mujer, que pensó que ella lo llamaría. Ignoraba que se había topado con la horma de su zapato. Ella era orgullosa, y percibió en las reacciones de él, que nunca nadie le había hecho sentir lo que ella en esa noche enloquecida en la que se encontraron. Sabía que él, tarde o temprano la llamaría. Si no la llamaba, tal vez fuera un cobarde, y en ese caso no merecía la pena perder el tiempo con él. No estaba dispuesta a admitir dudas o temores, sólo entrega absoluta.
El muchacho esperó media semana, luego una semana entera. Esa tigresa era realmente dura, pero a Luis no le importó. Se dijo que muchas mujeres en el mundo estarían encantadas de irse a la cama con él. Salió dispuesto a cazar otra vez, y encontró una nueva presa en una chica que prometía mucho. Sin embargo, a la hora de la verdad no daba la talla que Luis esperaba. La bailarina dejó el listón muy alto, y el chico percibió la sombra del aburrimiento. Esperó dos días más, pero al tercero la llamó, rendido ante su urgencia por devorarla de nuevo, por quemarse envuelto en su piel volcánica, por abrasarse en el magma de su sexo.
-Sí, dígame.
-Hola, soy Luis. Nos conocimos hace casi dos semanas en la discoteca donde trabajas, ¿te acuerdas de mí?
-No, no sé quien eres-, contestó ella distante.
-Bueno, es que no nos presentamos, pero te subiste en mi moto y te llevé a tu casa donde pasamos toda la noche, ¿te acuerdas?-. El chico recalcó el tiempo que habían pasado en su casa, con la esperanza de haberle dejado un buen recuerdo a esa belleza de ojos ardientes.
-Ah, sí, ¿qué quieres?
-Nada, que me gustaría volver a verte-. Luis fingió una seguridad que empezaba a abandonarle.
-Pues ya sabes donde trabajo. Ven y me verás.
-Ya, pero es que no me conformo sólo con verte. Yo quiero algo más.
-Bueno, primero ven y luego… ya veremos-, le contestó ella sin darle demasiadas esperanzas.
-Oye, todavía no sé tu nombre.
-Me llamo Candela.
Volvieron a reemprender la relación. Para Luis, Candela era una diosa que le provocaba sensaciones jamás vividas. El deseo inagotable de ella y el fuego de su piel, le originaban un delirio imposible de controlar. Se veían cada día y daban rienda suelta a sus deseos más prohibidos. En cualquier momento, en cualquier lugar, en cualquier situación. Siempre caminando por el filo de la navaja. La fantasía de Candela nunca se rendía, y su enorme apetito sexual jamás menguaba. Luis se sintió el amo del mundo, porque en ella encontró un tesoro que creía inexistente.
Pero todo exceso cansa. Una noche decidió quedarse en casa a ver un partido de fútbol, y no pasó nada. No sintió la urgencia que antes le hervía la sangre solamente de pensar en ella. Se dijo que sólo era un pequeño descanso que se tomaba, en una relación que le satisfacía plenamente, pero que le estaba resultando algo pesada. Al día siguiente reanudó sus visitas a Candela. Sin embargo, al cabo de quince días desapareció sin dar ninguna explicación, durante cuarenta y ocho horas. Ella lo llamó al móvil y le montó un número. Le dijo que era un cerdo y un hijo de puta, que qué se creía, que no la podía dejar tirada de esa manera, y que tuviera cuidado, porque le podía costar muy caro.
Cuando Luis volvió a aparecer por su casa, no estaba muy seguro de ser bien recibido. Ella lo abrazó llorando y le dijo que lo amaba con locura, y que por eso no podía estar ni un día sin él. De nuevo llegó la pasión sin mesura. Siempre al borde del paroxismo más absoluto, sin importarles nada más allá de sus propios cuerpos, sin importarles nada que no fuera el hambre devoradora que les quemaba las entrañas.
-Te he dado todo mi fuego-, le dijo Candela al terminar-, pero si me dejas, ese fuego te devorará.
-Estás loca.
-Sí, estoy loca por ti… y sabes que nadie puede darte el placer que yo te doy.
Al salir del piso de la bailarina, Luis se sintió ligeramente hastiado, pero no hizo demasiado caso. Al verla llorar, la culpabilidad golpeó en su corazón. Además, pensó que estaría loco si la dejaba, porque era cierta la última frase que ella le dijo. Aún así, en las siguientes semanas fue inevitable que el tedio acampara algunas veces en su ánimo. Ella era intensa, controladora, absorbente. Se sentía cada vez más agobiado, prisionero de una relación a la que le faltaba aire. Candela lo amenazaba, insegura ante su falta de entusiasmo.
-Si me dejas, el fuego que te doy te devorará.
Pero Luis se ahogaba sin remedio, y nada de lo que hacía Candela parecía devolverle el oxígeno a esa relación. Muchas veces ni siquiera hacían el amor, sólo se peleaban en una guerra sin cuartel. Ella le echaba en cara a él su falta de interés, y él le respondía que lo asfixiaba entre sus brazos. Y los gritos de sus discusiones poblaban el silencio de la noche, hasta que él cedía, cansado de las acusaciones de la mujer, y se marchaba dando un portazo.
Un día Luis ya no gritó. Le dijo a Candela que ya no podía más y que rompía la relación.
-Tú no puedes dejarme… soy lo mejor que te ha pasado en tu puta vida y no puedes dejarme… ¡si me dejas te arrepentirás!
-Adiós, Candela.
-Está bien, vete. Vete y déjame tirada como siempre… pero te lo advierto, te arrepentirás de esto… ¡te juro que te arrepentirás!
Luis se fue, cerrando la puerta a una relación realmente explosiva y peligrosa. Se sintió aliviado, convencido de haber recuperado su libertad. Salió a la calle. Al cabo de pocos metros descubrió una chica menuda de hermosos ojos soñadores, el cielo azul, las flores, la primavera en todo su esplendor. El mundo le pareció de repente, mucho más hermoso de lo que recordaba. Suspiró y sonrió feliz. Por fin estaba en paz consigo mismo.
Pasados tres días, desmontó el carburador de la moto en el pequeño jardín de su casa para limpiarlo. A Luis le encantaban las motos, y se enorgullecía particularmente de la suya. Siempre la tenía reluciente, tanto que cuando iba en ella, muchas veces creía que cabalgaba en un rayo. Quiso limpiar también el motor, como tantas otras veces. Fue al garaje, cogió una lata de gasolina, y la vació en un recipiente. Tomó un trapo con la intención de mojarlo en el carburante, y al acercar uno de los extremos al líquido, se quedó pensativo mirando al interior del cacharro. Le había parecido ver los ardorosos ojos de Candela en el interior. Allí estaba ella con su tórrida mirada, bailando provocativamente en el fondo del líquido.
Sonó el teléfono en el salón de su casa y Candela se desvaneció de su mente. Se levantó para atender la llamada. Sin querer tumbó el recipiente, y la gasolina se desparramó por la zona asfaltada del jardín. Entró en casa, descolgó el auricular y habló con uno de sus amigos. Encendió un pitillo mientras hablaban relajadamente de los planes que tenían para esa noche. Luego, volvió al jardín y no se percató de que el rastro de gasolina se extendía prácticamente hasta la puerta de la casa. Tiró el cigarrillo, al mismo tiempo que pisaba el carburante, y una boca gigantesca de fuego se levantó del asfalto y lo devoró en un momento. Luis gritaba enloquecido, sintiendo arder la piel y el pelo. El fuego penetró en su interior a través de sus poros. Hirvió su sangre hasta solidificarse y quedar totalmente cocida, quemándose por dentro. El dolor era tan intenso que perdió el conocimiento. Un fuerte olor a gasolina y a carne quemada impregnaba el aire, mientras Luis fallecía con el cuerpo calcinado y ennegrecido. Sólo las llamas le daban vida a su cuerpo inerte, alimentándose de él, formando extrañas figuras, como si una mujer de largo cabello bailara incansable encima del cadáver.
(2005)

© Assumpta Solsona Cabiscol. Todos los derechos reservados.


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