Si te gusta lo que lees, apóyame para que pueda seguir escribiendo y recomiéndame :-)

jueves, 16 de abril de 2015

Cuestión de gustos

 



Un huevo frito. Eso era lo que me apetecía comer y eso me prepararía. Desde que era niña siempre me habían gustado los huevos. Cogí una sartén, la puse en el fuego y seguidamente vertí un chorrito de divino aceite de oliva dentro, que brilló como un rayo dorado reflejando la luz de la cocina. Esperé que se calentara. Cuando me pareció que estaba listo, rompí la cáscara del huevo y con cuidado de no salpicarme dejé caer el contenido dentro de la sartén. Esta vez había habido suerte, no se había reventado y alrededor de la abultada y sugerente yema amarilla empezó a cuajar, casi de forma mágica, la, en principio, invisible clara. Un alegre y a la vez peligroso chisporroteo rompió el silencio de mi cocina, extendiéndose un delicioso olor por la misma, capaz de resucitar a los muertos. Con una espátula le fui echando aceite encima, arriesgando la piel de mis manos con las salpicaduras que salían volando de la sartén, hasta que la clara formó un cinturón blanco alrededor de la yema, solidificándose totalmente. Luego, con la espátula recogí cuidadosamente el huevo procurando no romperlo y lo deposité con suavidad en un plato. La boca se me hacía agua, pero aún faltaba un pequeño detalle. Un poquito de sal y listo. Ya me parecía sentir el sabor seco y a la vez voluptuoso de la yema llenándome la boca, un sabor que, por un momento, me transportó al pasado, cuando la televisión era en blanco y negro, la policía iba de gris y la autoridad paterna no se discutía jamás. Un pasado en el que el huevo formaba parte de mi vida a diario, sobre todo a la hora de cenar.
Las cenas que me preparaba mi madre me encantaban, puesto que siempre me ofrecía aquello que más me gustaba. Las cenas, mucho más que los almuerzos, representaban en mi casa un tiempo de paz y relajación, en el que casi siempre todos mis placeres, que en esa época se circunscribían al de la gula, se veían satisfechos. Mi madre me daba aquellos alimentos básicos y sencillos que más me complacían, alimentos que por otra parte, yo nunca me cansaba de comer.
Así como la cena solía ser un placer, el almuerzo acostumbraba a ser un cúmulo de desprópositos y disgustos, no sólo para mí, sino también para mis padres, que muy a menudo tenían que enfrrentarse a mi gusto demasiado selectivo. Con increíble cabezonería me negaba a comer todo aquello que saliera de los cinco o seis productos que más me gustaban, lo cual, invariablemente, hacía que la comida se desarrollara como si de una lucha se tratara: mi madre gritando a pleno pulmón, yo apretando los labios obstinadamente para que ni una partícula de aquellos alimentos amenazantes invadiera mi cuerpo, y mi padre sin decir nada, pero claramente tenso, cada vez más y más hasta que su impaciencia culminaba en un acceso de terrible ira, llegando alguna vez, incluso a hundir de forma poco delicada mi cara en el plato que tenía ante mí, provocándome un susto de muerte y las consiguientes lágrimas que se abrían camino a través de los restos de la comida que quedaban pegados a mi cara. Todo un drama. 
La cena, en cambio, era otra cosa. Mi madre, muy a menudo, me preparaba platos de sopa con caldo de pollo, calentitos pero no demasiado para evitar posibles quemaduras, sardinas fritas a las que , con la solicitud de todas las madres, se encargaba de quitarles las espinas, antes de que me las comiera, mientras fui suficientemente pequeña como para que representaran un peligro real, lo mismo que hacía con la merluza frita y con los huesos de pollo, el cual cortaba en trocitos minúsculos para que no se me hiciera una bola dentro de la boca. También me gustaba la fruta, porque era eso lo que casi siempre comíamos en casa de postre, especialmente me gustaban la mandarina, con su dulce sabor delicadamente agrio y el plátano, con su dulzor cremoso. Pero había un alimento que junto con el pan no faltaba nunca en mi cena: el huevo. Cada noche, durante años, estuve comiendo un huevo en la cena, a veces frito, a veces en tortilla, casi siempre pasado por agua. Ése era, tan vez, mi alimento preferido cuando era pequeña, y mi madre, seguramente buscando la paz que se le negaba durante el almuerzo, nunca me lo escatimaba. Bueno, ése y el pan, una rebanada del cual me servía para dar por terminada la cena, incluso habiéndome comido ya la fruta. Para beber, únicamente gaseosa, siempre. Desde que mi padre me la dejó probar por primera vez, aparte de la leche, no bebía otra cosa, pues me hice adicta al cosquilleo travieso de las  búrbujas con sabor a limón en mi nariz, y nada me parecía mejor.
El olor del huevo frito me llamó desde mi plato haciéndome regresar al presente. Allí estaba, con aspecto simpático y mirándome con su único ojo amarillo. Decía "cómeme, cómeme", y yo me apresuré a hacerle caso. Hundí un trozo de pan en esa tentadora yema, me lo puse en la boca y... ¡huummm!

2 comentarios:

Celesti Casòliva dijo...

Molt bé princesa!, això ens ha passat a gairebé tots. Si canviem els ous per cigrons o llenties...

Josep Maria Garcia dijo...

Ja he dit que m'han vingut ganes de entaular me devant d'un bon esmorzar

© Assumpta Solsona Cabiscol. Todos los derechos reservados.


Safe Creative #1008130225798

Datos personales

Mi foto
Soy un espíritu libre

Seguidores

Free counter and web stats