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jueves, 1 de noviembre de 2012

Un ramo de rosas rojas



Atardecía en un día sin sombras. El cielo estaba nublado. Ninguna sombra acompañaba los pasos del caballero, como tampoco acompañaba los pasos de nadie. Por eso mismo, había decidido salir de casa. Desde hacía mucho tiempo, sólo salía de noche o en días nublados. Tanto en un caso como en otro, nadie se percataba de su problema.
Entró en el cementerio, con un ramo de rosas rojas, y buscó entre las tumbas, la de su esposa muerta. Era demasiado tarde para que quedara alguien, exceptuando quizá el enterrador, pero si estaba, desde luego no era en esa zona. Pronto anochecería, no era una buena hora para estar en un cementerio, y menos en ése, del que se contaba que pasaban cosas raras. Pero él no tenía miedo. Sabía de sobras lo qué pasaba y a qué era debido.
Encontró la tumba, y a su llegada, una sombra leve se movió encima de la lápida. Se quitó la chistera. No era la primera vez que veía la sombra, y no se asustó. Aunque no hiciera sol, ahí estaba la sombra siempre. Incluso conjeturaba con la posibilidad de que los días de sol pudiera verse mucho más nítida y clara, pero eso, no podía saberlo con seguridad, porque nunca salía cuando el astro rey se paseaba por el cielo.
Pensó en su esposa, tan joven, tan bella... tan malvada. Nunca el tiempo arrugaría su piel, por lo menos en su memoria. Nunca la vida marchitaría su belleza... de eso se había encargado la muerte. Sonrió ante la ironía de su propio pensamiento. Acercó el ramo de rosas a la lápida, y la sombra pareció alargar también los brazos para recibirlo. Hacía once años que estaba muerta, y once rosas rojas le llevaba para conmemorarlo.
Sintió que unos pasos irregulares se acercaban por su derecha, y borró rápidamente la sonrisa de su cara.
-Señor, debería abandonar el recinto. Voy a cerrar las puertas- le dijo el enterrador parándose a su lado y observando la tumba que él miraba ensimismado en sus pensamientos.  
-Sí, vámonos. Empieza a hacer frío- contestó el caballero caminando hacia la salida.
-¡Señor!, ¿ha visto eso?
-¿El qué?- preguntó al asustado enterrador, clavándole una fría mirada.
-Me ha parecido ver algo... como una sombra que se movía sobre la lápida, señor.
-No diga tonterías. No puede haber ninguna sombra, hoy no hay sol... yo no veo nada.- Contestó con algo de desprecio el caballero.
-Juraría que había visto algo que se movía- insistió el enterrador, alcanzando con paso renqueante al caballero de la chistera y la capa negra, sin volver la vista atrás. Quizá si lo hubiera hecho, su miedo se habría convertido en terror, puesto que la leve sombra se extendió y salió de la lápida, sin acabar de dejarla, siguiendo los pasos que se alejaban, como si alargara un brazo pidiendo ayuda, quedando finalmente atrapada por uno de sus extremos, y revolviéndose después como enloquecida.
Ya lejos de la tumba maldita, a las puertas del cementerio, se despidieron los dos hombres, uno feliz de cerrar las puertas del cementerio, y volver a casa; el otro, contento con haber cumplido con el ritual de cada año... o con parte de él. Aún le faltaba lo más importante.
Nunca salía de casa los días soleados, porque no tenía sombra, y la gente podía darse cuenta de eso y asustarse, y condenarlo al ostracismo. Aunque en cierta manera, ya lo estaba, puesto que su vida se reducía a vivir entre sombras. Su casa siempre estaba en penumbra, y como su vida se desarrollaba en gran parte de noche, dormía gran parte del día, y evitaba encontrarse con la doncella. No importaba, se había acostumbrado a ello.
Recordaba el día del entierro de su esposa como el primer día que fue consciente de la falta de su sombra. Fue al marcharse del cementerio, mientras la tierra caía sobre el ataúd, de pronto un agudo dolor, como si le arrancaran la piel, pero por dentro, se apropió de su cuerpo, haciéndolo tambalearse y apretar los dientes. Comprendió que la maldición de su mujer había surtido efecto, y que de esa manera se manifestaba, aunque no fue muy consciente de ello hasta que llegó a su casa y bajó del carruaje. Hacía sol, pero ninguna sombra imitaba sus gestos. Un sudor frío recorrió su espalda recordando lo acaecido apenas dos días antes, mientras entraba en casa con grandes zancadas, antes de que otros pudieran cerciorarse de la inexistencia de su sombra.
Sabía de las infidelidades de la bruja de su mujer, y discutió con ella, la cual se reía viéndolo humillado, hasta que harto de la situación, la apuñaló. Pero ella no murió de repente. Tuvo tiempo de lanzarle una maldición con voz entrecortada.
-Me llevaré tu sombra a la tumba... y con ella tu conciencia. No será ésta la primera vez que mates... no tendrás remordimientos... y hasta disfrutarás haciéndolo. Así me aseguro de que tú también te condenas... al infierno... por toda la eternidad... Allí te espero... mi querido esposo...- Su esposa intentó una risa burlona, pero sólo le salió un extraño jadeo, acompañado  de una mueca que afeó su cara por un instante, y un borboteo antes de que una bocanada de sangre resbalara por su mentón. Y la maldición le había arrancado la sombra.
Desde ese momento, las palabras de la malvada mujer se habían cumplido al pie de la letra. Primero tuvo que matar a la doncella que tenían entonces, porque fue testigo de su falta de sombra y se asustó demasiado. En cierta manera le recordaba a su esposa. Tenía el mismo color de pelo, era joven y bastante hermosa. La poseyó y la estranguló justo al correrse. No sintió ningún remordimiento, y eso le permitió idear un plan perfecto para evitar que la policía descubriera su crimen, como también había hecho con el de su esposa, aunque en esa ocasión la suerte jugó un papel muy importante.
Después, cada año, en el aniversario de la muerte de ésta, si el cielo estaba cubierto de nubes, o el día nublado más cercano al mismo, le llevaba rosas rojas a su tumba, rojas como la sangre que brotó de su cuerpo cuando la apuñaló. Y más tarde, de noche, encontraba el máximo placer entre los brazos de alguna joven prostituta en la que repetía el doble crimen que había cometido hacía ya tantos años. Primero la gozaba mientras la estrangulaba, como había hecho con su doncella, y después la apuñalaba por el simple placer de recordar como brotaba la sangre del vientre de su esposa. Y nada empañaba el dulce momento, puesto que su conciencia se había quedado atrapada para siempre en una tumba del cementerio maldito.

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