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martes, 15 de noviembre de 2011

Grito tu nombre



Grito tu nombre y tú, ausente, no lo oyes,
Mis palabras se adelgazan y se pierden en tus oídos,
Donde sólo hay lugar para los cantos de sirena
Que ayer, dolorosamente, dejaste atrás.

Has escrito en mi cuerpo el nombre
Del amor salvaje que tanto nos gusta,
Has grabado en mi mente tu pasión
Con marca de fuego violento.

Pero tus ojos están cegados por la luz
De una estrella muerta, fría y sin vida,
Y en tus pensamientos no cabe ni un hálito
De mi alma extasiada ante tu intensidad.

No anhelas, no respiras, no te consumes por mí,
Y yo aquí me quedo, esperándote,
Herida de muerte por tu voz que me rompe
Y envenenada por el poder de tu espíritu.

La virulencia de mi amor irracional
Grita tu nombre, pero no te toca,
Mi sangre escupe deseo y amor,
Amor, cuyo destino final es la muerte.

lunes, 3 de octubre de 2011

Vacío



                              Ya morí una vez, aunque sigo viviendo,
soportando las circunstancias de la vida,
esperando la compasión de los dioses,
pero mi casa sigue vacía.

No hay risas en las habitaciones,
ni pequeños pasos inseguros en el suelo,
mi vientre también está vacío,
y mi corazón, siempre triste.

(2000)

sábado, 30 de julio de 2011

Una vez fui madre



                              Una vez fui madre de
un pequeño pez ensangrentado,
ciego, mudo, casi inexistente.

Un hijo de la soledad,
también de la ilusión,
y como tal se deshizo,
entre sueños y quimeras.

Le dije adiós en el hospital,
pero a veces, aún recuerdo
el color de su sangre.


(2000)

miércoles, 22 de junio de 2011

Sueños rojos


Me hago viejo, lo noto. Cada día que pasa es un día menos en el calendario de mi vida. Un calendario casi acabado que nunca tuvo demasiado sentido. Me salieron manchas en la piel, y verrugas, y también arrugas. El pelo hace tiempo que lo tengo blanco. Siempre he sido un poco vanidoso, siempre tuve éxito con las mujeres, decían que era guapo. Cuando empezó todo este proceso, no le di importancia. A algunas mujeres aún les gustaba más, parecía que les resultaba interesante. Pero llegó un momento en que me salieron demasiadas canas, y sobre todo demasiadas arrugas, y ya no me gustaba. Todos esos cambios ya no me favorecían de ninguna manera, sino que me hacían más viejo. Coincidió en ese tiempo que los pocos dolores físicos que me habían acuciado durante mi vida se hicieron más profundos y numerosos.
Nunca me casé ni tuve hijos. Tuve muchas aventuras, eso sí, pero las aventuras no dejan nada tangible, sólo recuerdos, algunas ni eso. Eran mujeres que iban y venían, pero nunca se quedaban. Yo no podía amarlas y ellas se cansaban de esperar un imposible. Nunca pude volver a enamorarme. Sí, una vez sí que lo hice, pero ya nunca más. La perdí. No sé quien fue el estúpido que dijo que más valía haber amado y perdido, que nunca haber amado. Yo hubiera preferido no sentir jamás ese dolor que tan cruelmente acabó petrificando mi corazón. Desde entonces, la soledad es mi eterna compañera. Daba igual que me rodearan miles de personas, era inútil que las mujeres compartieran sus vidas y sus cuerpos conmigo. Mi única amante real, la que me poseía totalmente, era la soledad.
Ahora ya no importa, poco tiempo falta para que esta mierda de vida acabe de una vez. Soy más viejo de lo que nunca pensé que llegaría a ser. Ochenta y tres años. Aunque nunca se sabe, en esta residencia me cuidan muy bien, quizá demasiado. Los días se hacen eternos, me los paso viendo la tele y dando paseos por el jardín. Dice el médico que es bueno para mi artritis. Antes leía libros, ahora mi vista está muy estropeada. Y los días de fiesta son peores. Yo pertenezco al grupo de los que nunca reciben visitas, sólo mi abogado cuando lo llamo, pero eso no cuenta, eso no es una visita de verdad. Recibo más visitas cuando duermo que en la vida real. Aunque para recibir visitas como las que tengo en sueños, mejor no tenerlas.
Suelo dormir poco. No quiero dormir, porque cuando por fin se me caen los párpados rendidos sobre los ojos, horribles pesadillas ocupan mi mente. Mis sueños están poblados de personas, pero son truculentos, atroces, crueles. Siempre están teñidos de rojo. Me angustian.
Antes nunca tenía pesadillas. En eso también he notado que me hago mayor. Algunas veces sólo veo balas que perforan cabezas, picadillo de cerebro esparciéndose por las paredes y por las calles, hilos de sangre abriéndose camino entre las oscilaciones de una cara desconocida, escapando de heridas hechas por un fusil de precisión. Otras veces, casi siempre, los protagonistas de mis pesadillas son fantasmas de mi pasado, gente que viene a recordarme como murieron. Políticos del tercer mundo, ejecutivos con demasiado éxito, maridos o esposas muy ricos pero demasiado latosos, altos capos de la mafia a quien se deseaba eliminar con mucha discreción, más maridos y más esposas con un sentido demasiado abierto de la pareja. Todos se reúnen en mis sueños y mueren violentamente, en una especie de espiral que tiñe de rojo mis sueños. A todos los veo morir una y otra vez, en una especie de rito sangriento que parece no terminar nunca. Antes todo esto no me habría afectado lo más mínimo. No lo hizo cuando lo vi con mis propios ojos, pero ahora, quizá se me esté reblandeciendo el corazón.
Aunque el sueño peor de todos, el que hace que a veces me despierte no sólo jadeando de angustia, sino gritando y llorando como un niño abandonado, es cuando se repite de nuevo el momento en que perdí a mi amada. Me veo a mí mismo saliendo del baño del bar, en la terraza del cual, la había dejado esperando las bebidas. Oigo los ruidos que llegan de la calle y una inquietud con sabor a tragedia me embarga de repente. Después, la veo de nuevo entre mis brazos con su vestido de flores violetas ensangrentado. Creí que no volvería a verte, susurra dibujando media sonrisa en su bello rostro, antes de morir. Imposible olvidar su mirada triste, y el hilo de sangre que se le escurre de entre la comisura de los labios, esos labios que yo siempre deseaba besar. Lo vuelvo a hacer, intentando ahogar un sollozo desesperado sin lograrlo. Lo revivo casi cada noche. Tampoco he podido olvidar nunca el sabor de su sangre en mi boca.
Faltaban cuatro meses para que nos casáramos. Se llamaba Christine, era hermosa en cuerpo y espíritu, y yo estaba loco por ella. Le hubiera bajado la luna del cielo si me la hubiera pedido. Una tarde soleada del mes de junio, nos habíamos sentado en la terraza de un bar de moda, sin saber que estábamos, como se suele decir, en el sitio y el momento equivocados. Ella era la mujer de mi vida, perfecta para mí en todos los sentidos. Adoraba su bonita voz, su seductora manera de mirarme cuando quería que le hiciera caso en algo -imposible resistirse-, y su contagioso sentido del humor. A partir del día en que murió ya no fui el mismo. Algo se secó para siempre en mi interior.
Ese día también murieron tres hombres en el mismo sitio y otra mujer resultó herida. La policía dijo que se había tratado de un ajuste de cuentas entre grupos mafiosos rivales. Uno de los muertos era un importante capo, y los otros hombres, dos de sus secuaces. Yo entonces era teniente del ejército de tierra, uno de los mejores tiradores, y mi padre un coronel con muchas influencias. Gracias a ello pude enterarme de quién había dado la orden que acabó con la vida de mi prometida, y un sólo disparo me bastó para cargármelo limpiamente a distancia. Mi padre se encargó de que el hecho no tuviera consecuencias. No aprobaba lo que había hecho, pero lo comprendía, aún más tratándose de un mafioso. Pronto recibí un encargo del gobierno. Querían que eliminara de la forma más discreta posible al presidente corrupto de un país del tercer mundo, a cambio de una considerable suma de dinero. Me lo pintaron muy bonito, como un favor que le hacía a la patria y al mundo entero. Lo cierto es que a mí me daba lo mismo. Desde que Christine murió ya nada me importaba.
A los encargos del gobierno se sumaron otros de gente relacionada de alguna manera, pero que me contrataba por intereses mucho más personales que los de la patria. Descubrí que todo el mundo está dispuesto a pagar por conseguir lo que quieren, aunque sea con métodos no demasiado honrados. Mi padre dejó de hablarme, pero en esos momentos ya poco nos veíamos. Le parecía mucho más honorable que yo asesinara por la patria que por dinero. Yo viajaba mucho, cambiaba de residencia continuamente, y también de identidad. Me convertí en un asesino profesional, la oveja negra de la familia. Alguien tenía que hacer el trabajo sucio y a mí me pagaban muy bien por hacerlo. Nunca tuve remordimientos, pero últimamente los fantasmas de mi pasado parece que quieren ajustar cuentas conmigo en mis sueños, y yo sólo quiero abrazarme al fantasma de Christine y no dejarlo escapar nunca más. Me hago demasiado viejo.

martes, 10 de mayo de 2011

Ironías del destino


Soy el menor de tres hermanos. De pequeño, todo el mundo decía que era un niño hermoso: mis padres, mis abuelos, mis tíos, los vecinos, todos. Casi parecía un ángel. Tenía la cara redondita y sonrosada, el pelo rubio claro y los ojos verdes. Sabía ganarme el corazón de la gente con mis monerías y mis carantoñas. Era normal que me consideraran un niño guapo. También era normal, hasta cierto punto, que mis hermanos me envidiaran y se inventaran cada día nuevas formas de humillarme, pero no siempre se salían con la suya. Al lado de esos monstruos tuve que aprender a defenderme desde muy pequeño. La adoración que sentían los mayores por mí era mi mejor defensa, afiné mi astucia con prontitud. Algunas veces incluso conseguía que les castigaran por alguna supuesta humillación que nunca tuvo lugar, como la vez que con ocho años decidí, a la hora de la cena, que no quería comerme la verdura.
Recuerdo que en ese momento mi padre no estaba en casa, no sé porqué. Mi madre se levantó y fue a la cocina a buscar algo. Nos quedamos los tres hermanos comiendo, aunque en mi caso sólo lo hacía ver. Nunca me había gustado la verdura y había estado jugueteando con ella, haciendo diferentes montoncitos en el plato. Urdía algún plan de urgencia que me evitara tener que tragarme aquella asquerosa papilla hecha a base de patatas y judías verdes, que mi madre había aplastado con un tenedor solícitamente, para que me fuera más fácil engullirla. Me toqué distraídamente la frente y me dolió. Esa tarde, mi hermano mayor me había empujado porque quería coger la pelota antes que yo llegara a ella, y mi frente había ido a dar contra la pared. En realidad, mi hermano no había querido hacerme daño, simplemente se pasó con el empujón, pero a mí me había salido un chichón considerable, a esas horas adornado ya por un cardenal. Me había dolido mucho. Recordaba el dolor, estaba enfadado, y en ese momento mi madre no estaba. Era entonces o nunca.
Me apreté muy fuerte el chichón y el dolor se intensificó. Me dolió tanto que los ojos se me llenaron de lágrimas, al mismo tiempo que empujaba el plato hasta tirármelo encima. Mis hermanos tardaron unos segundos en reaccionar, durante los cuales aproveché para pegarme dos puñetazos lo más fuerte que pude en el chichón.
-¡¿Pero qué haces, subnormal?!- gritó mi hermano mayor, mientras de fondo empezaban a sonar mis berridos como una alarma acusadora, acompañados además de lágrimas de verdad.
-¿Qué pasa ahora?- preguntó mi madre gritando desde la cocina.
-¡¡Julián me ha tirado el plato encimaaaaaa!!- grité, sin dejar de aullar. Había aprendido a llorar tan bien que hipaba y todo.
-¡Pero bueno, Julián, es que ya está bien, ¿eh?, hoy te estás pasando de la raya!
-¿Pero si ha sido él, se ha tirado el plato él solito!- protestó Julián con toda la razón del mundo.
-Anda, no digas tonterías, ¡que eres el mayor, hijo!, ¡que deberías dar ejemplo, hombre!, pero ¿cómo va a tirarse el plato encima tu hermano? Y tú, Carlos, deja de llorar de una vez, ¡que me tenéis harta!
-¡Pero si te digo la verdad!, ¡díselo, Alfredo!- gritaba Julián, pidiendo la mediación de mi otro hermano en el conflicto.
-Es cierto, mamá.
-¡¡Basta ya!!, ¡ni una palabra más!- gritó mi madre, recogiendo el plato que había caído al suelo y los restos de la comida-. ¿Cómo queréis que os crea, si siempre estáis conchabados contra vuestro hermano pequeño? Si deberíais ayudarlo, protegerlo, por ser sus hermanos mayores, y en vez de eso... ¡vamos, hombre! Ya hablaré con vuestro padre cuando llegue. Y tú ven conmigo que te voy a cambiar.
Y así era siempre. Una eterna guerra con muchas batallas, que a veces ganaban mis hermanos y otras veces ganaba yo. La tensión entre nosotros era evidente. Creo que fue justamente en esos años que empecé a comerme las uñas. Miraba el televisor y me comía las uñas, escuchaba la lección en la escuela y me comía las uñas, maquinaba venganzas y travesuras que pudieran comprometer a mis hermanos y me comía las uñas. Mi madre ya no sabía qué hacer para hacerme desistir de tal afición. Nada daba resultado. Ni manotearme todo el día los dedos cuando iba a acercármelos a la boca, ni frotar guindilla en lo que quedaba de mis uñas, ni ponerme un líquido que vendían en las farmacias, nada. Mi vicio era irreductible. Ya en mi adolescencia y cuando ya se había dado por vencida, a veces mi madre me cogía las manos y miraba con pena mis uñas, y entonces decía:
-Tan guapo y con estas uñas, ¿qué dirán las chicas cuando quieras empezar a salir con ellas?
-¡Ay, mamá!- exclamaba yo, apartando las manos rápidamente con gesto avergonzado.
En la adolescencia, las relaciones con mis hermanos no mejoraron en absoluto, al contrario, nuestras mutuas venganzas eran más elaboradas. Pocas veces me había ganado antes en astucia y tampoco iban a hacerlo después.
Mi hermano mayor, que siempre se había valido de su superior fuerza física para hacerme daño, se encontró de pronto con que no le era tan fácil, dado mi considerable desarrollo físico. Recuerdo que cuando yo tenía dieciséis años, las niñas me perseguían. Julián salía con la hermana mayor de una de mis compañeras de instituto. La niña se ponía pesadita. Yo le gustaba y siempre me seguía a todas partes con cara de carnero degollado, hasta que al final se me ocurrió una idea. A pesar de que no me gustaba demasiado, le dije que si le hacía el favor de decirle a su hermana que Julián la engañaba con otra, saldría con ella. Se lo planteé así, como si mi estricta moral no pudiera concebir un engaño de tales características por parte de mi hermano... y por supuesto no era cierto. Mi hermano quería a esa chica de verdad, nunca la había engañado, pero la duda anidó en el corazón femenino, y no lo perdonó. La relación acabó y yo me sentí muy feliz. Me comía las uñas imaginando la escena y sonreía, tiraba de ellas y me las arrancaba. Sentía un ligero dolor placentero. Las inspeccionaba una a una buscando esquirlas desde las que tirar, así favorecía la consecución de ese dolor/placer que redondeaba con la imagen de mis dos tortolitos favoritos rompiendo.
Pero ésa sólo fue la primera parte de mi celebración. La segunda consistió en tirarme a mi compañera de curso varias veces. Estaba tan enamorada de mí que no se hizo rogar mucho, y desde luego, al contrario de lo que decía mi madre, no pareció importarle que casi no tuviera uñas. No era muy guapa de la cara, pero tenía unas tetas preciosas. Al cabo de poco más de seis semanas me acusó de que sólo había salido con ella por el sexo y me dejó. Evidentemente, yo me defendí, después de todo, si salía con ella era para mantener mi palabra. Ella mantuvo su parte del trato y yo el mío, ¿qué más quería? Aún así, lo mejor de todo, sin duda alguna, fue ver lo jodido que estaba mi hermano, y el muy gilipollas no entendía nada. Nunca se enteró de nada. Cada vez que pensaba en eso me descojonaba.
Un par de años más tarde, tuve la ocasión perfecta para vengarme de Alfredo de una vez por todas y la aproveché. Fui incluso más cruel que con Julián, pero ¡qué coño!, se lo merecía. Mi hermano mayor era fuerte y se aprovechaba de su fortaleza, como yo me aprovechaba de mi aspecto físico y mi encanto, pero Alfredo... Alfredo era rastrero, un jodido entrometido, un aprovechado de mierda. De pequeño apostó por el más fuerte, y con el más fuerte se quedó, aunque no fuera lo justo. Pero yo le enseñé lo que era justicia. Cuando empezó a salir en serio con una chica, me enteré casualmente de quien era. Me hice el encontradizo con ella varias veces, le decía cosas bonitas, la miraba como si fuera la única mujer sobre la faz de la tierra, y a ella parecía gustarle todo ese juego. Una vez incluso me dio su número de teléfono y a veces la llamaba y hablábamos.
Confieso que al principio no había planeado una venganza tan despiadada, pero los acontecimientos me la pusieron en bandeja. Mis padres se habían ido de vacaciones, Julián había ido de acampada con sus amigos el fin de semana y, por supuesto, Alfredo contaba con disponer de la casa para él y su novia durante esa noche, porque suponía que yo saldría por ahí con mis amigos. Eso le había dicho yo, pero cuando me contó sus planes, cambié rápidamente de idea. Cuando se fue a buscar a su novia, aún no había terminado de cerrar la puerta de casa que yo ya la estaba llamando. Ahí estaba con el teléfono pegado en la oreja, tirando de un padrastro del dedo medio, sintiendo el escozor de la carne viva, mientras esperaba que me contestaran al otro lado de la línea. Cuando conseguí que se pusiera ella, le dije supuestamente de parte de mi hermano, que no podría irla a recoger porque había tenido que hacer algo, no recuerdo qué le dije, y que si quería venir, que yo le haría compañía mientras mi hermano llegaba.
Aceptó sin remilgos, no hizo falta convencerla de nada, y al cabo de veinte minutos ya estaba en casa. Yo sabía que me deseaba, lo veía en sus ojos, y a mí también me gustaba ella. Era preciosa. No sé qué habría visto en el desgraciado de mi hermano, la verdad. Cuando llegó me di cuenta de otra cosa. A ésa tampoco le importaba que mis dedos parecieran muñones. Fue ella la que se me insinuó, la muy zorra, y no tardó ni diez minutos. Alfredo nos pilló haciéndolo en el sofá. Su cara era un poema, jamás la olvidaré. Cornudo y además gracias a su propio y odiado hermano. Realmente glorioso. Por supuesto, me dio un puñetazo que me partió el labio, pero valió la pena. Yo, con puñetazo y todo, me meaba de la risa, su novia lloraba, y él gritaba que ya no tenía hermano pequeño, que era como si hubiera muerto, que los dos habíamos muerto para él. Como si alguna vez yo le hubiera importado ni una pizca, al muy hipócrita. La lástima es que no pude acabar de tirarme a su novia, que salió corriendo detrás de él, llorando como una Magdalena penitente. Para celebrar el éxito me hice una paja en su honor. Fue un placer extraño correrme sintiendo la quemazón del labio inflamado y herido y el sabor de la sangre en la boca, extraño pero nada desdeñable.
Nunca nos paramos a pensar en las cosas que suceden. Vivimos rápido, sin apenas tener tiempo para respirar, sin apenas tiempo para sentir. Y a veces actuamos mal, impelidos por las circunstancias o simplemente por iniciativa propia. Si he de ser sincero, no sé quién tuvo la culpa de los constantes enfrentamientos entre mis hermanos y yo. Me gusta pensar que fueron ellos los que empezaron. Eran mayores, deberían haber tenido más compasión y más ternura hacia mí, que era más pequeño. Pero lo cierto es que mi carácter tampoco contribuyó a poner paz. Y un buen día aprendes lo que son las ironías del destino. Y otro día, no tan bueno, las sufres en tus propias carnes.
Mi popularidad con las chicas no hacía sino aumentar y aumentar. Todas me perseguían, muchas me gustaban, pero no conseguía enamorarme de ninguna, hasta que un día encontré a Silvia. Todas las chicas decían que era muy guapo, pero a ella no parecía importarle. En vez de perseguirme como todas las demás, parecía que huyera de mí. Se vestía extravagantemente, siempre con gorros y sombreros, casi nunca sonreía, pero cuando lo hacía era como si Dios acabara de crear la luz. A base de mucha paciencia y mucho empeño conseguí hacerme amigo suyo. Un día le confesé que estaba enamorado de ella como no lo había estado nunca, y entonces hizo algo que me dejó perplejo. Sin decir ni una palabra se quitó el gorro que llevaba puesto, y el pelo que asomaba por debajo se movió y despegó de su cabeza siguiendo el camino iniciado por el gorro. Me quedé sin habla. Ante mí estaba Silvia completamente pelona, mirándome con los ojos humedecidos. Pasamos quizá medio minuto en mutua contemplación, pero yo no alcanzaba a encontrar las palabras adecuadas, era como si cualquier mecanismo de expresión se hubiera borrado de mi mente. A Silvia le resbalaron dos lágrimas por las mejillas, se puso el gorro, se levantó arreglándose el pelo -que estaba cosido al gorro-, y se fue. Corrí tras ella.
-¡Espera!, no te vayas.
-¡Déjame!- exclamó ella soltándose con rabia cuando la sujeté del brazo.
-Pero yo te quiero...
-¿Es que no lo entiendes?, tengo cáncer, me estoy muriendo y nada va a salvarme, ni los médicos, ni Dios, ni tu amor, ni nada-. Silvia realmente enfurecida, lloraba sin control. Su rabia y su dolor aprisionaron mi corazón hasta hacerme llorar a mí también. Yo nunca antes había soltado ni una lágrima por una chica. La abracé.
Aquella noche no pude dormir, di mil vueltas en la cama, me monté una orgía onicofágica y me comí las uñas y los padrastros hasta hacerme sangrar varios dedos. Al día siguiente todos estaban tumefactos, y al cabo de dos días, un par de ellos de habían infectado y supuraban. Notaba el dolor de las manos en cada movimiento y eso de alguna manera disimulaba el dolor anímico que sentía. La mujer que yo amaba se estaba muriendo y no podía hacer nada para solucionarlo, no podía vengarme del destino como otras veces me había vengado de mis hermanos. No le conté a nadie de mi familia lo que me pasaba, no quería que nadie se burlara de mi sufrimiento.
Silvia no duró mucho. Creo que fueron ocho meses, quizá nueve. Meses que se convirtieron en el paraíso y a la vez en el infierno. Los primeros cinco o seis meses los aprovechamos todo lo que pudimos, el tiempo de la radioterapia y la quimioterapia había pasado y se encontraba con más fuerzas. Un hermoso cabello rojo a conjunto con sus cejas le iba creciendo. Sabía que iba a morir y no quería perderse nada, íbamos de concierto siempre que podíamos, no nos perdíamos ninguna exposición porque a Silvia le gustaba mucho el arte. Fumábamos porros porque decía que le calmaban el dolor, y lo cierto es que nuestro destino parecía más soportable envueltos en el humo de la marihuana. Cuando tenía una de sus crisis de mal rollo, como ella las llamaba, me trataba mal, pero siempre acababa arrepentida de haberme dicho todo lo que me decía y confesando que lo hacía para que la dejara y empezara a vivir mi vida lejos de ella, con alguna chica que me hiciera feliz para siempre.
-Tú me haces feliz ahora. Siempre te llevaré en mi corazón- le decía abrazándola y meciéndola entre mis brazos hasta que se calmaba. Luego nos besábamos dulcemente y algunas veces acabábamos follando como dos posesos. A ella no le gustaban las medias tintas. Decía que el día que muriera ya no podría sentir nada, así que tenía que aprovecharse ahora.
Por supuesto, mis estudios se resintieron. Ella había dejado la universidad hacía meses y prácticamente se vino a vivir conmigo al piso de estudiantes que yo compartía con dos chicas y otro chico. A ellos no les importó. Conocí a la familia de Silvia, parecía que tenían pasta. Dejé de ir a clase y también dejé de volver a casa de mis padres los fines de semana. Mejor, así me ahorraba ver el careto de mis hermanos, que ya ni me hablaban. Un día se me ocurrió tatuarme su nombre con letras chinas en el pecho, encima del corazón. Cuando se lo dije, me contestó que ella haría lo mismo con mi nombre, y que me llevaría en su corazón hasta la tumba. Y así lo hicimos. Vivíamos. Vivíamos todo lo intensamente que podíamos, porque Silvia se quedaba sin tiempo.
Los últimos tres meses fueron un auténtico infierno. Un día fuimos a ver una exposición de Kandinsky en la Fundación Miró. Decía que el uso del color en ese artista era fascinante. Disfrutó mucho con esa exposición, y justo al salir, después de comentármelo con una sonrisa en los labios, se desmayó. En el hospital le diagnosticaron que el tumor había vuelto a reproducirse, y esta vez ni siquiera consideraron la posibilidad de extirpárselo. Yo me pasaba los días a su lado, primero en casa de sus padres, ya que no podíamos salir demasiado porque se cansaba mucho, y más tarde, las últimas semanas, en el hospital. Hubiera hecho cualquier cosa para que ella siguiera viviendo, pero no fue así. Murió un dieciséis de septiembre y yo me morí con ella. Regresé a casa de mis padres en Lleida. Había vivido todo el verano en casa de Silvia, en Barcelona. Sus padres creían que era bueno para ella, pero cuando murió, yo ya no pintaba nada ahí.
Mis hermanos pasaron de mí, no se burlaron, pero yo sé que en el fondo se alegraron de mi desgracia. Mi madre no entendía cómo había sido capaz de pasar por todo aquello solo, mi padre no decía nada. La mayoría de las noches no podía dormir pensando en Silvia. Me arrasaba las uñas hasta las cutículas y a veces continuaba mordisqueándome la punta descarnada de los dedos hasta hacerlos sangrar abundantemente. Una vez, en pleno ataque depresivo cogí un clip sujetapapeles, estiré una de sus puntas y me grabé su nombre en el antebrazo. Cada vez que la herida cicatrizaba volvía a levantarme la costra, la sangre resbalando por mi brazo dejaba constancia de que estaba más vivo de lo que me sentía. Un día mi madre se fijó en mis lesiones y me convenció llorando de que debía ir a un psiquiatra. Mis padres no comprendían el sentido de mi automutilación. No podían entender que eso era lo único que podía controlar en mi vida. Para mí era mucho más fácil dominar el dolor físico, que ese dolor anímico que sentía y que me estaba matando.
Ahora voy al psiquiatra, le explico mi vida de mierda y él me receta pastillas. Los somníferos, los tranquilizantes y los antidepresivos se han convertido en parte de mi dieta habitual, por lo menos teóricamente. La mayoría de las veces las putas pastillas van directas a la taza del water. Sufro, pero no quiero olvidarme de Silvia. A nadie le he contado que en las noches de insomnio, su nombre tatuado en letras chinas sobre mi piel, parece quemarme el corazón.

viernes, 1 de abril de 2011

Una luz

Hay una luz en mí,
que dices que guía tu vida,
una luz que hace de tu
noche, perpetua vigilia,
una luz que se escapa
de una estrella hermosa,
una estrella sedosa,
que a tu piel responde,
con lágrimas preciosas.

Lágrimas placenteras,
lujuriosas ideas,
chocolate dulce e intenso,
alimento para el alma,
y también para el cuerpo.
Eterno amor lujurioso,
tu voz brilla distante.
Increíble deseo amoroso,
mi luz responde al instante.


                                                                                                                         (2008)

viernes, 25 de febrero de 2011

Palabras

Miguel Saavedra estaba licenciado en Filología Hispánica e Historia del Arte, pero no le gustaba la enseñanza. Vivía en una ciudad pequeña con muy pocos museos y no había conseguido entrar a formar parte del personal de ninguno de ellos. Hacía dos años que se había casado y su mujer le había conseguido un trabajo en la fábrica de toldos y parasoles en la que ella trabajaba como secretaria. Después de todo, de algo tenían que comer. Pero Miguel Saavedra tenía un sueño: quería ser escritor. Desde que había empezado a trabajar en la fábrica, su fantasía se había desbordado increíblemente, y le bullían las palabras en la cabeza. Se sentía incomprendido y por eso había levantado un muro de silencio a su alrededor, contra el cual se rebelaba el borboteo incesante de palabras en su mente. Le hubiera gustado liberarlas y así hablar con sus compañeros de trabajo, con su mujer, con el panadero, con el mecánico, con todo el mundo. Le hubiera gustado derrumbar el muro y bañar con la marea de sus palabras a todos, y dejar constancia de que no era estúpido, de que él también sufría y podía entender el sufrimiento de la otra gente, de que él también gozaba y se alegraba de la felicidad de los otros, de que él también era un ser humano igual a los demás, y sin embargo diferente, como todos, de que existían otros mundos distintos con los que soñar. Pero no podía, se sentía vulnerable y su muro de silencio le aislaba y a la vez le protegía de las burlas de los demás. Podía observar el mundo desde su atalaya, y comprender cosas en las que nadie había reparado. Y sin embargo, los bloques de silencio con los que había construido su muralla empezaban a pesarle demasiado, necesitaba expresarse, dejar en libertad las palabras que aprisionaba en la cárcel de su garganta, a través de sus narraciones.
Había escrito algunos cuentos, y acariciaba la idea de escribir una novela, imaginando personajes, creando escenas en su mente y espacios posibles en donde llevarlas a cabo. Incluso se había apuntado a unos talleres literarios con objeto de mejorar su prosa lo máximo posible, también para hacer más ligero el peso del silencio y para no morirse de soledad, expresándose por fin, dejándose llevar por las palabras sin miedo a la incomprensión. Esa semana le habían propuesto que reflexionara sobre el arte y la vida a partir de un cuento de Marcel Schwob. Leyó el cuento atentamente, pero no sabía qué escribir. Por la noche después de cenar, estuvo reflexionando sobre el tema, releyó el cuento varias veces, volvió a reflexionar. Pepa, su mujer, se acercó a él y lo abrazó desde detrás de la silla donde siempre se sentaba a escribir, le besó el cuello dulcemente, introduciéndole una mano bajo su camisa en una caricia incitadora, pidiéndole mimosa que fuera a la cama con ella.
-Espérame que vengo ahora mismo- le dijo sonriéndole después de apuntar en un papel algo que se le había ocurrido en ese mismo instante. Su mujer se fue convencida a medias, pues no era la primera vez que le decía eso y cuando aparecía, ella ya se había dormido. Pero él había encontrado una frase, y estaba contento como un buscador de plata que encuentra un filón, porque creía que tirando de ella podría escribir algo interesante. Había apuntado: “El arte forma parte de la vida y no pueden separarse”. Se dijo a sí mismo que no debía preocuparse, después de todo, el tema era perfecto para él. Buscó sus apuntes de Introducción a la Historia del Arte, porque pensó que quizá encontraría alguna cosa interesante que le sirviera para la reflexión. Encontró un comentario de texto que hizo una vez y extrajo una frase que le llamó la atención: “Tal como dice Gombrich hay que tener 'una mente muy limpia, un espíritu capaz de elevarse por encima de todo, no enturbiado con palabras altisonantes y frases hechas'. Sólo así podemos, a través del arte, humanizarnos”. Siguió investigando en los apuntes y aún encontró dos frases más. Apuntó una frase de Alexandre Cirici: “El arte es expresión y comunicación”, y otra de Max Dvorák, al igual que el otro, también historiador del arte: “El arte no es sólo forma, sino que también y principalmente es la expresión de las ideas que dominan la realidad”. Escribió dos párrafos con sus reflexiones sobre el tema y las refrendó con alguna de esas frases.
Se acordó de repente de su mujer y se fue a la cama, pero la encontró dormida. Entonces miró el despertador y vio que era casi la una. Se desnudó e intentó dormir, pero no pudo, en su cabeza daban vueltas las frases que había escrito y cuando por fin consiguió dormirse después de mucho rato, tuvo un sueño en el que las palabras de las frases se mezclaban unas con otras, al final no se entendía nada de nada, y él echaba a llorar de pura angustia, hasta el punto de despertar sollozando.
A la mañana siguiente, sonó el despertador a las seis y media. Miguel lo apagó mecánicamente, y se dio la vuelta completamente adormilado. Cuando su mujer salió del baño y lo vio dormido, recordó cómo, por enésima vez, su marido la había despreciado en favor de sus palabras. Lo zarandeó sin ninguna delicadeza:
-¡Venga, despierta!, vamos a llegar tarde al trabajo por tu culpa.
-¿Qué hora es?- preguntó Miguel incorporándose de repente, mirando el despertador. Luego, con un patético aullido, dejó caer de nuevo su cabeza sobre la almohada-. Odio mi trabajo.
-Sí, pero nos ayuda a pagar las facturas- contestó su mujer en un tono agrio.
-Estamos de buen humor, ¿eh?
-Vete a la mierda- susurró ella.
El trabajo no fue mucho mejor que el despertar. Trabajaba como montador de toldos junto a José, un tipo quince años mayor que él y que llevaba toda la vida trabajando en la fábrica. No era un mal hombre, pero tenía un genio vivo y aparte de toldos, coches, fútbol y mujeres, no se podía hablar de gran cosa más con él, así que Miguel permaneció callado gran parte de la mañana. Fueron a una casa a instalar un toldo. Hicieron agujeros en la pared de la terraza para atornillarlo, y como ocurría no pocas veces, Miguel tenía la cabeza en otra parte. Sentía bullir de nuevo las palabras en su interior, pero con un vigor extraño y desmedido. Parecía que en cualquier momento podían derramarse y echarse a perder para siempre.
-¡Joder, Miguel!, ¿todavía estamos durmiendo o qué?-. La voz de José atronaba a su espalda-. A ver, explícame cómo vamos a meter estos tornillos por esos agujeros tan pequeños, ¿eh?, ¿me lo puedes explicar?, ¿me puedes decir dónde cojones tienes la cabeza?, ¡que ya estoy harto de explicártelo, tío!, ¡que ya estoy harto!
La señora de la casa que escuchaba en silencio la bronca que Miguel recibía, casi sintió pena por él, porque no sabía que ya estaba acostumbrado a esos estallidos de José. Además estaba demasiado preocupado por si perdía sus palabras, como para esmerarse también en que el diámetro de los agujeros fuera el adecuado para los tornillos que habrían de introducirse dentro. Tenía que hacer algo para que no se le escaparan las palabras.
-Señora, ¿puedo ir al baño un momento, por favor?- preguntó Miguel ante el asombro de su compañero.
-¡Coño, Miguel, al trabajo se va meado! Discúlpele, señora, es que es nuevo y...- mintió José completamente abochornado por lo que consideraba una falta de profesionalidad.
-No pasa nada. Estas cosas ya se sabe, se presentan cuando uno menos se lo espera. Pase por aquí-. La mujer indicó a Miguel el baño, y José cambiando la broca del taladro por otra más gruesa se dispuso a repasar los dichosos agujeros con evidente mal humor.
En el baño, Miguel sacó una pequeña libreta que siempre llevaba en el bolsillo y un lápiz tan gastado que casi resultaba un milagro que pudiera escribir con él. Apuntó con urgencia todo lo que bullía en su cabeza, sin importarle el desorden en el que salían las frases. Cuando terminó se quedó más tranquilo.
-¡Coño, ya era hora!, me pensaba que te se había tragado la taza- dijo José al verlo aparecer de nuevo.
-Se te había tragado- corrigió Miguel, siempre empeñado en que su compañero hablara mejor.
-¿A mí, por qué?, eres tú el que ha ido al baño.
-No, te digo que no se dice “te se había tragado”, se dice “se te había tragado”- insistió Miguel.
-¡Ya estamos otra vez con las dichosas palabritas! Déjate de tonterías y manos a la obra, que a este paso no terminamos nunca. Además, yo hablo como me da la gana, ¿estamos?, ¡¿no te jode, el tío este?!
Acabaron de colocar el toldo, con alguna que otra bronca más por parte de José, que ese día parecía no haberse levantado con buen pie. Pero Miguel seguía cavilando sobre el arte y la vida y no le hacía caso. De regreso a la fábrica, estuvo a punto de preguntarle su opinión sobre qué creía que era más importante, si el arte o la vida, pero se calló a tiempo. Sabía que de José sólo sacaría un improperio, tal vez una burla si estuviera de mejor humor, así que mantuvo inmóviles las cuerdas vocales y siguió pensando durante todo el día, sin apenas hablar con nadie.
Al llegar a casa, después de ducharse, buscó la libreta donde había escrito lo que se le había ocurrido por la mañana y lo pasó al ordenador, aprovechó algunas cosas que había escrito el día anterior y otras las borró porque no acababan de gustarle. Leyó el texto, lo arregló. Cuando por fin estuvo satisfecho, lo releyó de nuevo. Decía:
“En cualquier caso, la pregunta que quizá subyazca en la narración de Marcel Schwob podría ser: ¿qué es más importante, la vida o el arte? Indudablemente y en cuanto a seres humanos que somos, lo principal es la vida. Pasó mucho tiempo y mucha vida antes de que los humanos fuéramos capaces de cualquier representación artística, y por supuesto cuando se empezó a desarrollar el primer arte prehistórico, no se entendió como ahora entendemos las manifestaciones artísticas, sino que más bien tenía una función de rito religioso. Pero es precisamente este componente espiritual del primer arte, el que ha prevalecido constantemente a través de la historia en las obras artísticas, aún cuando actualmente no tengan la misma finalidad que entonces.
Es evidente que el arte está imbuido de vida por todas partes, pues el arte encuentra su materia prima en la vida, a la que está ligado bajo todos los puntos de vista, pero ¿acaso no es cierto que el arte humaniza la vida, a través de su componente espiritual? No creo que sea pertinente preguntarse si el artista verdadero vive la vida o vive su arte, puesto que sin duda su arte es su vida y por lo tanto vive la vida que quiere.”


Miguel siguió reflexionando y escribiendo hasta que llegó Pepa, que había salido a comprar. Hicieron la cena juntos, pero Miguel, al igual que durante el día, seguía callado, abstraído en sus propios pensamientos.
-Cariño, mañana saldremos a cenar, ¿no?- preguntó Pepa después de mucho rato sin decir nada.
-¿Mañana, por qué?
-Porque me lo prometiste. Te recuerdo que el miércoles pasado fue mi cumpleaños y me prometiste que este sábado saldríamos a cenar fuera.
-¿Y no podríamos salir otro sábado?, me va mal salir mañana, voy muy atrasado con lo que estoy escribiendo y...
-Claro, claro, no importa que me haga ilusión. Lo primero es lo primero, ¡y está muy claro que para ti, tus palabras y tus historias siempre son más importantes que yo!, ¡cualquier cosa es más importante que yo!
-No digas eso, mujer...
-¡Ya hace muchos días que lo veo!, pero ¿sabes qué te digo?, que no te preocupes. Llamaré a Teresa que tiene un marido tan inútil como tú, y a Laura, que fue la más inteligente de las tres y mandó al suyo a la mierda hace tiempo, nos montaremos la fiesta por nuestra cuenta y seguro que me divierto más que saliendo contigo, porque últimamente estás de un muermo que da asco, hijo.
Cuando Miguel vio a Pepa tan furiosa decidió que sería mejor salir con ella, pero Pepa le contestó que no, que la tenía muy harta y que ya era demasiado tarde. Al día siguiente, Miguel insistió, insistió mucho, pero no pudo convencer a Pepa, y cuando ella cerró la puerta tras de sí, después de advertirle que no la esperara levantado, él se hizo el firme propósito de cumplir con sus promesas a partir de ese momento. A pesar de todo, con más alivio que otra cosa, se sentó delante del ordenador y releyó de nuevo las palabras escritas. Ahora ya no le satisfacían, las borró y volvió a comenzar.

domingo, 30 de enero de 2011

Vida y muerte


Se inquieta el deseo y se hace presente,
Incrédulo de sus dimensiones,
Como un temido fantasma de desgobierno,
Iniciático camino de vida y muerte,
Escandaloso signo de una idea alargada,
Absurda, pero con deseo acariciada.

Idea roja, salvaje, lujuriosa,
Demonios ardientes que hurgan mi alma,
Nacidos de un día brumoso y solitario,
Nacidos del dolor y del ahogo,
Nacidos de la aniquiladora pasión
Que a mi corazón desconcierta.

Deseo intenso, empapado de infierno,
Clamorosa tensión e imaginación desbordada,
Imposible y peligrosa figura plana
Que oculta la gris y fantasmal niebla,
Destructora locura que golpea a la razón,
La insidiosa vía de quien no conoce la Vida.

¿Cómo quemar toda la pasión que me reseca, voluptuosa?
Bulle y me abre los poros de la piel, que, expectante
Y ya cuando el infierno está a punto de estallar,
No distingue entre ángeles y demonios,
Monstruos alados que la poseen salvajemente
O estrellas doradas que la guían mágicamente.

No distingue entre dolor y placer,
No distingue entre el bien y el mal,
Sólo es un deseo,
Sólo es un estallido,
Sólo es la Vida,
Sólo es la Muerte.

© Assumpta Solsona Cabiscol. Todos los derechos reservados.


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