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viernes, 25 de febrero de 2011

Palabras

Miguel Saavedra estaba licenciado en Filología Hispánica e Historia del Arte, pero no le gustaba la enseñanza. Vivía en una ciudad pequeña con muy pocos museos y no había conseguido entrar a formar parte del personal de ninguno de ellos. Hacía dos años que se había casado y su mujer le había conseguido un trabajo en la fábrica de toldos y parasoles en la que ella trabajaba como secretaria. Después de todo, de algo tenían que comer. Pero Miguel Saavedra tenía un sueño: quería ser escritor. Desde que había empezado a trabajar en la fábrica, su fantasía se había desbordado increíblemente, y le bullían las palabras en la cabeza. Se sentía incomprendido y por eso había levantado un muro de silencio a su alrededor, contra el cual se rebelaba el borboteo incesante de palabras en su mente. Le hubiera gustado liberarlas y así hablar con sus compañeros de trabajo, con su mujer, con el panadero, con el mecánico, con todo el mundo. Le hubiera gustado derrumbar el muro y bañar con la marea de sus palabras a todos, y dejar constancia de que no era estúpido, de que él también sufría y podía entender el sufrimiento de la otra gente, de que él también gozaba y se alegraba de la felicidad de los otros, de que él también era un ser humano igual a los demás, y sin embargo diferente, como todos, de que existían otros mundos distintos con los que soñar. Pero no podía, se sentía vulnerable y su muro de silencio le aislaba y a la vez le protegía de las burlas de los demás. Podía observar el mundo desde su atalaya, y comprender cosas en las que nadie había reparado. Y sin embargo, los bloques de silencio con los que había construido su muralla empezaban a pesarle demasiado, necesitaba expresarse, dejar en libertad las palabras que aprisionaba en la cárcel de su garganta, a través de sus narraciones.
Había escrito algunos cuentos, y acariciaba la idea de escribir una novela, imaginando personajes, creando escenas en su mente y espacios posibles en donde llevarlas a cabo. Incluso se había apuntado a unos talleres literarios con objeto de mejorar su prosa lo máximo posible, también para hacer más ligero el peso del silencio y para no morirse de soledad, expresándose por fin, dejándose llevar por las palabras sin miedo a la incomprensión. Esa semana le habían propuesto que reflexionara sobre el arte y la vida a partir de un cuento de Marcel Schwob. Leyó el cuento atentamente, pero no sabía qué escribir. Por la noche después de cenar, estuvo reflexionando sobre el tema, releyó el cuento varias veces, volvió a reflexionar. Pepa, su mujer, se acercó a él y lo abrazó desde detrás de la silla donde siempre se sentaba a escribir, le besó el cuello dulcemente, introduciéndole una mano bajo su camisa en una caricia incitadora, pidiéndole mimosa que fuera a la cama con ella.
-Espérame que vengo ahora mismo- le dijo sonriéndole después de apuntar en un papel algo que se le había ocurrido en ese mismo instante. Su mujer se fue convencida a medias, pues no era la primera vez que le decía eso y cuando aparecía, ella ya se había dormido. Pero él había encontrado una frase, y estaba contento como un buscador de plata que encuentra un filón, porque creía que tirando de ella podría escribir algo interesante. Había apuntado: “El arte forma parte de la vida y no pueden separarse”. Se dijo a sí mismo que no debía preocuparse, después de todo, el tema era perfecto para él. Buscó sus apuntes de Introducción a la Historia del Arte, porque pensó que quizá encontraría alguna cosa interesante que le sirviera para la reflexión. Encontró un comentario de texto que hizo una vez y extrajo una frase que le llamó la atención: “Tal como dice Gombrich hay que tener 'una mente muy limpia, un espíritu capaz de elevarse por encima de todo, no enturbiado con palabras altisonantes y frases hechas'. Sólo así podemos, a través del arte, humanizarnos”. Siguió investigando en los apuntes y aún encontró dos frases más. Apuntó una frase de Alexandre Cirici: “El arte es expresión y comunicación”, y otra de Max Dvorák, al igual que el otro, también historiador del arte: “El arte no es sólo forma, sino que también y principalmente es la expresión de las ideas que dominan la realidad”. Escribió dos párrafos con sus reflexiones sobre el tema y las refrendó con alguna de esas frases.
Se acordó de repente de su mujer y se fue a la cama, pero la encontró dormida. Entonces miró el despertador y vio que era casi la una. Se desnudó e intentó dormir, pero no pudo, en su cabeza daban vueltas las frases que había escrito y cuando por fin consiguió dormirse después de mucho rato, tuvo un sueño en el que las palabras de las frases se mezclaban unas con otras, al final no se entendía nada de nada, y él echaba a llorar de pura angustia, hasta el punto de despertar sollozando.
A la mañana siguiente, sonó el despertador a las seis y media. Miguel lo apagó mecánicamente, y se dio la vuelta completamente adormilado. Cuando su mujer salió del baño y lo vio dormido, recordó cómo, por enésima vez, su marido la había despreciado en favor de sus palabras. Lo zarandeó sin ninguna delicadeza:
-¡Venga, despierta!, vamos a llegar tarde al trabajo por tu culpa.
-¿Qué hora es?- preguntó Miguel incorporándose de repente, mirando el despertador. Luego, con un patético aullido, dejó caer de nuevo su cabeza sobre la almohada-. Odio mi trabajo.
-Sí, pero nos ayuda a pagar las facturas- contestó su mujer en un tono agrio.
-Estamos de buen humor, ¿eh?
-Vete a la mierda- susurró ella.
El trabajo no fue mucho mejor que el despertar. Trabajaba como montador de toldos junto a José, un tipo quince años mayor que él y que llevaba toda la vida trabajando en la fábrica. No era un mal hombre, pero tenía un genio vivo y aparte de toldos, coches, fútbol y mujeres, no se podía hablar de gran cosa más con él, así que Miguel permaneció callado gran parte de la mañana. Fueron a una casa a instalar un toldo. Hicieron agujeros en la pared de la terraza para atornillarlo, y como ocurría no pocas veces, Miguel tenía la cabeza en otra parte. Sentía bullir de nuevo las palabras en su interior, pero con un vigor extraño y desmedido. Parecía que en cualquier momento podían derramarse y echarse a perder para siempre.
-¡Joder, Miguel!, ¿todavía estamos durmiendo o qué?-. La voz de José atronaba a su espalda-. A ver, explícame cómo vamos a meter estos tornillos por esos agujeros tan pequeños, ¿eh?, ¿me lo puedes explicar?, ¿me puedes decir dónde cojones tienes la cabeza?, ¡que ya estoy harto de explicártelo, tío!, ¡que ya estoy harto!
La señora de la casa que escuchaba en silencio la bronca que Miguel recibía, casi sintió pena por él, porque no sabía que ya estaba acostumbrado a esos estallidos de José. Además estaba demasiado preocupado por si perdía sus palabras, como para esmerarse también en que el diámetro de los agujeros fuera el adecuado para los tornillos que habrían de introducirse dentro. Tenía que hacer algo para que no se le escaparan las palabras.
-Señora, ¿puedo ir al baño un momento, por favor?- preguntó Miguel ante el asombro de su compañero.
-¡Coño, Miguel, al trabajo se va meado! Discúlpele, señora, es que es nuevo y...- mintió José completamente abochornado por lo que consideraba una falta de profesionalidad.
-No pasa nada. Estas cosas ya se sabe, se presentan cuando uno menos se lo espera. Pase por aquí-. La mujer indicó a Miguel el baño, y José cambiando la broca del taladro por otra más gruesa se dispuso a repasar los dichosos agujeros con evidente mal humor.
En el baño, Miguel sacó una pequeña libreta que siempre llevaba en el bolsillo y un lápiz tan gastado que casi resultaba un milagro que pudiera escribir con él. Apuntó con urgencia todo lo que bullía en su cabeza, sin importarle el desorden en el que salían las frases. Cuando terminó se quedó más tranquilo.
-¡Coño, ya era hora!, me pensaba que te se había tragado la taza- dijo José al verlo aparecer de nuevo.
-Se te había tragado- corrigió Miguel, siempre empeñado en que su compañero hablara mejor.
-¿A mí, por qué?, eres tú el que ha ido al baño.
-No, te digo que no se dice “te se había tragado”, se dice “se te había tragado”- insistió Miguel.
-¡Ya estamos otra vez con las dichosas palabritas! Déjate de tonterías y manos a la obra, que a este paso no terminamos nunca. Además, yo hablo como me da la gana, ¿estamos?, ¡¿no te jode, el tío este?!
Acabaron de colocar el toldo, con alguna que otra bronca más por parte de José, que ese día parecía no haberse levantado con buen pie. Pero Miguel seguía cavilando sobre el arte y la vida y no le hacía caso. De regreso a la fábrica, estuvo a punto de preguntarle su opinión sobre qué creía que era más importante, si el arte o la vida, pero se calló a tiempo. Sabía que de José sólo sacaría un improperio, tal vez una burla si estuviera de mejor humor, así que mantuvo inmóviles las cuerdas vocales y siguió pensando durante todo el día, sin apenas hablar con nadie.
Al llegar a casa, después de ducharse, buscó la libreta donde había escrito lo que se le había ocurrido por la mañana y lo pasó al ordenador, aprovechó algunas cosas que había escrito el día anterior y otras las borró porque no acababan de gustarle. Leyó el texto, lo arregló. Cuando por fin estuvo satisfecho, lo releyó de nuevo. Decía:
“En cualquier caso, la pregunta que quizá subyazca en la narración de Marcel Schwob podría ser: ¿qué es más importante, la vida o el arte? Indudablemente y en cuanto a seres humanos que somos, lo principal es la vida. Pasó mucho tiempo y mucha vida antes de que los humanos fuéramos capaces de cualquier representación artística, y por supuesto cuando se empezó a desarrollar el primer arte prehistórico, no se entendió como ahora entendemos las manifestaciones artísticas, sino que más bien tenía una función de rito religioso. Pero es precisamente este componente espiritual del primer arte, el que ha prevalecido constantemente a través de la historia en las obras artísticas, aún cuando actualmente no tengan la misma finalidad que entonces.
Es evidente que el arte está imbuido de vida por todas partes, pues el arte encuentra su materia prima en la vida, a la que está ligado bajo todos los puntos de vista, pero ¿acaso no es cierto que el arte humaniza la vida, a través de su componente espiritual? No creo que sea pertinente preguntarse si el artista verdadero vive la vida o vive su arte, puesto que sin duda su arte es su vida y por lo tanto vive la vida que quiere.”


Miguel siguió reflexionando y escribiendo hasta que llegó Pepa, que había salido a comprar. Hicieron la cena juntos, pero Miguel, al igual que durante el día, seguía callado, abstraído en sus propios pensamientos.
-Cariño, mañana saldremos a cenar, ¿no?- preguntó Pepa después de mucho rato sin decir nada.
-¿Mañana, por qué?
-Porque me lo prometiste. Te recuerdo que el miércoles pasado fue mi cumpleaños y me prometiste que este sábado saldríamos a cenar fuera.
-¿Y no podríamos salir otro sábado?, me va mal salir mañana, voy muy atrasado con lo que estoy escribiendo y...
-Claro, claro, no importa que me haga ilusión. Lo primero es lo primero, ¡y está muy claro que para ti, tus palabras y tus historias siempre son más importantes que yo!, ¡cualquier cosa es más importante que yo!
-No digas eso, mujer...
-¡Ya hace muchos días que lo veo!, pero ¿sabes qué te digo?, que no te preocupes. Llamaré a Teresa que tiene un marido tan inútil como tú, y a Laura, que fue la más inteligente de las tres y mandó al suyo a la mierda hace tiempo, nos montaremos la fiesta por nuestra cuenta y seguro que me divierto más que saliendo contigo, porque últimamente estás de un muermo que da asco, hijo.
Cuando Miguel vio a Pepa tan furiosa decidió que sería mejor salir con ella, pero Pepa le contestó que no, que la tenía muy harta y que ya era demasiado tarde. Al día siguiente, Miguel insistió, insistió mucho, pero no pudo convencer a Pepa, y cuando ella cerró la puerta tras de sí, después de advertirle que no la esperara levantado, él se hizo el firme propósito de cumplir con sus promesas a partir de ese momento. A pesar de todo, con más alivio que otra cosa, se sentó delante del ordenador y releyó de nuevo las palabras escritas. Ahora ya no le satisfacían, las borró y volvió a comenzar.

8 comentarios:

Maruxela dijo...

Me ha parecido una historia muy bien narrada, ademas de entretenida.Este hombre se ocupaba mas de si mismo que de su mujer.El arte es secundario a la vida

Atapuerques dijo...

¿Acaso Miguel vivía en algún lugar de la Mancha?
El cachondo de él, decía ser de un lugar de la Mancha para que todos los pueblos y villas de la Mancha quisieran "ahijársele" como
las siete ciudades griegas que litigaron para apropiarse de la "nación" de Homero.
Desde luego, la Pepa pertenece a todo el mundo.
Bella historia también.

panterablanca dijo...

MARUXELA: Gracias, eres muy amable. Quizá ella tampoco sabía comprenderle a él. Cuántos genios se habría perdido la historia si sus conyujes no hubieran sabido apoyarles. Y puede que el arte sea secundario en la vida, pero una vida sin arte, no tendría trascendencia alguna.
Besos.

ATAPUERQUÉS: Yo creo que este Miguel podría ser de cualquier sitio, porque en todas partes vive gente incomprendida. A menudo los genios lo son. Gracias por tus palabras. Creí que te parecería una historia demasiado "intelectual", jajajajaja!!!
Un besazo.

A.Torrante dijo...

Muy bueno Pantera! Felicitaciones!
Siempre digo que los blogs nos permiten expresar nuestra vena literaria (aunque lo mio dista mucho del nivel de lo escrito aquí) Los blogs permiten a muchos Migueles y Panteras salir de un mundo rutinario y aburrido.
Y compartir, con pocos o muchos, cosas que deseamos expresar.
Beso,
A.T.

panterablanca dijo...

Gracias , eres muy amable :-) Tienes razón, los blogs nos ayudan a sacar nuestra creatividad y mostrarla y compartirla con otras personas.
Bienvenido a este blog. Espero que disfrutes de todas las historias :-)
Besos.

Jose_Kunita dijo...

HOLA, BONITA

EN POCAS HORAS LLEGA EL DÍA DEL SER MÁS ADORABLE Y EXTRAÑO DEL MUNDO; O SEA TU DÍA, MUJER…
ASÍ Q’ ¡¡¡FELIZ DÍA, BELLEZA INEXPLICABLE!!!
UN BESO :x

Bellaluna dijo...

Como los besos, las palabras se las robamos a alguien o algo: al tiempo de hacer otras cosas, a la piel de las personas, al alquitrán de las calles, a los silencios de la soledad...

Lu.

panterablanca dijo...

Qué razón tienes. El tiempo dicen que es elástico, sin embargo, a mí me cuesta llegar a todo, así que sí, ando robando momentos de aquí para allá, de éste para eso, o de eso para aquella. En fin, un no parar ;-)
Besos selváticos.

© Assumpta Solsona Cabiscol. Todos los derechos reservados.


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