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domingo, 21 de noviembre de 2010

Bastet


Hilario desayunaba en la cocina mientras, como de costumbre, miraba a Diana hacer sus habituales estiramientos en la terraza, a través de la puerta abierta que comunicaba la estancia con el exterior.
Diana doblaba cada parte de su cuerpo a voluntad sin que pareciera hacer ningún esfuerzo. Cada movimiento era ejecutado con lentitud y gran armonía. A Hilario le fascinaba su elasticidad y no podía dejar de admirar la flexibilidad de su cuerpo, la belleza de su melena rizada cayéndole en cascada sobre la espalda, sus enigmáticos ojos verdes. No era el único que se sentía atraído por su belleza y su movimiento pausado y continuo. Hilario hacía unos días que se fijaba con disgusto, en que un vecino de enfrente no le quitaba el ojo de encima a su chica.
-Gatita, no deberías hacer los estiramientos en la terraza. Hoy hace fresco-. Diana no contestó. Estaba concentrada, con los ojos cerrados. En realidad, la temperatura era la normal para el mes de junio, perfecta para hacer un poco de ejercicio al aire libre, pero Hilario hubiera preferido que hiciera el suficiente frío como para obligar a su chica a hacerlo a salvo de miradas indiscretas, y seguramente demasiado libidinosas.
Se comió sus tostadas untadas con mermelada de albaricoque y al coger la taza de café con leche suspiró. Parecía como si la taza y su contenido hubieran aumentado su peso al doble de lo normal, y antes había tenido la misma sensación al coger el vaso con el zumo de naranja. Hacía días que se levantaba igual o más cansado de lo que se acostaba, y cada día le costaba más hacer cualquier cosa. Diana opinaba que no descansaba suficientemente por la noche y que quizá tuviera la culpa el colchón. Tal vez fuera buena idea cambiarlo.
-¿Has visto a Bastet?- preguntó Diana al entrar en la cocina después de terminar sus ejercicios diarios.
-No. La verdad es que parece como si no tuviéramos gata. Tenías razón al decirme que no me molestaría. Casi no la veo nunca, salvo alguna vez que cuando me despierto, me la encuentro encima de mí.
-Eso es porque le gustas. Habrá salido a tomar el sol desde algún tejado- afirmó Diana preparándose un zumo de naranja.
-¿Y tú, vas a tomar el sol hoy en la terraza? No deberías exhibirte tanto, al vecino del sexto piso de enfrente se le salen los ojos mirándote.
Diana se rió.
-¿Estás celoso?- le preguntó y sin esperar respuesta le besó en los labios dulcemente. -Que mire lo que quiera- añadió luego- sabes que soy tu gatita. ¿Te apetece dar un paseo? 
-No, esta noche no he descansado bien…, ya sé que vamos cada domingo, pero hoy estoy muy cansado, de verdad.
-Bueno, pues yo salgo un rato a correr. Pasaré por el quiosco a buscar el periódico, ¿vale? 
-Vale. 
Salió Diana a la calle e Hilario se quedó sólo preguntándose de dónde sacaría su chica tanta energía. En realidad fue eso lo que le atrajo en un primer momento de ella, su increíble vitalidad y su enigmática belleza. Aunque también era cierto, y eso lo había comprobado al vivir juntos, que nunca había visto a nadie que fuera capaz de dormir tantas horas seguidas. Era capaz de irse a dormir a las siete de la tarde y no salir de la cama hasta las siete o las ocho del día siguiente. Cuando la conoció hacía ya casi dos años, se enamoró de ella a primera vista. Era perfecta, tan bella y tan dulce, aunque también era capaz de sacar las uñas cuando convenía. Estaba loco por ella.

                                                                 ***

Notó que alguien o algo le lamía la cara y se despertó. Bastet estaba sentada encima de él, mirándolo fijamente a escasos cinco centímetros de su barbilla. Como otras veces se había despertado demasiado pronto, pero a través de las rendijas de la ventana se colaban los primeros rayos de sol. Sin girarse palpó el lado de la cama donde dormía Diana y no la encontró. Se removió lentamente y la gata saltó al suelo y salió corriendo de la habitación. Miró el despertador y vio que eran las seis y veintidós de la mañana. Se levantó despacio y con algo de esfuerzo. Tenía la boca seca y se dirigió a la cocina para beber. Diana estaba allí, trasteando con los cacharros.
-Buenos días, ¿ya te has levantado?- preguntó ella sorprendida al verle.
-Buenos días. Me ha despertado Bastet. Tan cansado como estoy y sólo me falta que tu gata me vaya despertando antes de tiempo-. Hilario estaba algo irritado.
-No te enfades con la gata. Ella no tiene la culpa de tu fatiga. Menos mal que ya te toca ir al médico, porque hace un mes que cambiamos el colchón y si hubiera sido culpa del mismo ya habrías mejorado. Cuando te haya visitado el médico estaré más tranquila.
-Tienes razón, gatita. ¿Y tú, cómo es que te has levantado tan pronto?
-Bueno, quiero salir temprano, a ver si encuentro trabajo de una vez, y luego quiero acompañarte al médico. Era hoy la cita, ¿verdad?
-Sí, a las doce menos cuarto.
Aquella mañana, antes de salir a la calle, Diana realizó sus estiramientos en la terraza, como acostumbraba a hacer cada día. Limpió un poco el apartamento, se duchó, desayunó y antes de las nueve menos cuarto ya salía por la puerta del piso. Dos horas y media más tarde estaban en el centro de atención primaria, esperando que llamaran a Hilario para ver al doctor. Cuando llegó su turno, el médico lo auscultó y le tomó la presión sanguínea, después de hacerle algunas preguntas. Le comunicó que tenía la presión baja y le mandó que se hiciera unos análisis, cuyos resultados no mostraron que tuviera nada grave.
Al cabo de pocos días Hilario recibió la visita de uno de sus compañeros de trabajo que también se había convertido en uno de sus mejores amigos. Hilario lo recibió en la cama, pues se sentía tan agotado, que hacía dos días que no salía de ella más que para lo estrictamente necesario. Diana le preguntó si quería tomar algo y el amigo de Hilario le pidió una cerveza. 
-¡Gatita!-. Hilario llamó a su chica que ya había llegado a la cocina.
-¿Qué?- preguntó ella al poco rato asomando la cabeza.
-Tráele un plato con esas galletas tan buenas que haces tú.
-Bueno, vale, pero no hables demasiado que no conviene que te fatigues.
-¿Y qué te dijo el médico?- preguntó el amigo de Hilario cuando Diana se encaminaba hacia la cocina de nuevo.
-Creo que no sabe lo que tengo. Me dijo que tenía la presión baja, y cuando vio los análisis me dijo que me faltaba potasio y hierro, pero no tanto como para que me sintiera siempre tan cansado. Me recetó unos sobres que dice que me regularán esta falta de minerales y mucho descanso. Y al final dijo que si no mejoraba, quizá fuera un virus.
-Ya, cuando no saben lo que tienes siempre es un virus. Mi hermano una vez pilló uno, o eso dijeron los médicos, y sólo le recetaron descanso. Estuvo cinco meses sin poder trabajar. Le pasó como a ti, siempre estaba cansado, pero ningún médico supo encontrar lo que tenía. Diana entró en la habitación, con la cerveza en una mano y el plato de pastas en la otra. La cerveza se la entregó al visitante y las pastas, después que éste hubiera cogido una, las dejó encima de la mesita de noche.
-¿Quieres una tú, mi amor?- le preguntó mimosa a Hilario.
-No, no me apetece. Pero sí que me gustaría, gatita, que me trajeras un vaso de agua fresca. 
-¿La llamas gatita?- le preguntó atónito su amigo a Hilario, cuando Diana se hubo marchado.
-Sí, por sus ojos y porque es dulce y juguetona como una gatita.
-Pues cuidado con las gatas que a veces sacan las uñas- contestó el amigo de Hilario riendo, justo cuando Diana entraba en la habitación. El visitante cortó en seco la risa, pero ella pareció no haber oído nada. Ayudó a Hilario a incorporarse un poco para que pudiera beber y dejó el vaso encima de la mesita de noche. Después se sentó al otro lado de la cama.- El otro día un conocido mío me contó una cosa sobre los gatos. Me dijo que existía la leyenda de que los gatos se comen el alma de las personas- añadió el visitante después de un incómodo silencio.
-¡Qué tontería!- exclamó Diana.
-Dijo que los gatos aprovechan cuando las personas están dormidas para sentarse cerca de su boca y de su nariz, los miran fijamente, y a través de su respiración captan el alma de las personas y se la comen.
-¡Si hombre, y qué más!-. Diana se reía, pero Hilario no movió ni un músculo de la cara. -Yo también me lo tomé a cachondeo, pero la verdad es que él lo dijo muy en serio. Son muy buenas estas pastas- afirmó el visitante cogiendo otra pasta del plato.
-No tienen gran mérito, son muy fáciles de hacer- contestó Diana modestamente.
-Estoy muy contento de que hayas venido, y me gustará que vuelvas otro día, pero ahora estoy muy cansado y querría dormir un poco.
-Ah, por supuesto. Me hago cargo.
El amigo de Hilario se despidió y se fue. Cuando Diana regresó a la habitación después de acompañarlo a la puerta, Hilario le espetó:
-Quiero que te deshagas de tu gata.
-¿De Bastet?, ¿por qué?, ¿por una estúpida historia que nos ha contado tu amigo?- casi gritó Diana sorprendida.
-Sí, justamente. Cuando me despierto, tu gata siempre está cerca de mi cara mirándome con fijeza, y yo cada día me siento más débil. Tu gata me da mala espina, muy mal rollo, y no la quiero cerca de mí.
Diana iba a replicarle, pero dudó al hacerlo y finalmente le concedió su deseo a Hilario.
-Está bien, pero antes deja que piense qué hago con Bastet. Tendré que buscar a alguien que se haga cargo, y no quiero que sea cualquiera- dijo pensativamente.
-Bueno, pero cuanto antes mejor. Y mantenla alejada de mí, no quiero verla más- contestó Hilario.
-¡Bah!, cualquiera diría que siempre la tienes encima.
La duda corroía a Hilario.

***
Hilario dormitaba postrado en su cama. Estaba sólo en la habitación y sin embargo un sonido no del todo desconocido llegaba a sus oídos. Parecía como si alguien estuviera comiendo a su lado. Abrió los ojos y por primera vez en varios días no le costó un esfuerzo sobrehumano mantenerlos abiertos. Tendido a su lado, un ser extraño comía. Parecía una mujer de rasgados ojos verdes, pero el labio superior lo tenía partido en dos como los gatos. Se acercó hacia él, abrió la boca y aparecieron un par de afilados colmillos. El pánico lo invadió. Quiso escapar pero su cuerpo no respondía. Temblaba. Adivinaba las intenciones de la humanoide. Se sentía bañado en sudor frío. Estaba aterrado pero no podía gritar. Aquella pavorosa boca se cerraba sobre su cara y desgarraba un trozo de su carne. No había sangre, ni babas, todo era aséptico, y sin embargo la cara de Hilario desaparecía a trozos y pronto dejaría de existir. La humanoide lo miraba fríamente mientras masticaba su alimento, engulló la bola de carne y de nuevo acercó su boca a la cara del horrorizado ser que era su víctima. De nuevo intentó escapar sin éxito, un escalofrío recorrió su cuerpo… y entonces despertó.
Todo había sido una pesadilla, ¿pero había terminado en realidad? Al abrir los ojos se encontró de nuevo con la felina mirada de Bastet. Intentó gritar pero sólo un débil gemido salió de su garganta, movió ligeramente los brazos, pero ni siquiera fue capaz de levantarlos del colchón. Sabía que Diana no estaba a su lado. Nunca estaba cuando despertaba y encontraba a la gata mirándole con esa mirada fría de depredadora. Pero desde que hacía unos días habían discutido y él le había pedido que se deshiciera de Bastet, Hilario no había vuelto a verla. Su estado había empeorado notablemente, y aunque Diana se desvivía por cuidarlo, ya no podía hablar y a duras penas podía tragar las papillas que ella le preparaba. El horror de Hilario se reflejaba en su mirada. Entonces la gata se levantó casi con indiferencia, estiró las patas delanteras, luego con un movimiento en sentido contrario, estiró las traseras y después, lentamente, arqueó el lomo. Por fin, saltó al suelo y ante los asombrados y aterrorizados ojos del hombre, la piel del gato pareció tensarse y deformarse. Como por arte de magia, el cuerpo de Bastet adquirió la figura de Diana. Su pelo ligeramente tostado se convirtió en la hermosa cabellera de su amada y sus ojos felinos mudaron en los ojos de gata de la chica, que lo miraban con la misma frialdad de cazadora con que lo había mirado antes el animal.
-¿Estás sorprendido, mi amor?- preguntó sonriendo Diana.- No te esfuerces, ya sabes que no debes agotarte. En tu mirada veo el miedo... y haces bien en tenerlo, querido... pero duerme, tú sólo duerme.
Hilario perdió la conciencia de nuevo. Sin embargo, antes, una nebulosa imagen cruzó por su cerebro. Le pareció que los dientes de Diana eran mucho más afilados de lo que nunca los había visto.

© Assumpta Solsona Cabiscol. Todos los derechos reservados.


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