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martes, 1 de marzo de 2016

De mi padre y de mi madre

 



Encima de una de las mesas auxiliares del salón tengo la foto en blanco y negro que se hicieron mis padres antes de casarse, en el año 1947. Mi madre, delgadita, sonriendo con dulzura, con la nariz y el arco de las cejas perfectos, con la frente despejada y el pelo ondulado tirado hacia atrás, como se estilaba en los años cuarenta, mirando a la cámara de frente con naturalidad. Mi padre, con la cabeza como yo nunca le conocí, es decir, llena de abundante pelo ondulado, y un bigotito que acentuaba su parecido con Errol Flynn, la sombra de un pequeño hoyito en la barbilla, la piel tostada -aunque si la foto fuera en color, seguramente estaría rojo como un tomate-, y la mirada perdida Dios sabe en que punto del espacio.
Mis padres ya no son más que la sombra de lo que habían sido, aunque algunas veces creo que me gusta más la sombra actual que lo que fueron ayer, tal vez porque el tiempo ha borrado su severidad para conmigo. Los siento más cercanos y más tiernos. Sus cuerpos se han transformado en averiadas máquinas, chatarras inservibles, especialmente en el caso de mi madre, a los que han tenido que ir acostumbrándose, a veces doblegados por sus servidumbres hasta extremos que rayan en la indignidad, pero sus fuertes espíritus permanecen. Son viejos, están llenos de arrugas y achaques, pero también de heridas y hermosos recuerdos que las batallas de la vida les han brindado, recuerdos de los que me hacen partícipe, pues mi madre es muy aficionada a contar la historia familiar una y otra vez. También mi padre cuenta su parte, pero para ello debo insistir más  porque siempre ha sido más callado. Y así me debato entre recuerdos propios y recuerdos prestados.
Estoy segura que fue esa reserva de mi padre y el misterio que de ella emanaba lo que de alguna manera llamó la atención de mi madre cuando se conocieron. Ella tenía diecisiete años, la guerra civil -que no la marcó especialmente-, la vivió siendo niña, y se había convertido en una joven inteligente, locuaz y divertida. Eran los tiempos duros de la postguerra, pero su juventud la empujaba a sacarle todo el jugo que podía a la vida. Los tiempos eran tan difíciles que cualquier ocasión  de divertirse era aprovechada hasta el límite, aunque por presiones morales, el límite nunca llegaba demasiado lejos. A ella le encantaba bailar, hubiera bailado hasta encima de la cabeza de un alfiler. La gente hacía corro a su alrededor cuando bailaba el vals y entre los ojos que la observaban, la intensa mirada de mi padre chocaba contra ella, que fingía no reparar en él.
Un día de fiesta mayor, mi madre descubrió esos ojos entre los participantes en una carrera de bicicletas. Se miraron de nuevo, justo al llegar mi padre a una curva, entonces resbaló y se cayó. Mi madre sonrío divertida, observando como el resistente competidor montaba en la bicicleta de nuevo y seguía adelante, para volver a caerse en el mismo sitio en la siguiente vuelta, después de volverla a mirar. Esta vez mi madre rió sin disimulo, coreando la risa burlona de sus amigas, pero su corazón encogió ligeramente. Mi madre no entendía porqué ese chico que siempre la miraba  nunca la sacaba a bailar y ni siquiera le hablaba. Finalmente, cuando se conocieron, supo que el que sería mi padre no sabía bailar, y creía que haría el ridículo bailando con alguien que parecía volar cuando danzaba.
Al cabo de dos años se casaron. Pronto llegaron los hijos y con ellos las obligaciones. A mi padre, la vida familiar lo cambió. Había vivido una juventud tumultuosa y aventurera, de la que no se sentía especialmente orgulloso, por eso no le gustaba mucho hablar de ella, ni entonces, ni ahora tampoco.
Se quedó sin progenitor a los trece años. Era pelirrojo y un tanto rebelde. Con quince años se alistó en el ejército republicano para luchar en la guerra civil, luego estuvo preso en la Universidad de Deusto, en Bilbao, que había sido convertida en campo de concentración por el ejército rebelde. Allí se dedicó a boxear bajo el amparo del teniente que dirigía el campo. Se escapó cuando ya había terminado la guerra junto con otro compañero que resultó ser de su mismo pueblo. Tuvo que robar comida porque el hambre acuciaba, y como no podían volver a su casa, porque los perseguía la Guardia Civil, se dedicaron a trabajar como braceros en una masía a cambio de comida y alojamiento en invierno. En verano hacían contrabando -el llamado estraperlo- porque lo pagaban bien, bajando penicilina a pie a través de los Pirineos, desde Andorra hasta el Hospital Sant Pau de Barcelona. Un día, los agentes de la Guardia Civil los descubrieron y les dispararon. Mataron a su compañero y a él lo hirieron en el talón, pero era rápido y llevaba bastante ventaja. Cojeando consiguió esconderse entre los arbustos y una enorme roca. Finalmente los agentes, ante el poco éxito de su búsqueda, se alejaron y él pudo salir de su escondite. La herida se le infectó y tuvo que sacarse él mismo la bala del talón.
Sobrevivió a esa herida pero decidió dejar de vivir de forma tan arriesgada y dedicarse a algo tal vez menos productivo económicamente, pero más seguro.
No tenía casa fija, se alojaba donde conseguía trabajo, y nunca estaba mucho tiempo trabajando en el mismo sitio, hasta que consiguió empleo de albañil, en el pueblo de mi madre. Allí se hizo muy amigo del cura, el cual habló ante las autoridades en favor de mi padre y se hizo responsable de él. De esa manera, la Guardia Civil por fin lo dejó en paz.
Empezó una nueva vida junto a mi madre. Me los imagino jóvenes y fuertes, amándose mucho pero también discutiendo mucho, porque su relación nunca ha sido muy plácida. Mi padre es muy testarudo y mi madre muy orgullosa. Me atrevería a decir que son muy opuestos en sus carácteres, un poquito dominante mi madre, indomable mi padre. Resultado: imposible el aburrimiento. Cuando yo era más joven, a veces creía que no se querían, que habían aguantado el matrimonio por costumbre. Supongo que pasarían rachas mejores y peores, como todas las parejas, pero ahora sé que se han querido mucho y que todavía se quieren. Lo he visto en la dulzura de algunas caricias y de algunas miradas que se dirigen. Hace poco me lo confirmó mi padre, cuando no recuerdo a santo de qué, soltó un tierno: "Es que yo no quiero estar sin tu madre". Lo dijo como si tal cosa, y nadie pareció reparar en ello, pero a mí me llegó al alma.
Supongo que entre tanta discusión también tuvieron tiempo de otras cosas, porque tuvieron cuatro hijos, dos chicos y dos chicas. A mi padre le hacía ilusión tener una hija, y aunque aceptó con gusto que los dos primeros fueran varones, cuando nació mi hermana se sintió muy feliz. Después de nueve años, mi madre se quedó embarazada de nuevo. Mis hermanos mayores tenían diecinueve y diecisiete años respectivamente, mi hermana, nueve, y a mi madre le daba un poco de corte haberse quedado encinta con los hijos tan mayores. Pero mi padre le decía que no debía preocuparse, que mis hermanos ya empezaban a hacer un poco su vida y que yo les haría compañía cuando los demás hubieran echado a volar. El destino quiso que yo naciera con el pelo rojo como él. Mi madre cuenta que se paseaba conmigo en brazos, orgulloso y enternecido. No fui una niña esperada ni deseada, por lo menos antes de que se quedara embarazada mi madre, pero luego sí que fui muy querida, aunque hubo un tiempo en el que no me lo pareció.
Mi padre siempre ha sido muy trabajador, se partió el espinazo para poder sacar la familia adelante, por suerte siempre fue muy vigoroso. Recuerdo que cuando llegaba a casa  después del trabajo, me parecía un gigante. La mezcla de olor a cemento, a yeso, a cal y a su transpiración, lo inundaba todo. Nunca podré olvidar ese aroma, así como tampoco sus manos, fuertes, callosas y extremadamente resecas, manos de albañil. Y cuando, después de darse una ducha se sentaba en el sofá a contemplar lo que nos dejaban ver del mundo a través del primer televisor que tuvimos, yo me sentaba a su lado y apoyaba la cabeza en su hombro, la mejor almohada del mundo, y miraba la televisión con él, mientras jugaba con su mano o hacía diminutas trencitas con los pelos de su fuerte brazo.
Cuando no trabajaba y estaba en casa, aparte de mirar la televisión, estudiaba los planos de alguna casa que debía construir, se enfadaba conmigo porque no quería comer, o porque hacía demasiado ruido a la hora de la siesta y no lo dejaba descansar; cambiaba los muebles de sitio complaciendo los deseos de mi madre, o se dedicaba a hacer pequeños remiendos en casa, tanto de albañilería como de otras clases, porque siempre ha sido muy mañoso. A mí me fascinaba que fuera capaz de arreglar pequeñas máquinas, montando y desmontando las piezas las veces que fuera necesario. El hecho de que esas piezas por separado no sirvieran para nada, y que, en cambio, todas juntas fueran capaces de hacer que la máquina funcionara , me maravillaba hasta tal punto que un día desmonté la máquina de coser de mi madre sólo para ver que había dentro. Hoy en día aún falta alguna pieza que desapareció misteriosamente y que nunca pudo ser encontrada. Yo debía ser bastante pequeña porque no sé que hice con ella, aunque no debía ser muy importante porque cuando mi padre montó la máquina de nuevo, consiguió que funcionara perfectamente.
Mi padre se partió el espinazo, pero mi madre no se quedó atrás. Cuando yo era pequeña no trabajaba fuera del hogar. Ella llevaba el peso de la casa y la educación de los hijos, como supongo que en casi todas las familias de entonces. Antes, cuando mis hermanos varones eran pequeños, había trabajado también fuera de casa, pero luego con tres hombres trabajando en la construcción y dos niñas pequeñas no tenía tiempo, además ya no hacía falta para la economía familiar.
Si el hombro de mi padre era la mejor almohada, el regazo de mi madre era, sin duda, el mejor trono del mundo. Me encantaba sentarme en sus rodillas. Allí me contaba cuentos maravillosos, o con su preciosa voz me cantaba canciones infantiles. También la recuerdo cantando coplas muy a menudo mientras trabajaba en casa. Mi madre era muy divertida, pero tenía un carácter explosivo, y cuando se enfadaba, que era bastante a menudo, gritaba mucho y me daba azotainas en el culo. Más tarde, ya con diez u once años, ya no podía cogerme, entonces me tiraba la zapatilla. Al principio me tocó alguna vez, pero pronto aprendí a esquivarla. En el fondo, creo que me impresionaban más sus gritos que sus zurras, tal vez porque los gritos duraron mucho más tiempo que las azotainas. En fin, mi madre era y es todo un carácter.
A mis padres siempre les gustó viajar, pero nacieron en mala época, porque cuando sus cuerpos se lo permitían era su bolsillo el que no llegaba, y ahora que podrían hacerlo, son sus achaques los que no se lo permiten. Recuerdo que mis hermanos mayores se sacaron el carnet de conducir, compraron una furgoneta que les servía de transporte laboral, y que al mismo tiempo, también nos servía para visitar diferentes pueblos y zonas más o menos cercanas. Más tarde, cuando yo tenía diez años, con mis hermanos ya casados, mi padre también se sacó el carnet de conducir y se compró un 850 blanco con el que íbamos a todas partes, y al cual llamó "Potet", que se traduce como "Botecito". Con él íbamos a la playa, a la montaña, a tierras aragonesas, y muy especialmente a pasar los domingos de verano junto al río Margalef, en Tarragona, en unos parajes maravillosos que estimulaban la fantasía, hoy desgraciadamente anegados por un pantano.
Mi madre es una mujer muy contradictoria. A su lado es muy difícil aburrirse, porque cuando no te mete la bronca, hace que te partas de risa. Tiene unos gustos muy peculiares. Además de lo que le podría gustar a cualquier mujer de su época, cuando era más joven le encantaba leer el periódico. Ahora ya se le cansa la vista, pero aún así le encanta la política y sigue todos los debates que puede por la televisión y por la radio. Además le gustan el fútbol, el boxeo y la lucha libre. Como podéis ver, deportes muy femeninos. Y es que mi madre tiene una vertiente muy dura en comparación con otras mujeres, antes más que ahora, todo hay que decirlo. Cuando era pequeña no me daba cuenta, supongo que porque era el centro de mi universo, pero cuando en la adolescencia, mis padres empezaron a caerse del pedestal, entonces sí. Quizá fue por eso por lo que se cayeron, no lo sé. 
Mi madre tenía una extraña manera de consolarme de mis pequeñas desgracias personales. Ella dice que lo hacía así para que yo no le diera importancia al problema y se me olvidara lo antes posible. Yo sufría lo que ahora parece que se ha descubierto y que, sin embargo, ha existido siempre: el famosos acoso escolar. Y cuando llegaba a casa y le decía que me habían pegado o insultado, en vez de consolarme, me decía: "¿Te han pegado?, pues pégales tú a ellos". Si me caía y me hacía daño, me decía  "No llores mujer, que esto no es nada", y si aún así seguía llorando, se burlaba de mí. Eso fue grabándose en mi corazón hasta que ya no pude aguantarlo más, y entonces... me rebelé.
La adolescencia me produjo una gran convulsión interior, como a todo el mundo, supongo. Cuando alguien dice que volvería con gusto a los quince años, yo contesto que no volvería ni loca. Fue una de las etapas más infelices de mi vida, y el momento más difícil entre mi madre y yo. Me convertí en una hija completamente desconocida. Enfermé de "ombliguitis" -creer que eres el centro del mundo y que todos están contra ti-, que es algo que suele pasar en la adolescencia. Las burlas y la aparente dureza de mi madre me hacían tanto daño que me encerré en mí misma y construí una torre a mi alrededor. Me hice impenetrable para todos, pero ella era mi madre y sabía encontrar mis puntos débiles, y cuando los encontraba se burlaba de mí hasta hacerme llorar. Mi orgullo no podía soportarlo, e impotente, me escapaba de la habitación dando un portazo para ir a llorar en soledad. Su comportamiento acentuó mi taciturnidad. No le gustaba cómo me vestía, ni cómo me peinaba, ni tampoco a mi padre. Las discusiones eran frecuentes y yo me sentía tan sola que llegué a creer que no era su hija y a desear morirme.
Supongo que no existen los padres perfectos, como no existen los hijos perfectos.Tampoco mis padres lo fueron, y aunque podría parecer lo contrario, me querían. A mi madre nunca le gustó airear sus preocupaciones ante los hijos, aunque las tuvo, sobre todo en relación a nosotros. Seguramente, mi aparatosa y confusa transformación en persona adulta, debió preocuparla mucho. Llegó a pensar que tenía una anemia de caballo y me llevó al médico, el cual captó en seguida el problema. Después de descartar la anemia, me hizo montones y montones de preguntas sobre mis hábitos y mis relaciones personales, hasta que llegó a la pregunta fatídica. "¿Con quien te sientes más a gusto, con tu padre o con tu madre?", me preguntó, y yo, mirando a mi madre a los ojos y sin dudarlo ni un momento, contesté: "Con mi padre". Creo que no esperaba esta respuesta, pero no pretendía herirla, simplemente ponía en práctica la sinceridad que ella tanto había predicado. El médico diagnosticó que la anemia no era tal, sino más bien una depresión importante, y siendo tan joven como era -en esos momentos tenía dieciséis años-, no quiso recetarme antidepresivos. Me aconsejó que saliera más de casa, y sobre todo que me ocupara desarrollando actividades que me gustaran. Esa visita al médico fue un punto de inflexión en mi vida. Le hicimos caso, tanto yo como mi madre, que facilitó mi asistencia a más clases de danza, que era lo que en esos momentos me apetecía, y mi carácter empezó a cambiar a mejor. Ella, por su parte, fue soltando poco a poco la cuerda y dándome más libertad.
Creo que en el fondo, desde su punto de vista de persona adulta con grandes preocupaciones y problemas, ella consideraba que todos mis desasosiegos y tribulaciones de la niñez y la adolescencia eran naderías sin importancia, porque luego, cuando me ponía enferma se convertía en la madre más solícita y tierna del mundo, en esos momentos, la madre que me hubiera gustado tener. Además, siempre presumía de su hija ante todos sus conocidos. Bueno, no sólo de mí, sino también de mis hermanos. Luego, ya siendo yo adulta y con mayores problemas, ella era la que convencía a mi padre -que es un poco de la virgen del puño-, para que me dejara dinero si lo necesitaba, y siempre, siempre, siempre, en los momentos más difíciles de mi vida he podido contar con ellos, con los dos, para lo que fuera, sin trabas de ninguna clase, dándome sabios consejos y apoyo.
He aprendido mucho de mis padres, de lo bueno y de lo malo, y no se puede negar que soy una singular mezcla de los dos, pero es muy difícil ver las cosas en perspectiva cuando te tocan tan de cerca. De mi madre creo que he heredado entre otras cosas, su carácter, tranquilo en apariencia, pero realmente explosivo, su aparente despreocupación, su tendencia a exagerar, también ciertos gustos como el baile, la jardinería, la lectura y la escritura, y gracias a su severa educación aprendí a ser fuerte, a aguantar las presiones psicológicas de una vida que suele ser muy dura -me gusta pensar que era eso lo que mi madre pretendía conseguir. De mi padre he heredado el gusto por la libertad, una cierta rebeldía, la pasión creadora y gustos muy artísticos, como la pintura -últimamente se pasa horas y horas dibujando y pintando-, la escultura, el cine y la música -le encantan los boleros, y especialmente, los tangos que canta imitando a la perfección a Carlos Gardel.
Como decía casi al principio, mis padres ya no son lo que eran. Se han convertido en dos viejecitos cascarrabias adorables, que suelen emocionarse antes las demostraciones de afecto, que buscan mis besos como agua de mayo, que me miran con cariño, y algunas veces hasta con admiración, a los que se lo perdono todo porque no son más que seres humanos envueltos en sus contradicciones y porque entiendo perfectamente su código, y cuando alguna vez pienso que algún día me faltarán, empiezo a echarles de menos, me tiembla el corazón y a mis ojos asoma una lágrima de futura añoranza.

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