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viernes, 24 de diciembre de 2010

Paz a los hombres de buena voluntad


Jesús caminaba despacio por entre la marea humana que abarrotaba las aceras. Gente entrando y saliendo de los comercios, cargados de paquetes, algunos riendo y charlando entre sí, otros con cierta cara de preocupación y cansancio. Las siete de la tarde, un frío que podía congelar hasta la gotita de moco que se escapaba de la nariz, noche cerrada. Miró hacia el cielo. Imposible ver las estrellas. En su lugar una nube espesa de lucecitas verdes, rojas, amarillas y blancas cubrían el cielo de la ciudad. Todo era luz, color, alegría.
-Pero ¡qué haces, gilipollas!, ¡a ver si miras por dónde vas!- Acababa de topar con un joven que se aprestaba a recoger del suelo una bolsa que se le cayó. Con rabia rezongó: -¡Mecagüen tus putos muertos!, ¡como se me haya roto, verás!
Jesús se frotó el brazo sin decir nada. El encontronazo había sido fuerte y le dolía. Más bien fue el otro el que se le tiró encima, pero no quiso problemas, y empezó a andar calle abajo.
-¡¡Eh!!, ¡no te muevas de ahí, cabrón! ¡Si me lo has roto me lo pagas!- Pero Jesús no paró. Es más, arrancó a correr-. ¡Pero bueno, que se va el muy hijoputa!, ¡¡si te cojo, te rajo el cuello!!-. Y arrancó a correr tras Jesús. Sin embargo, la bolsa y su contenido le molestaban para correr y cuando había recorrido unos metros decidió que pasaba de Jesús, pero no dejó de amenazarlo gritando-. ¡¡Me acordaré de tu cara, mamón de mierda!!-. Y ya más bajo, sin dejar de jadear-. Más vale que no te cruces en mi camino.
Jesús siguió corriendo hasta que se percató de que el tipo agresivo ya no le seguía. Se apoyó contra una pared, jadeando a todo lo que daban sus pulmones. Cerró los ojos medio mareado. Desde la cena del día anterior que no había comido nada. Su estómago vacío le dolía. Estaba debilitado.
Volvió a caminar, metiéndose de nuevo entre la marea humana. Un escaparate llamó su atención especialmente. Era un escaparate precioso, lleno de luz y color. Maravillosos juguetes por todas partes, algunos de los cuales servían para despertar realmente la fantasía de los niños, otros se limitaban a darlo todo hecho. Se fijó en un bonito oso de peluche de color verde pastel de tamaño mediano. Costaba cuarenta y tres euros. Apretó en su puño, las monedas que llevaba en el bolsillo. Las sacó y las miró. Tres euros con treinta y ocho céntimos. Su aguinaldo de Navidad. Su hijo tendría que conformarse con un regalo más barato. Vio un precioso trenecito de madera. Treinta y siete euros. Una pelota de colores, más bien pequeña, diez euros.
-¡Jodida Navidad de mierda!- murmuró, apoyando la cabeza contra el cristal, y llenándolo de vaho. Tenía ganas de llorar… y frío, mucho frío.
Volvió a mirar el dinero que apretaba su mano. Una moneda de un euro, una de cincuenta céntimos, cinco monedas de veinte, siete de diez, dos de cinco céntimos, y cuatro de dos. Eso era todo lo que había conseguido, pidiendo limosna en la calle esa tarde. Esa era toda la caridad navideña de la gente. Por la mañana, había intentado buscar trabajo, pero nunca daba el perfil necesario. Caminó sin rumbo fijo, pensando en su mujer y su hijo, a los que no veía desde las ocho de la mañana. Se arrebujó en su gastado anorak. La cremallera estaba rota y no se cerraba, así que cruzó los brazos por delante del pecho. Hacía tres semanas que no encontraba trabajo, y de los anteriores trabajos temporales que encontró no le quedó nada de paro. El maravilloso mundo del trabajo sumergido. Su mujer trabajaba unas horas a la semana limpiando una casa, pero no tenía con quien dejar al niño. No tenían a nadie. Sólo en esa casa le permitían llevarlo. Y las guarderías estaban por las nubes. Desde un tiempo a esta parte, los precios prohibitivos eran los que más abundaban.
Jesús se paró ante un supermercado, en parte atraído por el sonido machacón de un coro infantil cantando villancicos, que salía de unos altavoces instalados en la fachada.

Pero mira como beben
los peces en el río,
pero mira como beben
por ver a Dios nacido.

Beben y beben,
y vuelven a beber,
los peces en el río,
por ver a Dios nacer”.

Entró y deambuló largo rato por los pasillos, sin saber que comprar. Estaba aturdido, tenía hambre. Se paró ante los mostradores frigoríficos con bandejitas llenas de carne. Cogió una bandeja con dos chuletones de ternera. No quiso ni ver el precio. Sabía que no llevaba suficiente dinero. Intentó meterlo disimuladamente en un bolsillo interior de su anorak, pero no le cabía. Luego, intentó metérselo por dentro del pantalón, y entonces giró la cabeza y se dio cuenta de que una mujer mayor lo observaba a escasos dos metros, con cara de reproche. “Maldita cacatúa”, pensó mientras dejaba la bandeja de nuevo en el frigorífico. Se alejó por el pasillo despacio, maldiciendo su mala suerte, y su precaria economía.
Sus pasos lo encaminaron a la sección de vinos. Miles y miles de botellas lo miraban pasar desde las estanterías, presumiendo indiferentes de su denominación de origen y sus años de cosecha… y también de su precio. Pasó de largo. Quería vino, o como él lo denominaba, su tres en uno, pero ésos estaban fuera de su alcance. Se encaminó hacia los más baratos, y cogió dos cartones. Dos litros de vino, un euro sesenta y cinco. Aún le sobraba un euro setenta y tres. Pasó por la panadería del súper y compró una barra de medio kilo. El olor del pan le provocó que el hambre le apuñalara de nuevo el estómago. El dinero que le sobraba era mejor guardarlo. Quizá conseguiría más comida sin gastar un céntimo más. El mes anterior estuvieron a punto de echarles a la calle, por no pagar el alquiler, pero milagrosamente, consiguió un trabajillo, y al final pudieron hacer frente al gasto.
Pagó ante una cajera tan indiferente que ni siquiera le miró. Al salir, inició su ruta acostumbrada de los últimos tiempos. Se metió por el callejón de al lado del supermercado hasta llegar a la parte trasera del mismo donde había varios contenedores de basura, repletos la mayoría de ellos, y también montones de cajas de cartón tiradas de cualquier manera por el suelo.
Abrió el primero que encontró y un insoportable olor a podrido le llegó al cerebro a través de su pituitaria. Pero no era eso lo que le preocupaba, así que hizo caso omiso y se puso a revolver entre la basura. Encontró una caja con varios tomates podridos, pero casi todos podían aprovecharse, mucho o poco. La dejó en el suelo. Luego, volvió a revolver y encontró dos bolsas de magdalenas aún sin abrir. Caducaron el día anterior. Las apretó levemente, y le pareció que aún estaban tiernas. Las metió en la bolsa que le dieron en el súper, junto con el pan y el cartón del vino y encima puso los tomates que había seleccionado. Parecía que la Nochebuena no iban a pasarla tan mal, después de todo. Siguió buscando en el siguiente contenedor. La suerte le sonreía. Encontró unas cuantas patatas grilladas y con la piel arrugada, pero las juzgó aprovechables, pese a la poca luz del lugar. Al otro lado del contenedor, dos hueveras de cartón con huevos medio rotos, parecían aguardarle a él. Los inspeccionó uno a uno, después de dejar la bolsa en el suelo. En realidad, quizá estuvieran pasados, pero su mujer decía que sabía distinguirlos. Los huevos rotos no olían mal, así que cogió la huevera menos sucia, se deshizo de los estropeados, y consiguió reunir cinco huevos enteros o casi, que también fueron a parar a la bolsa.
Habría seguido buscando, pero entonces salió uno de los empleados del supermercado cargado de cajas de cartón.
-¡Eh, tú!, ¿qué haces? ¡Largo si no quieres que llame a la policía!
-¿Por qué? No hago nada malo, esto no lo compraría nadie. Mi familia tiene hambre y yo no tengo dinero.
-¡¡Pues búscate un trabajo como todo el mundo, joder!! ¿O es que te crees que a mí me lo regalan todo? Habrase visto que cara más dura. Uno partiéndose el espinazo en esta mierda de trabajo por cuatro duros, y otros aprovechándose del trabajo de uno…
Jesús no quería problemas. Se apartó del contenedor, mientras oía rezongar al otro, y se fue por el callejón que le condujo hasta allí, mientras pensaba que las alegrías duraban muy poco en casa del pobre. El hambre que lo devoraba no servía para echar a la tristeza que en ese momento lo asaltaba de nuevo.
Cruzó la calle, y se sentó en uno de los bancos de la plaza que había ante el supermercado. Estaba triste, tenía hambre y frío. No deseaba presentarse así en casa ante su mujer. No el día de Nochebuena. Su vida ya era suficientemente triste, como para que también lo fuera esa noche. Una noche teóricamente de paz y alegría. Casi se le escaparon las lágrimas al pensar eso. Se fijó en su bolsa, y pensó que a pesar del inoportuno empleado del súper aún tuvo suerte. Decidió comer un trozo de pan, si no corría el riesgo de no poder llegar a casa de débil que se sentía. Arrancó un trozo pequeño, y después sacó su tres en uno, el vino que compró. Lo llamaba así porque el vino le servía para calentarse, ponerse de buen humor y sentir menos el hambre. Era justo lo que necesitaba ahora que el hambre, el frío y la tristeza lo acuciaban. El vino era lo único que le daría paz en ese momento, y bien sabía el jodido Dios que eso era lo que necesitaba más que nada en el mundo. Un poco de paz, en el día de la paz y la alegría… y un poco de alegría… y un poco de calor.
Se comió el pan y bebió. Recordó que no llevaba ningún juguete para ofrecerle a su hijo, y se sintió un absoluto fracasado. Recordó las navidades de su infancia, en su pueblo, lo felices que eran. Nunca había un exceso de juguetes, pero nunca faltaban. Bebió. Recordó sus navidades adolescentes, llenas de sueños. Sueños que a su padre nunca le gustaron. Era un mal estudiante y un chico rebelde, pero le gustaba escribir. Quería ser escritor. Recordó las fiestas con sus amigos y las primeras borracheras. Con el alcohol olvidaba que su padre siempre le cortaba las alas. Bebió. Recordó también cuando se fue de casa a los dieciocho años, para instalarse en la ciudad. Pero nada le salió bien. Consiguió algunos trabajos temporales, pero siempre acababan echándolo a la calle. Bebió. De la noche a la mañana se encontró viviendo con una chica y con un hijo, al parecer producto de una noche de borrachera. Y lo que escribía, nadie se lo publicaba. Hacía meses que no escribía nada. Estaba desanimado, triste. Acabó el vino que quedaba en el cartón y empezó el otro. Tal vez el cabrón de su padre tuviera razón después de todo, pero no quería volver al pueblo para que todo el mundo supiera de su fracaso. No volvería. Esa noche, no la pasarían tan mal. Llevaba una bolsa casi llena de comida. Otras noches había llegado a casa con las manos vacías. Su mujer no podría quejarse. Esa noche era Nochebuena:
-…y mañana Navidad, saca la bota María que me voy a emborrachar…- canturreó, y después acabó riéndose antes de levantarse del banco. No estaba borracho, no del todo, pero ya no sentía tanto el frío y casi no recordaba el hambre. Se fue a su casa, un maravilloso piso de cuarenta metros cuadrados del extrarradio. Eso era lo único que se pudieron permitir, y a duras penas. Algunos meses les cortaban el agua y la luz porque no podían pagarlas. Pero esa noche no quiso acordarse de eso. Ahora ya no se sentía triste. Y menos al pasar ante un contenedor que había ante una casa que estaban derrumbando. Alguien dejó un camión de juguete encima de los cascotes. No era muy viejo, sólo le faltaba una rueda. Lo recogió, le quitó un poco el polvo con su anorak y sonrió. Hasta un juguete consiguió para su hijo.
Al llegar a su casa, un bloque de siete pisos sin ascensor, se sintió nuevamente debilitado y medio mareado después de subir a pie hasta el quinto piso, que era el suyo. Su mujer lavó la ropa a mano en la pila de la cocina, y ahora la tendía delante de la pequeña estufa que calentaba el piso.
-¿Has traído algo de comer?- fue lo primero que le preguntó.
-Bueno, primero buenas noches. Y luego, podrías preguntarme qué tal me ha ido el día, ¿no?- contestó Jesús, soltando la bolsa sin demasiado cuidado.
-Es que si traes comida, es que no te ha ido tan mal después de todo.
-¿Está durmiendo el niño? Mira qué he encontrado, un precioso camión casi nuevo.
-¿Lo has encontrado en la basura?- le preguntó ella, pero Jesús ni siquiera la oyó, ya estaba en la habitación, con la intención de despertar al niño para darle su regalo. Estaba tan contento con el juguete que encontró para su hijo, que ni siquiera sintió su debilidad-. No lo despiertes, que no se encuentra muy bien, y me ha costado mucho que se durmiera-. El niño empezó a llorar en brazos de su padre-. ¡Te he dicho que no lo despertaras, coño! A ver quien le hace dormir ahora.
-Ya verás como se calla cuando vea el camión. ¿A que sí, hijo? Mira que camión más bonito te ha traído papá.
-¡No se encuentra bien y tiene sueño! ¡No se va a callar sólo porque le hayas traído un camión¡- gritó la mujer nerviosa por el lloriqueo insistente del niño.
-Claro que sí. Hoy es Nochebuena, que juegue y se divierta. ¿Verdad pequeñín, que quieres jugar con el camión?, ¿verdad que quieres jugar con tu papi?-. Jesús alzó al niño por encima de su cabeza dando vueltas. Pero el niño no callaba. Su llanto se hacía cada vez más persistente. Su madre intentó cogerlo.
-No seas imbécil. El niño quiere dormir, ¿es que no te das cuenta? Lo único que vas a conseguir es que vomite la leche… ¡¡Estate quieto y dame al niño, joder!!
Jesús no le hizo caso. Estaba empeñado en jugar con su hijo, empeñado en cambiar su llanto por risa. Nadie debía estar triste en Nochebuena.
-¡Ahora este niño tan guapo es un avión, bruuuuuuummmmm- decía empeñado en sujetarlo por encima de su cabeza dando vueltas y más vueltas.
-¡¡Dame al niño, coño!! Seguro que vas de vino hasta el culo. Pero ¡¡¿cómo se puede ser tan inconsciente?!!
De repente, el hambre, el vino, y el cansancio se juntaron para marear a Jesús, que trastabilleó y se dio un fuerte golpe en un hombro contra la pared, antes de caer al suelo sin soltar a su hijo. Su mujer ahogó un chillido con una mano antes de empezar a llorar histérica.
-Pero ¿qué pasa, joder? No he dejado caer al niño. ¡Tampoco es para tanto!
El niño ya no lloraba, y una larga linea de sangre pintaba la pared al lado del hombro de Jesús.


12 comentarios:

Ricardo Miñana dijo...

En estas fiestas tan entrañables, con mis mejores deseos de ilusión, paz y felicidad.

¡¡FELIZ NAVIDAD!!

Un abrazo

José Francisco dijo...

Bufff, que relato maja ¡¡¡ precioso y descarnado.
Precioso por repleto de sensaciones
Descarnado por lleno de realidades

Cada uno, como todo en la vida, extrae sus conclusiones..pero yo creo que lo que hay que hacer es sencillamente dejarse llevar por las sensaciones que te genere.....
Felicidades..no ¡de Navidad..NO..¡¡

Sencillamente...felicidades

panterablanca dijo...

RICARDO: Gracias, felices fiestas y un 2011 inmejorable.
Besos.

JOSÉ FRANCISCO: Muchas gracias por tan amable comentario. Desgraciadamente, no todo el mundo vive la Navidad tan felizmente como se supone que deberían vivirse las navidades. Y precisamente por todo ese exceso de felicidad artificial que pretenden vendernos, es que la gente desgraciada lo pasa aún peor en estas fechas.
Yo sí te felicito las fiestas y el año nuevo. Los buenos deseos nunca están de más :-)
Bienvenido a este blog. Regresa siempre que quieras.
Besos.

José Francisco dijo...

Un sencillo añadido a tu comentario amiga....

"" Tampoco la mayoría de los denominados mortales, aprenden a extraer de la vida todo aquello que segundo a segundo nos ofrece...."""

Tienes toda la razón cuando hablas de los que menos tienen.....

Es dificil encontrar el equilibrio en éste marasmo de sensaciones, como tú dirías...en ésta jungla tan salvaje..., en la que vecinos de viaje mordisquean más allá de lo que pueden....desperdiciando aquello que podría hacerlos realmente felices....¡¡¡ cuando a su lado lo tienen.....

Pero no es facil..cerrar los ojos e introducirte en la profundidad de la cueva...oscura a veces.....
contradioctoria siempre..en la que a menudo habitan nuestros corazones

Cuevas con espejos que reflejan tan solo imágenes....

Cuevas con monstruos, fieras mucho más feroces.....se alimentan
a menudo de sus propias miserias

Cuevas donde la sonrisa...apenas es una mueca.......seca,torcida,
triste

Bueno...Panterilla....con garras de mentirijilla....ya no toy más la paliza....no sea que me acuses de....maltratar animales , me pongas una querella...y me metan en
la cárcel.....ja.ja.. aunque como soy jilguero....lo tienes crudo...para pillarme ¡¡¡¡

Un zarpazo....suave...suave ¡¡¡

panterablanca dijo...

¿Con garras de mentirijilla?, jajajajaja!!!, bueno, como de darme la paliza nada, no podrás comprobarlo, jajajajaja!!!
Y sobre el resto del comentario, cuánta razón tienes, chico, cuánto poco amor hay en la tierra...
Un beso grande.

Atapuerques dijo...

O uno es un sentimental y se le humedecen los ojos con facilidad, o el relato es de tal realismo y tan bien descrito que te hace meterte en el pellejo de los protagonistas,o ambas cosas.
Lo más dramático es que situaciones como las que describes están sucediendo en la realidad, e igual pronto pueden ser más habituales de lo que nos pensamos.
Confiemos en el milagro de la Navidad y en que el año que viene cambie la dirección del viento.
Lo mejor para tí, Pantera.

panterablanca dijo...

Gracias, guapetón. Pues fíjate que este relato lo escribí antes de la crisis. Debía estar clarividente. Pues sí, esperemos que este año que viene cambie la dirección del viento. Sabes que yo también te deseo lo mejor :-)
Besazo gordo.

Sophie van Driel dijo...

¿Un Jesus urbano bebiendo de las miserias actuales? Me gusta

Sophie

panterablanca dijo...

Y siguiendo los pasos de su Padre, al sacrificar a su propio hijo. Gracias por tu comentario. Celebro que te haya gustado.
Besos.

panterablanca dijo...

Y bienvenida, Sophie :-)

Maruxela dijo...

Muy bien.un relato chupi y animadete
¡FELIZ AÑO!!

panterablanca dijo...

¿Chupi y animadete?, ¿seguro que te lo has leído? Pa mí que no, pero vale, si tú lo dices...
Un saludo.

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