Si te gusta lo que lees, apóyame para que pueda seguir escribiendo y recomiéndame :-)

martes, 10 de mayo de 2011

Ironías del destino


Soy el menor de tres hermanos. De pequeño, todo el mundo decía que era un niño hermoso: mis padres, mis abuelos, mis tíos, los vecinos, todos. Casi parecía un ángel. Tenía la cara redondita y sonrosada, el pelo rubio claro y los ojos verdes. Sabía ganarme el corazón de la gente con mis monerías y mis carantoñas. Era normal que me consideraran un niño guapo. También era normal, hasta cierto punto, que mis hermanos me envidiaran y se inventaran cada día nuevas formas de humillarme, pero no siempre se salían con la suya. Al lado de esos monstruos tuve que aprender a defenderme desde muy pequeño. La adoración que sentían los mayores por mí era mi mejor defensa, afiné mi astucia con prontitud. Algunas veces incluso conseguía que les castigaran por alguna supuesta humillación que nunca tuvo lugar, como la vez que con ocho años decidí, a la hora de la cena, que no quería comerme la verdura.
Recuerdo que en ese momento mi padre no estaba en casa, no sé porqué. Mi madre se levantó y fue a la cocina a buscar algo. Nos quedamos los tres hermanos comiendo, aunque en mi caso sólo lo hacía ver. Nunca me había gustado la verdura y había estado jugueteando con ella, haciendo diferentes montoncitos en el plato. Urdía algún plan de urgencia que me evitara tener que tragarme aquella asquerosa papilla hecha a base de patatas y judías verdes, que mi madre había aplastado con un tenedor solícitamente, para que me fuera más fácil engullirla. Me toqué distraídamente la frente y me dolió. Esa tarde, mi hermano mayor me había empujado porque quería coger la pelota antes que yo llegara a ella, y mi frente había ido a dar contra la pared. En realidad, mi hermano no había querido hacerme daño, simplemente se pasó con el empujón, pero a mí me había salido un chichón considerable, a esas horas adornado ya por un cardenal. Me había dolido mucho. Recordaba el dolor, estaba enfadado, y en ese momento mi madre no estaba. Era entonces o nunca.
Me apreté muy fuerte el chichón y el dolor se intensificó. Me dolió tanto que los ojos se me llenaron de lágrimas, al mismo tiempo que empujaba el plato hasta tirármelo encima. Mis hermanos tardaron unos segundos en reaccionar, durante los cuales aproveché para pegarme dos puñetazos lo más fuerte que pude en el chichón.
-¡¿Pero qué haces, subnormal?!- gritó mi hermano mayor, mientras de fondo empezaban a sonar mis berridos como una alarma acusadora, acompañados además de lágrimas de verdad.
-¿Qué pasa ahora?- preguntó mi madre gritando desde la cocina.
-¡¡Julián me ha tirado el plato encimaaaaaa!!- grité, sin dejar de aullar. Había aprendido a llorar tan bien que hipaba y todo.
-¡Pero bueno, Julián, es que ya está bien, ¿eh?, hoy te estás pasando de la raya!
-¿Pero si ha sido él, se ha tirado el plato él solito!- protestó Julián con toda la razón del mundo.
-Anda, no digas tonterías, ¡que eres el mayor, hijo!, ¡que deberías dar ejemplo, hombre!, pero ¿cómo va a tirarse el plato encima tu hermano? Y tú, Carlos, deja de llorar de una vez, ¡que me tenéis harta!
-¡Pero si te digo la verdad!, ¡díselo, Alfredo!- gritaba Julián, pidiendo la mediación de mi otro hermano en el conflicto.
-Es cierto, mamá.
-¡¡Basta ya!!, ¡ni una palabra más!- gritó mi madre, recogiendo el plato que había caído al suelo y los restos de la comida-. ¿Cómo queréis que os crea, si siempre estáis conchabados contra vuestro hermano pequeño? Si deberíais ayudarlo, protegerlo, por ser sus hermanos mayores, y en vez de eso... ¡vamos, hombre! Ya hablaré con vuestro padre cuando llegue. Y tú ven conmigo que te voy a cambiar.
Y así era siempre. Una eterna guerra con muchas batallas, que a veces ganaban mis hermanos y otras veces ganaba yo. La tensión entre nosotros era evidente. Creo que fue justamente en esos años que empecé a comerme las uñas. Miraba el televisor y me comía las uñas, escuchaba la lección en la escuela y me comía las uñas, maquinaba venganzas y travesuras que pudieran comprometer a mis hermanos y me comía las uñas. Mi madre ya no sabía qué hacer para hacerme desistir de tal afición. Nada daba resultado. Ni manotearme todo el día los dedos cuando iba a acercármelos a la boca, ni frotar guindilla en lo que quedaba de mis uñas, ni ponerme un líquido que vendían en las farmacias, nada. Mi vicio era irreductible. Ya en mi adolescencia y cuando ya se había dado por vencida, a veces mi madre me cogía las manos y miraba con pena mis uñas, y entonces decía:
-Tan guapo y con estas uñas, ¿qué dirán las chicas cuando quieras empezar a salir con ellas?
-¡Ay, mamá!- exclamaba yo, apartando las manos rápidamente con gesto avergonzado.
En la adolescencia, las relaciones con mis hermanos no mejoraron en absoluto, al contrario, nuestras mutuas venganzas eran más elaboradas. Pocas veces me había ganado antes en astucia y tampoco iban a hacerlo después.
Mi hermano mayor, que siempre se había valido de su superior fuerza física para hacerme daño, se encontró de pronto con que no le era tan fácil, dado mi considerable desarrollo físico. Recuerdo que cuando yo tenía dieciséis años, las niñas me perseguían. Julián salía con la hermana mayor de una de mis compañeras de instituto. La niña se ponía pesadita. Yo le gustaba y siempre me seguía a todas partes con cara de carnero degollado, hasta que al final se me ocurrió una idea. A pesar de que no me gustaba demasiado, le dije que si le hacía el favor de decirle a su hermana que Julián la engañaba con otra, saldría con ella. Se lo planteé así, como si mi estricta moral no pudiera concebir un engaño de tales características por parte de mi hermano... y por supuesto no era cierto. Mi hermano quería a esa chica de verdad, nunca la había engañado, pero la duda anidó en el corazón femenino, y no lo perdonó. La relación acabó y yo me sentí muy feliz. Me comía las uñas imaginando la escena y sonreía, tiraba de ellas y me las arrancaba. Sentía un ligero dolor placentero. Las inspeccionaba una a una buscando esquirlas desde las que tirar, así favorecía la consecución de ese dolor/placer que redondeaba con la imagen de mis dos tortolitos favoritos rompiendo.
Pero ésa sólo fue la primera parte de mi celebración. La segunda consistió en tirarme a mi compañera de curso varias veces. Estaba tan enamorada de mí que no se hizo rogar mucho, y desde luego, al contrario de lo que decía mi madre, no pareció importarle que casi no tuviera uñas. No era muy guapa de la cara, pero tenía unas tetas preciosas. Al cabo de poco más de seis semanas me acusó de que sólo había salido con ella por el sexo y me dejó. Evidentemente, yo me defendí, después de todo, si salía con ella era para mantener mi palabra. Ella mantuvo su parte del trato y yo el mío, ¿qué más quería? Aún así, lo mejor de todo, sin duda alguna, fue ver lo jodido que estaba mi hermano, y el muy gilipollas no entendía nada. Nunca se enteró de nada. Cada vez que pensaba en eso me descojonaba.
Un par de años más tarde, tuve la ocasión perfecta para vengarme de Alfredo de una vez por todas y la aproveché. Fui incluso más cruel que con Julián, pero ¡qué coño!, se lo merecía. Mi hermano mayor era fuerte y se aprovechaba de su fortaleza, como yo me aprovechaba de mi aspecto físico y mi encanto, pero Alfredo... Alfredo era rastrero, un jodido entrometido, un aprovechado de mierda. De pequeño apostó por el más fuerte, y con el más fuerte se quedó, aunque no fuera lo justo. Pero yo le enseñé lo que era justicia. Cuando empezó a salir en serio con una chica, me enteré casualmente de quien era. Me hice el encontradizo con ella varias veces, le decía cosas bonitas, la miraba como si fuera la única mujer sobre la faz de la tierra, y a ella parecía gustarle todo ese juego. Una vez incluso me dio su número de teléfono y a veces la llamaba y hablábamos.
Confieso que al principio no había planeado una venganza tan despiadada, pero los acontecimientos me la pusieron en bandeja. Mis padres se habían ido de vacaciones, Julián había ido de acampada con sus amigos el fin de semana y, por supuesto, Alfredo contaba con disponer de la casa para él y su novia durante esa noche, porque suponía que yo saldría por ahí con mis amigos. Eso le había dicho yo, pero cuando me contó sus planes, cambié rápidamente de idea. Cuando se fue a buscar a su novia, aún no había terminado de cerrar la puerta de casa que yo ya la estaba llamando. Ahí estaba con el teléfono pegado en la oreja, tirando de un padrastro del dedo medio, sintiendo el escozor de la carne viva, mientras esperaba que me contestaran al otro lado de la línea. Cuando conseguí que se pusiera ella, le dije supuestamente de parte de mi hermano, que no podría irla a recoger porque había tenido que hacer algo, no recuerdo qué le dije, y que si quería venir, que yo le haría compañía mientras mi hermano llegaba.
Aceptó sin remilgos, no hizo falta convencerla de nada, y al cabo de veinte minutos ya estaba en casa. Yo sabía que me deseaba, lo veía en sus ojos, y a mí también me gustaba ella. Era preciosa. No sé qué habría visto en el desgraciado de mi hermano, la verdad. Cuando llegó me di cuenta de otra cosa. A ésa tampoco le importaba que mis dedos parecieran muñones. Fue ella la que se me insinuó, la muy zorra, y no tardó ni diez minutos. Alfredo nos pilló haciéndolo en el sofá. Su cara era un poema, jamás la olvidaré. Cornudo y además gracias a su propio y odiado hermano. Realmente glorioso. Por supuesto, me dio un puñetazo que me partió el labio, pero valió la pena. Yo, con puñetazo y todo, me meaba de la risa, su novia lloraba, y él gritaba que ya no tenía hermano pequeño, que era como si hubiera muerto, que los dos habíamos muerto para él. Como si alguna vez yo le hubiera importado ni una pizca, al muy hipócrita. La lástima es que no pude acabar de tirarme a su novia, que salió corriendo detrás de él, llorando como una Magdalena penitente. Para celebrar el éxito me hice una paja en su honor. Fue un placer extraño correrme sintiendo la quemazón del labio inflamado y herido y el sabor de la sangre en la boca, extraño pero nada desdeñable.
Nunca nos paramos a pensar en las cosas que suceden. Vivimos rápido, sin apenas tener tiempo para respirar, sin apenas tiempo para sentir. Y a veces actuamos mal, impelidos por las circunstancias o simplemente por iniciativa propia. Si he de ser sincero, no sé quién tuvo la culpa de los constantes enfrentamientos entre mis hermanos y yo. Me gusta pensar que fueron ellos los que empezaron. Eran mayores, deberían haber tenido más compasión y más ternura hacia mí, que era más pequeño. Pero lo cierto es que mi carácter tampoco contribuyó a poner paz. Y un buen día aprendes lo que son las ironías del destino. Y otro día, no tan bueno, las sufres en tus propias carnes.
Mi popularidad con las chicas no hacía sino aumentar y aumentar. Todas me perseguían, muchas me gustaban, pero no conseguía enamorarme de ninguna, hasta que un día encontré a Silvia. Todas las chicas decían que era muy guapo, pero a ella no parecía importarle. En vez de perseguirme como todas las demás, parecía que huyera de mí. Se vestía extravagantemente, siempre con gorros y sombreros, casi nunca sonreía, pero cuando lo hacía era como si Dios acabara de crear la luz. A base de mucha paciencia y mucho empeño conseguí hacerme amigo suyo. Un día le confesé que estaba enamorado de ella como no lo había estado nunca, y entonces hizo algo que me dejó perplejo. Sin decir ni una palabra se quitó el gorro que llevaba puesto, y el pelo que asomaba por debajo se movió y despegó de su cabeza siguiendo el camino iniciado por el gorro. Me quedé sin habla. Ante mí estaba Silvia completamente pelona, mirándome con los ojos humedecidos. Pasamos quizá medio minuto en mutua contemplación, pero yo no alcanzaba a encontrar las palabras adecuadas, era como si cualquier mecanismo de expresión se hubiera borrado de mi mente. A Silvia le resbalaron dos lágrimas por las mejillas, se puso el gorro, se levantó arreglándose el pelo -que estaba cosido al gorro-, y se fue. Corrí tras ella.
-¡Espera!, no te vayas.
-¡Déjame!- exclamó ella soltándose con rabia cuando la sujeté del brazo.
-Pero yo te quiero...
-¿Es que no lo entiendes?, tengo cáncer, me estoy muriendo y nada va a salvarme, ni los médicos, ni Dios, ni tu amor, ni nada-. Silvia realmente enfurecida, lloraba sin control. Su rabia y su dolor aprisionaron mi corazón hasta hacerme llorar a mí también. Yo nunca antes había soltado ni una lágrima por una chica. La abracé.
Aquella noche no pude dormir, di mil vueltas en la cama, me monté una orgía onicofágica y me comí las uñas y los padrastros hasta hacerme sangrar varios dedos. Al día siguiente todos estaban tumefactos, y al cabo de dos días, un par de ellos de habían infectado y supuraban. Notaba el dolor de las manos en cada movimiento y eso de alguna manera disimulaba el dolor anímico que sentía. La mujer que yo amaba se estaba muriendo y no podía hacer nada para solucionarlo, no podía vengarme del destino como otras veces me había vengado de mis hermanos. No le conté a nadie de mi familia lo que me pasaba, no quería que nadie se burlara de mi sufrimiento.
Silvia no duró mucho. Creo que fueron ocho meses, quizá nueve. Meses que se convirtieron en el paraíso y a la vez en el infierno. Los primeros cinco o seis meses los aprovechamos todo lo que pudimos, el tiempo de la radioterapia y la quimioterapia había pasado y se encontraba con más fuerzas. Un hermoso cabello rojo a conjunto con sus cejas le iba creciendo. Sabía que iba a morir y no quería perderse nada, íbamos de concierto siempre que podíamos, no nos perdíamos ninguna exposición porque a Silvia le gustaba mucho el arte. Fumábamos porros porque decía que le calmaban el dolor, y lo cierto es que nuestro destino parecía más soportable envueltos en el humo de la marihuana. Cuando tenía una de sus crisis de mal rollo, como ella las llamaba, me trataba mal, pero siempre acababa arrepentida de haberme dicho todo lo que me decía y confesando que lo hacía para que la dejara y empezara a vivir mi vida lejos de ella, con alguna chica que me hiciera feliz para siempre.
-Tú me haces feliz ahora. Siempre te llevaré en mi corazón- le decía abrazándola y meciéndola entre mis brazos hasta que se calmaba. Luego nos besábamos dulcemente y algunas veces acabábamos follando como dos posesos. A ella no le gustaban las medias tintas. Decía que el día que muriera ya no podría sentir nada, así que tenía que aprovecharse ahora.
Por supuesto, mis estudios se resintieron. Ella había dejado la universidad hacía meses y prácticamente se vino a vivir conmigo al piso de estudiantes que yo compartía con dos chicas y otro chico. A ellos no les importó. Conocí a la familia de Silvia, parecía que tenían pasta. Dejé de ir a clase y también dejé de volver a casa de mis padres los fines de semana. Mejor, así me ahorraba ver el careto de mis hermanos, que ya ni me hablaban. Un día se me ocurrió tatuarme su nombre con letras chinas en el pecho, encima del corazón. Cuando se lo dije, me contestó que ella haría lo mismo con mi nombre, y que me llevaría en su corazón hasta la tumba. Y así lo hicimos. Vivíamos. Vivíamos todo lo intensamente que podíamos, porque Silvia se quedaba sin tiempo.
Los últimos tres meses fueron un auténtico infierno. Un día fuimos a ver una exposición de Kandinsky en la Fundación Miró. Decía que el uso del color en ese artista era fascinante. Disfrutó mucho con esa exposición, y justo al salir, después de comentármelo con una sonrisa en los labios, se desmayó. En el hospital le diagnosticaron que el tumor había vuelto a reproducirse, y esta vez ni siquiera consideraron la posibilidad de extirpárselo. Yo me pasaba los días a su lado, primero en casa de sus padres, ya que no podíamos salir demasiado porque se cansaba mucho, y más tarde, las últimas semanas, en el hospital. Hubiera hecho cualquier cosa para que ella siguiera viviendo, pero no fue así. Murió un dieciséis de septiembre y yo me morí con ella. Regresé a casa de mis padres en Lleida. Había vivido todo el verano en casa de Silvia, en Barcelona. Sus padres creían que era bueno para ella, pero cuando murió, yo ya no pintaba nada ahí.
Mis hermanos pasaron de mí, no se burlaron, pero yo sé que en el fondo se alegraron de mi desgracia. Mi madre no entendía cómo había sido capaz de pasar por todo aquello solo, mi padre no decía nada. La mayoría de las noches no podía dormir pensando en Silvia. Me arrasaba las uñas hasta las cutículas y a veces continuaba mordisqueándome la punta descarnada de los dedos hasta hacerlos sangrar abundantemente. Una vez, en pleno ataque depresivo cogí un clip sujetapapeles, estiré una de sus puntas y me grabé su nombre en el antebrazo. Cada vez que la herida cicatrizaba volvía a levantarme la costra, la sangre resbalando por mi brazo dejaba constancia de que estaba más vivo de lo que me sentía. Un día mi madre se fijó en mis lesiones y me convenció llorando de que debía ir a un psiquiatra. Mis padres no comprendían el sentido de mi automutilación. No podían entender que eso era lo único que podía controlar en mi vida. Para mí era mucho más fácil dominar el dolor físico, que ese dolor anímico que sentía y que me estaba matando.
Ahora voy al psiquiatra, le explico mi vida de mierda y él me receta pastillas. Los somníferos, los tranquilizantes y los antidepresivos se han convertido en parte de mi dieta habitual, por lo menos teóricamente. La mayoría de las veces las putas pastillas van directas a la taza del water. Sufro, pero no quiero olvidarme de Silvia. A nadie le he contado que en las noches de insomnio, su nombre tatuado en letras chinas sobre mi piel, parece quemarme el corazón.

9 comentarios:

Ángel Iván dijo...

La química mata los recuerdos y yo creo que tampoco querría olvidarme de Silvia, pero porque es por la propia superviviencia ya que si protagonista es como yo me lo he imaginado, Silvia es parte de él y olvidarla es matarle un poco.
Besotes.

Atapuerques dijo...

Momento glorioso me parece cuando dices eso de ...: "Como si Dios acabara de crear la luz".
Me ha encantado.
Luego me he puesto a llorar y casi me pierdo el resto de relato.
¡Que cabrón! ¡Qué suerte encontrarse con Silvia! No se la merecía. Le colocó en el lado de las personas humanas, con muñones en la manos pero, humano.

Ángel Iván dijo...

Vaya me borraron, creo que yo sería uno de esos estúpidos que no se olvidarían nunca de Silvia.
Me ha gustado mucho la histira, me ha puesto muy "tiernito"
Besotes.

panterablanca dijo...

Hay qué ver, qué lío con esto de los comentarios, ahora están, y ahora no, pero luego otra vez sí :-S Espero que por fin, blogger lo haya solucionado.

ÁNGEL IVÁN: Es una manera de interpretarlo, sí.
Besitos.

ATAPUERQUÉS: A lo mejor no era una cuestrión de merecerse a Silvia o no, quizá simplemente se necesitaban mutuamente.
Besos.

ÁNGEL IVÁN: ¿Por qué estúpido? Hay gente que realmente se hace inolvidable :-)
Más besos.

Folhetim Cultural dijo...

Olá passando em seu blog e aproveito para divulgar o meu que se chama Folhetim Cultural. Todos os dias da semana noticiário cultural e nos sábados.
7 da manhã: No café da manhã com poesia
9 da manhã: Palpiteca
11 da manhã: Devaneios do Ranzinza por Roberto Prado
15 horas: Charge de alexandre Costa
17 horas: Chá das 5
19 horas: Charge de Fernando Ferrari
21 horas: A crônica nossa de cada dia por Fernando Ferrari

endereço: informativofolhetimcultural.blogspot.com

Conto com sua visita! Até lá

Pablo dijo...

Llevo quince minutos en un sinvivir, pensando si lo que leí era real, era ficticio, una pesadilla o un canto a la realidad...pensando si merece la pena "comerse" el tarro por nuestras cotidianas estupideces, esperando la muerte en vano, en vez de reir y disfrutar de los tuyos el tiempo indefinido que nos quede en esta maravillosa y cruel vida.

Riol dijo...

Que te voy a decir, le odiaba, estaba con sus hermanos por cabrón y va y mira.... acojonante, sencillamente eso. Silvia no es más que una uña larga que desgasta... me gusta que tire por el water las pastillas, yo también lo hacía, me gusta, me gusta mucho como escribes

Carlos dijo...

Es probable qeu queme durante mucho mucho mnás tiempo.... Luego será una bella cicatriz, de esas qeu dignifican el alma.

Ricardo Miñana dijo...

Es un grato placer pasar a leerte,
que tengas un feliz fin de semana.
un abrazo.

© Assumpta Solsona Cabiscol. Todos los derechos reservados.


Safe Creative #1008130225798

Datos personales

Mi foto
Soy un espíritu libre

Seguidores

Free counter and web stats