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miércoles, 22 de junio de 2011

Sueños rojos


Me hago viejo, lo noto. Cada día que pasa es un día menos en el calendario de mi vida. Un calendario casi acabado que nunca tuvo demasiado sentido. Me salieron manchas en la piel, y verrugas, y también arrugas. El pelo hace tiempo que lo tengo blanco. Siempre he sido un poco vanidoso, siempre tuve éxito con las mujeres, decían que era guapo. Cuando empezó todo este proceso, no le di importancia. A algunas mujeres aún les gustaba más, parecía que les resultaba interesante. Pero llegó un momento en que me salieron demasiadas canas, y sobre todo demasiadas arrugas, y ya no me gustaba. Todos esos cambios ya no me favorecían de ninguna manera, sino que me hacían más viejo. Coincidió en ese tiempo que los pocos dolores físicos que me habían acuciado durante mi vida se hicieron más profundos y numerosos.
Nunca me casé ni tuve hijos. Tuve muchas aventuras, eso sí, pero las aventuras no dejan nada tangible, sólo recuerdos, algunas ni eso. Eran mujeres que iban y venían, pero nunca se quedaban. Yo no podía amarlas y ellas se cansaban de esperar un imposible. Nunca pude volver a enamorarme. Sí, una vez sí que lo hice, pero ya nunca más. La perdí. No sé quien fue el estúpido que dijo que más valía haber amado y perdido, que nunca haber amado. Yo hubiera preferido no sentir jamás ese dolor que tan cruelmente acabó petrificando mi corazón. Desde entonces, la soledad es mi eterna compañera. Daba igual que me rodearan miles de personas, era inútil que las mujeres compartieran sus vidas y sus cuerpos conmigo. Mi única amante real, la que me poseía totalmente, era la soledad.
Ahora ya no importa, poco tiempo falta para que esta mierda de vida acabe de una vez. Soy más viejo de lo que nunca pensé que llegaría a ser. Ochenta y tres años. Aunque nunca se sabe, en esta residencia me cuidan muy bien, quizá demasiado. Los días se hacen eternos, me los paso viendo la tele y dando paseos por el jardín. Dice el médico que es bueno para mi artritis. Antes leía libros, ahora mi vista está muy estropeada. Y los días de fiesta son peores. Yo pertenezco al grupo de los que nunca reciben visitas, sólo mi abogado cuando lo llamo, pero eso no cuenta, eso no es una visita de verdad. Recibo más visitas cuando duermo que en la vida real. Aunque para recibir visitas como las que tengo en sueños, mejor no tenerlas.
Suelo dormir poco. No quiero dormir, porque cuando por fin se me caen los párpados rendidos sobre los ojos, horribles pesadillas ocupan mi mente. Mis sueños están poblados de personas, pero son truculentos, atroces, crueles. Siempre están teñidos de rojo. Me angustian.
Antes nunca tenía pesadillas. En eso también he notado que me hago mayor. Algunas veces sólo veo balas que perforan cabezas, picadillo de cerebro esparciéndose por las paredes y por las calles, hilos de sangre abriéndose camino entre las oscilaciones de una cara desconocida, escapando de heridas hechas por un fusil de precisión. Otras veces, casi siempre, los protagonistas de mis pesadillas son fantasmas de mi pasado, gente que viene a recordarme como murieron. Políticos del tercer mundo, ejecutivos con demasiado éxito, maridos o esposas muy ricos pero demasiado latosos, altos capos de la mafia a quien se deseaba eliminar con mucha discreción, más maridos y más esposas con un sentido demasiado abierto de la pareja. Todos se reúnen en mis sueños y mueren violentamente, en una especie de espiral que tiñe de rojo mis sueños. A todos los veo morir una y otra vez, en una especie de rito sangriento que parece no terminar nunca. Antes todo esto no me habría afectado lo más mínimo. No lo hizo cuando lo vi con mis propios ojos, pero ahora, quizá se me esté reblandeciendo el corazón.
Aunque el sueño peor de todos, el que hace que a veces me despierte no sólo jadeando de angustia, sino gritando y llorando como un niño abandonado, es cuando se repite de nuevo el momento en que perdí a mi amada. Me veo a mí mismo saliendo del baño del bar, en la terraza del cual, la había dejado esperando las bebidas. Oigo los ruidos que llegan de la calle y una inquietud con sabor a tragedia me embarga de repente. Después, la veo de nuevo entre mis brazos con su vestido de flores violetas ensangrentado. Creí que no volvería a verte, susurra dibujando media sonrisa en su bello rostro, antes de morir. Imposible olvidar su mirada triste, y el hilo de sangre que se le escurre de entre la comisura de los labios, esos labios que yo siempre deseaba besar. Lo vuelvo a hacer, intentando ahogar un sollozo desesperado sin lograrlo. Lo revivo casi cada noche. Tampoco he podido olvidar nunca el sabor de su sangre en mi boca.
Faltaban cuatro meses para que nos casáramos. Se llamaba Christine, era hermosa en cuerpo y espíritu, y yo estaba loco por ella. Le hubiera bajado la luna del cielo si me la hubiera pedido. Una tarde soleada del mes de junio, nos habíamos sentado en la terraza de un bar de moda, sin saber que estábamos, como se suele decir, en el sitio y el momento equivocados. Ella era la mujer de mi vida, perfecta para mí en todos los sentidos. Adoraba su bonita voz, su seductora manera de mirarme cuando quería que le hiciera caso en algo -imposible resistirse-, y su contagioso sentido del humor. A partir del día en que murió ya no fui el mismo. Algo se secó para siempre en mi interior.
Ese día también murieron tres hombres en el mismo sitio y otra mujer resultó herida. La policía dijo que se había tratado de un ajuste de cuentas entre grupos mafiosos rivales. Uno de los muertos era un importante capo, y los otros hombres, dos de sus secuaces. Yo entonces era teniente del ejército de tierra, uno de los mejores tiradores, y mi padre un coronel con muchas influencias. Gracias a ello pude enterarme de quién había dado la orden que acabó con la vida de mi prometida, y un sólo disparo me bastó para cargármelo limpiamente a distancia. Mi padre se encargó de que el hecho no tuviera consecuencias. No aprobaba lo que había hecho, pero lo comprendía, aún más tratándose de un mafioso. Pronto recibí un encargo del gobierno. Querían que eliminara de la forma más discreta posible al presidente corrupto de un país del tercer mundo, a cambio de una considerable suma de dinero. Me lo pintaron muy bonito, como un favor que le hacía a la patria y al mundo entero. Lo cierto es que a mí me daba lo mismo. Desde que Christine murió ya nada me importaba.
A los encargos del gobierno se sumaron otros de gente relacionada de alguna manera, pero que me contrataba por intereses mucho más personales que los de la patria. Descubrí que todo el mundo está dispuesto a pagar por conseguir lo que quieren, aunque sea con métodos no demasiado honrados. Mi padre dejó de hablarme, pero en esos momentos ya poco nos veíamos. Le parecía mucho más honorable que yo asesinara por la patria que por dinero. Yo viajaba mucho, cambiaba de residencia continuamente, y también de identidad. Me convertí en un asesino profesional, la oveja negra de la familia. Alguien tenía que hacer el trabajo sucio y a mí me pagaban muy bien por hacerlo. Nunca tuve remordimientos, pero últimamente los fantasmas de mi pasado parece que quieren ajustar cuentas conmigo en mis sueños, y yo sólo quiero abrazarme al fantasma de Christine y no dejarlo escapar nunca más. Me hago demasiado viejo.

3 comentarios:

Ángel Iván dijo...

Me has estremecido y me ha dado miedo, no he sentido ninguna compasión de tan "viejo" ser pero si y mucha de Chirstine y por algún instante, he visto dejes de Tirso y que todo hombre necesita ser redimido por una mujer.
Un besote fresco.

A.Torrante dijo...

Volviste Pantera! Pensé que te habías borrado. Muy buen cuento. Material para un Matt Damon.

panterablanca dijo...

ÁNGEL IVÁN: Dejes de Tirso?, ufff! Gracias, guapetón!
Un beso caluroso.

A.TORRANTE: No, nunca me he borrado, pero me lo tomo con calma, no se puede llegar a todas partes que quisiéramos :-)
Yo no le veo a Matt Damon en el papel, pero gracias por tus palabras :-D
Besos.

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